Continuamos con los últimos capítulos de la obra “Apuntes para el estudio de la persecución religiosa en España” de Josep Gassiot Magret que hemos venido ofreciendo a los lectores del blog durante los últimos meses.
A 23 de noviembre de 1936, el Cardenal Arzobispo de Toledo, don Isidro Gomá y Tomás, escribía en la página 23 de su pastoral “Por Dios y Por España”:
“Ignoramos cómo y con qué fines se produjo la insurrección militar de julio… lo que sí podemos afirmar, porque somos testigos de ello, es que, al pronunciarse una parte del ejército contra el viejo estado de cosas, el alma nacional se sintió profundamente percutida y se incorporó, en corriente profunda y vasta, al movimiento militar; primero, con las simpatía y anhelo con que se ve surgir una esperanza de salvación, y luego, con la aportación de entusiastas milicias nacionales, de toda tendencia política, que ofrecieron, sin tasas ni pactos, su concurso en el ejército, dando generosamente vidas y haciendas para que el movimiento inicial no fracasara. Y no fracasó –lo hemos oído de militares prestigiosos- precisamente por el concurso armado de las milicias nacionales”.

“Es preciso haber vivido aquellos días de la primera quincena en Navarra que, con una población de 320.000 habitantes, puso en pie de guerra más de 40.000 voluntarios, casi la totalidad de los hombres útiles para las armas, que dejando las parvas en sus eras y que las mujeres y niños levantaran las cosechas, partieron para los frentes de batalla sin más ideal que la defensa de su religión y de su Patria. Fueron primero a guerrear por Dios; y hará un gran bien a España quien recoja, como en antología heroica, los episodios múltiples del alistamiento en esta Navarra que, como fue  en otros tiempos madre de reinos, ha sido hoy el corazón de donde ha irradiado a toda nuestra tierra la emoción y la fuerza de los momentos trascendentales de la historia”.
“Al compás de Navarra se ha levantado potente el espíritu español en las demás regiones no sometidas de primer golpe a los ejércitos gubernamentales. Aragón, Castilla la Vieja, León y Andalucía han aportado grandes contingentes de militares que, bajo diversas denominaciones políticas se han solidarizado, en un todo compacto, con el ejército nacional. Y en todos los frentes se ha visto alzarse la Hostia Divina en el santo sacrificio, y se han purificado las conciencias por la confesión de millares de jóvenes soldados, y mientras sellaban las armas resonaba en los campamentos la plegaria colectiva del Santo Rosario. En ciudades y aldeas se ha podido observar una profunda reacción religiosa de la que no hemos visto ejemplo igual”.

Siendo Obispo de Salamanca, el cardenal Enrique Pla y Deniel (en la foto, bajo estas líneas), afirma en su pastoral “Las dos ciudades”:
“La lucha actual reviste, sí, la forma externa de una guerra civil, pero en realidad es una cruzada. Fue una sublevación, pero no para perturbar, sino para restablecer el orden. Lucha a favor del orden contra la anarquía, a favor de la implantación de un gobierno jerárquico contra el disolvente comunismo, a favor de la defensa de la civilización cristiana y sus fundamentos: religión, patria y familia contra los sin-Dios y contra-Dios, los sin Patria y hospicianos del mundo en frase feliz del poeta”.


En términos análogos se pronunciaron, en sus respectivas pastorales, los obispos de Pamplona y Vitoria. Otros varios prelados procuraron dar a su tiempo una nota justa del sentido de la guerra. Pero, magistralmente fue expuesto, con fecha de 1 de julio de 1937, en la Carta Colectiva del Episcopado Español, y de ella copiamos -dice Gassiot- los siguientes párrafos:
“Conste antes que todo, ya que la guerra pudo preverse desde que se atacó ruda e inconsideradamente al espíritu nacional, que el Episcopado español ha dado, desde el año 1931, altísimos ejemplos de prudencia apostólica y ciudadana. Ajustándose a la tradición de la Iglesia y siguiendo las normas de la Santa Sede, se puso resueltamente al lado de los poderes constituidos, con quienes se esforzó en colaborar para el bien común. Y a pesar de los repetidos agravios a personas, cosas y derechos de la Iglesia, no rompió su propósito de no alterar el régimen de concordia de tiempo atrás establecido. “Etiam dyscolis”: A los vejámenes respondimos siempre con el ejemplo de la sumisión leal en lo que podíamos; con la protesta grave, razonada y apostólica cuando debíamos; con la exhortación sincera que hicimos reiteradamente a nuestro pueblo católico a la sumisión legitima, a la oración, a la paciencia y a la paz. Y el pueblo católico nos secundó, siendo nuestra intervención valioso factor de concordancia nacional en momentos de honda conmoción social y política”.
La Iglesia no ha querido esta guerra ni la buscó, y no creemos necesario vindicarla de la nota de beligerante con que en periódicos extranjeros se ha censurado a la Iglesia en España. Cierto que miles de hijos suyos, obedeciendo a los dictados de su conciencia y de su patriotismo, y bajo su responsabilidad personal, alzaron en armas para salvar los principios de religión y justicia cristiana que secularmente habían informado la vida de la Nación; pero quien la acuse de haber provocado esta guerra, o de haber conspirado para ella, y aun de no haber hecho cuanto en su mano estuvo para evitarla, desconoce o falsea la realidad”
“…no nos hemos atado con nadie -personas, poderes o instituciones - aun cuando agradezcamos al amparo de quienes han podido librarnos del enemigo que quiso perdernos, y estemos dispuestos a colaborar, como Obispos y españoles, con quienes se esfuercen en reinstaurar en España un régimen de paz y justicia. Ningún poder político podrá decir que nos hayamos apartado de esta línea, en ningún tiempo” (Del apartado nº 3, Nuestra posición ante la guerra).