Continuamos con los últimos capítulos de la obra “Apuntes para el estudio de la persecución religiosa en España” de Josep Gassiot Magret que hemos venido ofreciendo a los lectores del blog durante los últimos meses. 
Indudablemente, la guerra civil española ofrece distintos aspectos y en algunos puede ser juzgada y criticada sin pasión.
En el aspecto social, podemos afirmar que las reivindicaciones obreras o de reformas sociales fueron únicamente un pretexto. El Frente Popular, que provocó la guerra, no había conseguido que sus diversos y heterogéneos componentes llegasen a formular un programa social concreto, y estamos seguros que unas afirmaciones reivindicativas no habrían provocado la guerra, y quizás, ni habrían excedido en mucho de lo que se estimó luego como justicia social. Los términos comunismo, socialismo, estatismo y nacionalismo eran demasiado vagos y genéricos para poder ser concebidos como antagónicos y contradictorios. Lo cierto y seguro era que comunismo y anarquía aparecían unidos y principalmente para combatir la fe cristiana.
En el aspecto nacionalista, cierto que hubo exageraciones y apasionamiento en Vasconia y en Cataluña, durante la guerra se incurrió en lamentables equivocaciones. Pero reflejando el sentir de los católicos tradicionalistas, el Emmo. Doctor don Isidro Gomá y Tomás, arzobispo de Toledo, con su máxima autoridad, decía:
“El verdadero cado de España sería este: que dentro de la unidad intangible y recia, de la gran Patria se pudieran conservar las características regionales, no para acentuar hechos diferenciales, siempre muy relativos ante la sustantividad del hecho secular que nos plasmó en la unidad política de España, sino para estrechar, con la aportación del esfuerzo de todos, unos vínculos que nacen de las profundidades del alma de los pueblos iberos y que nos imponen el contorno de nuestra tierra y el suave cobijo de nuestro cielo incomparable. Así los rasgos físicos y psicológicos distintivos de los hijos traducen mejor la unidad fecunda de los padres. Así sería España, una de substancia y rica de matices…”(“Por Dios y por España”, página 17).
En el aspecto de libertad política, no queremos formular apreciaciones con respecto al régimen instituido y sí hacer resaltar la injusticia que se cometió al calificar de fascista o totalitaria la actuación de la Iglesia o la tendencia manifestada en a la Cruzada.
Decía Su Santidad Pío XI:
“Se propaga una teoría que está en abierta oposición con la doctrina católica; una teoría según la cual la Ciudad, es decir el Estado, es de sí mismo su último fin, y el ciudadano no existiría más que por el Estado, deberá aportarlo todo al Estado, y dejarse absorber totalmente por el Estado” (28.diciembre. 1925 y 20.diciembre.1926).
Ya decía Santo Tomás: “La persona humana se ordena a la sociedad política, pero no en su totalidad ni en todas sus cosas”.
Y añadía el Cardenal Gomá:
Tan temible es la reducción de los valores humanos, la disminución de la personalidad humana, hecha desde abajo como desde arriba, y sería lamentable que, en vez de buscar la fuerza social y la grandeza de la Patria en la dignificación espiritual del ciudadano y en la trabazón armónica y natural de todos los elementos que integran un pueblo, se formara un artículo de fuerza, más o menos brillante, que regulara, en cuadrícula inflexible, el pensamiento y las actividades de todos” (“Por Dios y por España”, pág. 194)
Finalmente, en su Carta Colectiva, consignaba el Episcopado Español:
“Afirmamos que la guerra no se ha emprendido para levantar un Estado autócrata sobre una nación humillada, sino para que resurja el espíritu nacional con la pujanza y la libertad cristiana de los tiempos viejos. Confiamos en la prudencia de los hombres de gobierno, que no querrán aceptar moldes extranjeros para la configuración del Estado español futuro, sino que tendrán en cuenta las exigencias de la vida íntima nacional y la trayectoria marcada por los siglos pasados. Toda sociedad bien ordenada basa sobre principios profundos y de ellos vive, no de aportaciones adjetivas y extrañas, discordes con el espíritu nacional. La vida es más fuerte que lo programas, y un gobernante prudente no impondrá un programa que violente las fuerzas íntimas de la nación. Seríamos los primeros en lamentar que la autocracia irresponsable de un parlamento fuese sustituida por la más terrible de una dictadura desarraigada de la nación. Abrigamos la esperanza legítima de que no será así. Precisamente lo que ha salvado a España en el gravísimo momento actual ha sido la persistencia de los principios seculares que han informado nuestra vida y el hecho de que un gran sector de la nación se alzara para defenderlos. Sería un error quebrar la trayectoria espiritual del país, y no es de creer que se caiga en él”.
Otros aspectos de la Guerra Civil española de aspiraciones particulares, de intereses de clases, de partidos y hasta de combinaciones internacionales, ni siquiera queremos examinarlos y menos los de procedimientos empleados, sus abusos y equivocaciones; que nada absolutamente tienen que ver con el objeto de nuestro estudio. Lo que interesa o importa hacer resaltar es el espiritualismo que animó y avivó a los que realizaron acciones heroicas y así podemos aducir nuevos textos del cardenal Gomá:
“El mundo ha enmudecido de pasmo y ha llamado a los de España los mejores soldados del orbe. Cuando la guerra nos ha dejado exangües y abatidos, se inclinan las naciones extranjeras ante España y reconocen en ella un valor antes ignorado y le sopesan y calculan para el futuro de la política internacional” (“Por Dios y por España”, pág. 245).





“Se dice de un político de la República que, al saber que se lanzaban a la guerra los mozos de cierta región, dijo: “Hemos perdido la guerra. Es invencible –decía el mismo- un soldado recién confesado y comulgado. Este es el secreto de las gestas del Alcázar de Toledo, de Santa María de la Cabeza (Jaén), de tantas otras menos clamorosas que no tienen explicación humana sino en la divina fuerza del pensamiento religioso…
Las batallas se juegan con las armas, el triunfo es obra del espíritu. Con los soldados de la España nacional, como en el Salado y Clavijo, en las Navas o en el Bruch, luchaba y vencía la vieja tradición masada de Religión y Patria, aprendida en templos y hogares, nutrida del aire sano de la pura historia nacional, robustecida por la fuerza de corriente secular, como torrente que se despeña de las alturas” (“Por Dios y por España”, pág. 246).
Qué extensión y qué densidad profunda la de la fe de España, que ha podido ser testificada por docenas de sus hijos creyentes, porque un mártir es un testigo; y bien que lo es de su propio pensar y vivir personal, pero cuando los mártires, como ha ocurrido en España, pueden escogerse por centenares en cada localidad, son prueba invicta del arraigo de la fe colectiva de todo un pueblo...
Coro de los mártires, dice en hermosa deprecación la Liturgia, ¡alabad al Señor de los Cielos! Vosotros sois los que definitivamente habéis ganado la guerra. Nos referimos a vuestra victoria personal y a vuestra intercesión en favor de España desde el Cielo donde estáis. A los ojos de los insensatos que os infirieron la muerte, pudo parecer que triunfaban de vosotros; pero vosotros gozáis de la paz eterna. Sois óptima raza de vencedores, dice la Liturgia: VICTORIUM GENUS OPTIMUM. El mundo loco os aborreció; pero vosotros despreciasteis al mundo, árido de flores y vacío de frutos; y, con la síntesis de vuestra santa muerte lograsteis la vida bienaventurada. Son pensamientos del Oficio de mártires que no dudamos en aplicar a los nuestros” (“Por Dios y por España”, pág. 247).