En una encuesta lanzada en octubre de 2021, el grupo Barna (conocida empresa de sociología estadounidense que trabaja en el ámbito cristiano) descubrió que un 38% de los pastores americanos habían considerado seriamente abandonar su empleo pastoral durante la pandemia. Supongo que gran parte de la crisis vino porque muchos de estos pastores se vieron con las iglesias vacías de la noche a la mañana, y enfrentados a la incertidumbre de no saber a qué dedicarse durante los meses de encierro.

No dispongo de estadísticas similares en el ámbito católico. Pero es constatable la sacudida y la crisis que ha supuesto ver cómo los cimientos de lo que muchas parroquias hacían, se han visto sacudidos y cuestionados por una situación que ha roto con la aparente normalidad y el sopor tras décadas diciendo que viene el lobo de la secularización sin que hagamos nada al respecto.

En estos tiempos tan difíciles, muchos han vivido el desaliento de ver cómo se vaciaban sus iglesias para luego volver solamente a medio gas. Alguna gente habla de que al menos un 30% de los que antes asistían a misa no han regresado a la práctica.

¿Qué podemos aprender de todo esto?

No hace mucho, escuché a un predicador decir que la pandemia ha expuesto lo roto que estaba nuestro sistema de pastoral. En otras palabras: la pandemia ha expuesto que mucho de lo que estábamos haciendo antes de la misma no funcionaba, aunque no lo quisiéramos ver.

¿Y en qué consiste este quebrantamiento del sistema de pastoral?

En confundir el método con la misión de la Iglesia.

El ejemplo clásico que se pone para explicar esto es el del ferrocarril americano.

Cuando se conquistó el lejano oeste, el ferrocarril fue la clave para la expansión de las antiguas colonias británicas y este se desarrolló imponiéndose como el gran método de transporte que había traído la revolución industrial. Pero en el albor del siglo XX, los dueños del ferrocarril se enfrentaron a un dilema. La invención de la aviación y el automóvil ponían en cuestión la viabilidad del sistema ferroviario. En ese momento, tuvieron que discernir cuál era su misión y su método. Por desgracia, eligieron el ferrocarril como su misión: "Nosotros nos dedicamos a transportar gente y mercancías en tren, por lo que no invertiremos en aviación". Lo que sucedió fue que el tren se vio desbancado por la automoción y la aviación, por lo que sus compañías acabaron quebrando o reducidas a la marginalidad. Alguien dijo que si en aquella encrucijada se hubieran dado cuenta de que su misión era transportar gente y el método era hacerlo en tren, habrían apostado por los aviones y seguirían en el mercado, cumpliendo con su misión.

En la Iglesia nos puede pasar algo parecido. A lo mejor confundimos lo que hacemos (método pastoral, catequesis, configuración de las parroquias y los sacramentos) con la misión para la que lo hacemos. Sí, está claro que tenemos unos medios, unas costumbres y unos presupuestos de lo que tiene que ser el trabajo pastoral. Pero son solamente eso: medios para una misión.

¿Qué nos ha enseñado la crisis acerca de nuestra misión? ¿Nos ha ayudado a distinguir mejor entre nuestro método y nuestra misión? Viendo la reacciones de muchos, las querencias y fijaciones en hacer lo de siempre y volver cuanto antes a lo de siempre, me pregunto si estamos más comprometidos con nuestro método que con nuestra misión.

Si nuestra misión es transportar gente al cielo, tendremos que estar abiertos a la posibilidad de que lo nuestro sea algo más que mantener parroquias y edificios junto con una práctica sacramental que sabemos que no produce discípulos. No es que los sacramentos estén mal, al revés; vivirlos plenamente siempre será el camino. La pregunta es si los ofrecemos en el contexto adecuado, el de la auténtica comunidad cristiana, ordenados a la maduración de discípulos y la misión.

La pandemia ha expuesto la debilidad de un sistema basado en que la gente venga a la iglesia más que en madurar discípulos y enviar a los cristianos a la misión. Algo tan simple como un cierre de tres meses ha puesto en evidencia el apego que tenemos al "siempre se ha hecho así" y la desorientación que nos supone vernos retados a repensar todo.

Tres meses de confinamiento nos hicieron visualizar lo que quedaría de nuestras parroquias si de repente nos cerraran los templos, no pudiéramos dedicarnos a la administración de sacramentos, se interrumpiera la catequesis y nos quedáramos sin el dinero de la colecta y el cepillo.

Todavía vivimos los efectos, y la cuestión es si seremos capaces de sacar las conclusiones correctas y discernir lo que Dios nos está diciendo con todo esto.

Para mí, hay muchos motivos para la esperanza y debemos alegrarnos de que la situación haya contribuido a poner de manifiesto la quiebra de un sistema de pastoral que no nos está llevando más que a gestionar el declive. Cuanto antes lo sepamos, mejor, porque podremos poner los medios para salir del atolladero.

Por supuesto, se trata de hacer lo que Dios quiera bajo la guía del Espíritu Santo, y qué mejor que evocar al papa Francisco cuando nos habla en la Evangelii Gaudium de la reforma de las estructuras caducas. Si la Iglesia nos pide reformar, para ser cauce adecuado para la evangelización, debemos dar gracias porque hay un camino, y pedir la fe y la parresía suficientes para emprenderlo.

Y que no nos duelan prendas por dejar la antigua locomotora y redescubrir algún aspecto olvidado de nuestra misión.

Si un sistema muere, es porque nace otro nuevo. Los sistemas son temporales, la misión es eterna…