En un comentario a mi artículo “Del nombre que recibían los cristianos antes de ser conocidos como ‘cristianos’”, la asidua lectora y comentarista de esta columna Esperanza Aragonés, autora del interesantísimo blog , dejaba este jugoso comentario:
 
 
            “La bandera vaticana tiene el color amarillo como uno de los principales, compartido al 50 con el blanco. Si el color amarillo era el distintivo de los judíos, les servía de identificación, se les señalaba con él, sea con un broche, ropa de este color y por extensión, y debido a la demonización de los judíos, ha pasado a ser un color característico de los diablos en época medieval, y un color que ha pasado a la actualidad como signo de mal fario y mal presagio (pensemos en el teatro); ¿como es posible que la Iglesia Católica, y la cristiana previamente, principal hacedora de la demonización de los hebreos y de esta iconografía que los señala, haya pasado a incorporar este tono a su bandera?
            Esta connotación siniestra y diabólica de este color ha pasado a señalar al diablo en obras de ficción como la literatura y en películas como La semilla del diablo de Polanski. Esta es mi pregunta, ya me dirás, un abrazo y gracias”.
 
            Vamos pues a ello. Para empezar, que el color amarillo se vincule desde pronto a la actividad diabólica nos lo tiene que explicar más bien Esperanza, verdadera especialista como es en la figura y simbología del diablo, y no yo.
 
            En cuanto a la simbología del amarillo como signo de mal fario en espectáculos públicos y muy notablemente en el mundo del teatro, parece relacionado con el hecho de que Molière sufriera un ataque de tos y pérdida de sangre de resultas del cual murió mientras representaba sobre un escenario, vestido precisamente de amarillo, la obra de su autoría “El enfermo imaginario”.

            Lo curioso del tema es que mientras en España el color del mal fario entre los actores es el amarillo, en Gran Bretaña lo es el verde. Y la razón aducida por unos y por otros es la misma: la vestimenta de Moliére en la función que le llevó a la muerte. Curioso, ¿no? Más aún: en Italia el color tabú no es ni el verde ni el amarillo, sino el violeta. Lo que no puede llevarnos a otra conclusión que la de que en la fatídica función de “El enfermo imaginario”, Moliére no iba vestido ni de amarillo, ni de verde, ni de violeta, sino con un hermoso traje rayado con todos los colores del arco iris.
 
            Que los judíos llevaran en la Alemania nazi una estrella amarilla lo dejaremos para otro día, pues tiene mucha enjundia, y en todo caso, -vaya por delante, ya se lo adelanto-, no tiene la menor relación con el tema que nos ocupa ahora: el porqué de los colores de la bandera vaticana.
 
            Por último, que la bandera vaticana es la gualdiblanca que todos conocemos hoy lo determina la Ley Fundamental del Estado de la Ciudad del Vaticano promulgada en 26 de noviembre del 2000 por el Papa Juan Pablo II, que en su artículo 20 establece lo siguiente:
 
            “1. La bandera del Estado de la Ciudad del Vaticano está constituida por dos campos divididos verticalmente, uno amarillo junto al asta, y otro blanco en el que está representada la tiara con las llaves, conforme al modelo del anexo A a la presente Ley.
            2. El escudo está constituido por la tiara con las llaves, conforme al modelo del anexo B a la presente Ley”.
 
            El citado artículo no recoge sino lo que ya recogía la Ley Fundamental a la que reemplaza, la de 7 de junio de 1929, redactada al albor del Pacto de Letrán entre la Santa Sede e Italia que se hallan en la base del nacimiento del Estado Vaticano.
 
            Concretando un poco más, un artículo publicado en L’Osservatore Romano el día 8 de julio de 2008 por el historiador Claudio Ceresa nos da todas las claves sobre los colores de la bandera vaticana y su razón de ser.
 
            Empieza por señalar el citado autor que “la bandera del estado no se debe confundir con el estandarte de la Santa Iglesia Romana, una enseña cuyas más antiguas representaciones nos llevan a los siglos VIII/IX […] una tela de seda roja cuyo fondo se dividía simétricamente por estrellas de seis puntas rematadas en oro” donde, por cierto, en la línea apuntada por Esperanza, volvemos a encontrarnos una similitud con la estrella de seis puntas amarilla que los judíos debían llevar como señal en muchas de las diversas circunstancias, -y no sólo durante el III Reich-, en que fueron perseguidos. Algo en lo que, según entiendo, sólo debemos ver una pura coincidencia.
 
            Centrándonos en lo que nos ocupa, el origen de la bandera vaticana, el tema nos lleva a los tiempos de Napoleón y del Papa Pío VII. Ocurre que cuando el general francés Miollis obliga a las fuerzas romanas del Papa a integrarse en el ejército imperial, en lo que no es sino un movimiento previo a la verdadera conquista de la ciudad eterna que se llevará a la práctica sólo un año más tarde, les permite hacerlo portando el estandarte rojo con estrellas de seis puntas, a lo que el Papa Pío VIII, consciente de la verdadera intención de la estratagema, responde el 13 de marzo de 1808 ordenando a las pocas fuerzas que se mantienen leales portar un nuevo pabellón con los mismos colores que son los que establece hoy la Ley Fundamental Vaticana.

            Lo relataba así un observador contemporáneo de los hechos, el abad Lucas Antonio Benedetti:
 
            “El Papa, para no confundir a los soldados romanos bajo el mando francés con los pocos que permanecían a su servicio, ordenó una nueva enseña blanca y amarilla. La han adoptado los guardias nobles y los suizos. La cosa ha gustado”.
 
            Continúa el relato de Ceresa:
 
            “Tres días después, el 16 de marzo, Pío VII comunicó por escrito tal disposición al Cuerpo Diplomático, y el correspondiente documento ha de considerarse como el acta fundacional de los colores de la actual bandera del Estado de la Ciudad del Vaticano”.
 
            De donde obtenemos el origen de la bandera vaticana que hoy conocemos, aunque nos siga siendo desconocida la razón por la que el Sumo Pontífice eligió esos colores, y no otros, para la nueva enseña de sus escasas tropas. Una incógnita a la que el propio Ceresa, y en el mismo artículo, ofrece una posible solución:
 
            “Existe probablemente una relación con los colores del oro [el amarillo] y de la plata [el blanco] que casi siempre han configurado las llaves de San Pedro, y estaban hechas de tales metales las dos llaves que según una antigua tradición, se entregaban al Pontífice cuando tomaba posesión de su catedral, la archibasílica lateranense”.
 
            Espero de esta manera haber dado respuesta a la interesante cuestión aportada por Esperanza, y de paso, que la misma les haya servido a Vds, como a mí me ha servido, para aprender eso de nuevo que hemos de aprender cada día para hacer nuestra vida un poco más llevadera, y en cualquier caso, mejor.
 
 
            ©L.A.
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