Al llegar a este rincón asturiano en donde me encuentro, nos enteramos que acababa de morir Santiago, el único sacerdote ordenado hace unas semanas, como informa nuestra página. La noticia ha causado gran consternación en la Archidiócesis de Oviedo, en especial en su pueblo natal y en las numerosas parroquias que lo esperaban como párroco a partir del día 11 de Septiembre.

En el día de su Ordenación             

  Gozaba de buena salud, muy trabajador según nos cuentan. Su madre viuda estaba feliz por poder acompañar a su hijo allí donde lo mandaran. ¿Quién le iba a decir que un día como ayer lo tendría muerto en sus brazos a consecuencia de un infarto fulminante? ¡Qué sorpresas nos guarda la naturaleza! Muchos se preguntarán, y con razón, ¿cómo Dios permite esto con la falta que hay de curas? Yo siempre en estos casos cambio el “por qué” por el “para qué”.  ¿Para qué permite Dios esto? ¿Qué intenta conseguir? Este sacerdote iba a dar mucho fruto en la tierra, pero sin duda dará mucho más fruto desde el cielo. Esas parroquias que se quedan sin él, van a recibir los frutos abundantes de su ministerio desde el cielo.

                Nos agobia en la Iglesia la falta de clero, pero Dios sabe más, y El suplirá con creces lo que nosotros no podamos hacer. Los seminarios andan medio vacíos, algunos cerrados, pero Dios proveerá. Es verdad que esto no es un bien, y que la causa de la falta de vocaciones se debe, entre otras razones, a la increencia, al materialismo, a la profunda tibieza espiritual que venimos padeciendo. Todo culpa del ser humano pecador.

                Y los sacerdotes cada vez nos sentimos más urgidos a suplir las carencias clericales con más trabajo. Hay sacerdotes que merecerían ya un descanso por sus años y enfermedades, pero ahí están, ahí estamos, a pié de obra mientras el cuerpo aguante. ¿Qué puede hacer la feligresía? Colaborar con generosidad en todo lo que esté en su mano, ser muy compresivos con nuestras limitaciones, rezar por los sacerdotes… Y  no digo que nos lo agradezcáis porque es nuestro deber, estamos cumpliendo de por vida, lo mejor que sabemos y podemos, con la misión que el Señor  nos ha encomendado.

                 Cuando la otra tarde íbamos tres sacerdotes con nuestro clerigman por las calles de León nos llamó la atención que todo el mundo nos mirara con cierta complacencia. Muchos nos saludaban con una sonrisa, otros con un adiós. Es de agradecer estas actitudes respetuosas, incluso cariñosas. No siempre ocurre así. Pero estamos acostumbrados a servir sin pedir nada a cambio. Los defectos que tenemos  nos recuerdan que también somos de barro, un barro que se puede romper, como el del sacerdote Santiago de Oviedo, pero que Dios lo recompone para seguir sirviendo, aquí o en la otra vida.

                Mis condolencias al Sr. Arzobispo D. Jesús Montes,  a la pobre madre viuda que ha perdido a su único hijo, sacerdote de Jesucristo, y todo el clero asturiano que ve frustrada una esperanza de relevo generacional. Dios sabe más.

La escena de uma madre abrazando a su hijo sacerdote muerto me ha recordado la imagen de la Virgen del Camino de León:

También la Virgen abrazó y lloró a su Hijo, primer sacerdote, muerto por todos.

Juan García Inza

Juan.garciainza@gmail.com