Instrumentum laboris (III)

Transmitir la fe

Se presenta a continuación una síntesis del tercer capítulo del Instrumento de trabajo, el documento que servirá de base para el encuentro de obispos que tratará el tema “La nueva evangelización para la transmisión de la fe cristiana”, en Roma, desde el 7 al 28 de octubre del presente año.

Transmitir lo que se cree

Cuando hablamos de evangelización pensamos en seguida en la fe, y cuando hablamos de la fe pensamos, instantáneamente, en la evangelización: “El objetivo de la nueva evangelización es la transmisión de la fe” (IL 90). Esta mutua implicancia entre ambas dimensiones está manifiesta en el propio tema de la Asamblea sinodal: “La nueva evangelización para la transmisión de la fe cristiana”.

Pero si el documento se había referido al “corazón de la evangelización” como “la experiencia de la fe cristiana: el encuentro con Jesucristo” (IL 17), ¿transmitir la fe querrá decir comunicar, acaso, algún tipo de vivencia dominada por lo individual, lo emocional, lo intimista, la vivencia de un radical subjetivismo cerrado sobre sí mismo, al modo de tantas otras vivencias de carácter New Age?

El Instrumentum Laboris recuerda una vez más qué tipo de experiencia es ésta que llamamos cristiana, y cómo participa de “una dinámica muy compleja, que implica en modo total la fe de los cristianos y la vida de la Iglesia en la experiencia de la revelación de Dios” (IL 90), es decir, una dinámica en que se encuentran misteriosamente la Sagrada Tradición y la Sagrada Escritura, que “constituyen un solo depósito sagrado de la palabra de Dios, confiado a la Iglesia” (Dei Verbum 10). Así, la experiencia de la fe, la experiencia del encuentro con Jesucristo, es un encuentro con un don, el que llega a través de la Escritura y de la vida de la comunidad. Es una experiencia en que se encuentra la dimensión personal con la comunitaria, la vivencia subjetiva con la objetiva, necesariamente. “Como para los Apóstoles, también para nosotros se trata de la comunión vivida con el Padre, en Jesucristo, gracias a su Espíritu, que nos transfigura y nos hace capaces de irradiar la fe que vivimos”, por lo cual “no se puede transmitir lo que no se cree y no se vive” (IL 91).

Un renacer de la fe

En consecuencia, la evangelización no está referida a un cuerpo de creyentes especializados o elegidos, sino a toda la Iglesia, a todos los cristianos. En consecuencia también, la crisis de fe se expresa como crisis en la evangelización, y viceversa. O dicho en positivo: el renacer de la fe se hace visible como un renacer de la evangelización. Como una nueva evangelización. “En su obra de discernimiento, necesario en la nueva evangelización, la Iglesia descubre que en muchas comunidades cristianas la transmisión de la fe tiene necesidad de un renacimiento” (IL 92).

Precisamente en razón de esta experiencia común de la fe cristiana, la convocación del Año de la Fe realizada por Benedicto XVI, busca “promover en toda la Iglesia un auténtico estímulo en la profesión del Credo”, una profesión que es al mismo tiempo “individual y colectiva”, “interior y exterior” (IL 93), un reencuentro con “los contenidos esenciales […] que tienen necesidad de ser confirmados y profundizados de manera siempre nueva”. La formación y educación “a una fe adulta se encuentra sólo en los comienzos” (IL 94) en nuestras comunidades.

 

“La consideración de la propia fe como experiencia de Dios y centro de la propia vida, es el objetivo que muchas Iglesias particulares relacionan con la celebración del Sínodo sobre la nueva evangelización para la transformación de la vida cotidiana” (IL 96).

 

“El mejor lugar para la transmisión de la fe es una comunidad nutrida y transformada por la vida litúrgica y por la oración”, pues son ellas las que vuelven “un simple grupo humano en una comunidad que celebra y transmite la fe trinitaria”. En cuanto a la oración, si “´la fe viene de la predicación´(Rm 10, 17), la escucha de la Palabra de Dios es para cada creyente y para la Iglesia en su conjunto un potente y simple instrumento de evangelización y renovación en la gracia de Dios” (IL 97).  Las respuestas a los Lineamenta expresan su expectación por el sacramento de la reconciliación “que ha casi desaparecido de la vida de los cristianos” (IL 98).

Inspirada en las Escrituras, “la tradición eclesial ha creado una pedagogía de la transmisión de la fe”, de tal modo que para poder ser transmitida la fe debe ser “profesada, celebrada, vivida y rezada” (IL 100). Precisamente, el Catecismo de la Iglesia Católica ha sido pensado con esa misma estructura, de manera tal que “contiene los conceptos fundamentales de la fe y al mismo tiempo indica la pedagogía de su transmisión”. Los contenidos y la pedagogía que sellan el Catecismo permitirán un discernimiento acerca del estado y renovación de la catequesis actual, desafiada tanto por los rápidos cambios de la cultura, “que se ha hecho más agresiva respecto a la fe cristiana”, como por una catequesis que “es todavía percibida como preparación a las diversas etapas sacramentales, más que como educación permanente de la fe de los cristianos” (IL 103). “El Sínodo se interrogará acerca del modo de realizar una catequesis que sea integral, orgánica, que transmita en modo intacto el núcleo de la fe, y al mismo tiempo sepa hablar a los hombres de hoy, dentro de sus culturas, escuchando sus interrogantes, animando en ellos la búsqueda de la verdad, del bien y de la belleza” (IL 104).

¿Quiénes evangelizan?

Como se ha manifestado ya, es a toda la Iglesia que es impulsada a transmitir la fe. Por eso, en una mirada de conjunto, los ojos se fijan en las iglesias diocesanas. “El anuncio, la transmisión y la experiencia vivida del Evangelio se realizan en ellas. Más aún, las mismas Iglesias particulares, además de ser sujeto, son también el fruto de esta acción de anuncio del Evangelio y de transmisión de la fe” (IL 105). “Las respuestas piden que se ponga al centro de la nueva evangelización la parroquia, comunidad de comunidades, no sólo administradora de servicios religiosos, sino espacio para las familias, promotora de grupos de lectura de la Palabra y de un renovado compromiso laical, lugar en el cual se hace una verdadera experiencia de Iglesia, gracias a una acción sacramental vivida en su significado más genuino” (IL 107).

El documento va pasando revista, uno a uno, a toda la gama de categorías y miembros al interior de la Iglesia –sacerdotes, diáconos, religiosos y vida consagrada, monasterios y vida contemplativa…-, tomando conciencia del valor que cada cual está llamado a aportar en el proceso de la nueva evangelización. Pero hace énfasis en algunos grupos, como el de los catequistas, “testigos directos, evangelizadores insustituibles, que representan la fuerza fundamental de las comunidades cristianas”, sobre los que, al parecer, han hecho especial hincapié las respuestas suscitadas por el documento de los Lineamenta, pidiendo que se “reflexione con mayor profundidad sobre la tarea que ellos desarrollan, dándoles mayor estabilidad, visibilidad ministerial y formación” (IL 108).

Singular relieve han atribuido las respuestas a la figura de la familia, que es concebida como “un lugar ejemplar para dar testimonio de la fe”. “Muchas Iglesias particulares insisten e invierten energías en la pastoral familiar, precisamente en esta prospectiva misionera y testimonial” (IL 110), en “que la familia tenga un papel cada vez más activo en el proceso de transmisión de la fe” (IL 111). Se señala la iniciativa que se está desarrollando en distintas partes, consistente en la “constitución de grupos de familias (locales o relacionados con experiencias y movimientos eclesiales) animados por la fe cristiana, que ha permitido a tantos cónyuges afrontar mejor las dificultades que encuentran” (IL 112), y que “según muchas respuestas, son un ejemplo de los frutos que el anuncio de la fe genera en nuestras comunidades cristianas” (IL 113).

El documento se detiene también en los grupos y movimientos aparecidos en las últimas décadas como un “don de la Providencia en la Iglesia”. Diversas respuestas reconocen en ellos la capacidad, estilo y cualidades “de aquellos que podríamos definir los ´nuevos evangelizadores´” (IL 115). Sin embargo, se pide también que el Sínodo de octubre profundice “el problema de la integración de su acción en la vida de la Iglesia misionera”, para que puedan “ser removidos aquellos obstáculos que algunas respuestas han denunciado y que no permiten integrar plenamente los carismas para el sostenimiento de la nueva evangelización”; se pide que la asamblea se ocupe de “la relación entre carisma e institución, entre dones carismáticos y dones jerárquicos en la vida concreta de las diócesis” (IL 116).

Un nuevo estilo

En fin, unos cuantos párrafos son destinados a la transmisión de la fe que corresponde a cada cristiano, para lo cual apremia “despertar la identidad bautismal de cada uno” cuyo testimonio constituya “una respuesta a los problemas existenciales que la vida pone en cada tiempo y en cada cultura”, de tal manera que, superándose la fractura entre Evangelio y vida, interpele “a cada hombre, aunque sea agnóstico o no creyente” (IL 118). “Se trata de aprender un nuevo estilo”, “un vivir con aquella fuerza humilde que nos viene de nuestra identidad de hijos de Dios” (IL 119) “un estilo integral” que comprenda lo personal y comunitario a la vez, la vida al interior de la comunidad y el impulso misionero al mismo tiempo, “la capacidad de cada cristiano de tomar la palabra en los ambientes en los cuales vive y trabaja para comunicar el don cristiano de la esperanza. Este estilo debe hacer suyo el ardor, la confianza y la libertad de palabra (la parresia) que se manifestaban en la predicación de los Apóstoles” (IL 120), un estilo en que la transmisión de la fe cunde de persona a persona y nos compromete personalmente.

Los últimos párrafos de este capítulo se refieren a otro aspecto de la fe, y de la transmisión de la fe: sus frutos, tal como son señalados por las respuestas recibidas a los Lineamenta. Entre ellos, la vitalidad de las comunidades y las familias, el despertar de las vocaciones, “las iniciativas de justicia social y de solidaridad” (IL 122), el servicio a los excluidos y a los que están solos. Se expresa, igualmente, el deseo de otros frutos, como el del ecumenismo, “uno de los frutos que pueden ser esperados de la nueva evangelización” (IL 125), o la participación de los bautizados dedicados a la evangelización y a la acción política y social, o la búsqueda de la verdad y la paz, o “el coraje de denunciar las infidelidades y los escándalos que emergen en las comunidades cristianas” (IL 128).