Que Jesús sabía leer es algo que no admite la menor duda y que cabe extraer con toda certeza de un pasaje del Evangelio de Lucas en el que aparece expresamente leyendo:

            “Vino a Nazará, donde se había criado, entró, según su costumbre, en la sinagoga el día de sábado, y se levantó para hacer la lectura. Le entregaron el volumen del profeta Isaías, desenrolló el volumen y halló el pasaje donde estaba escrito:
            El Espíritu del Señor sobre mí, porque me ha ungido para anunciar a los pobres la Buena Nueva, me ha enviado a proclamar la liberación a los cautivos y la vista a los ciegos, para dar la libertad a los oprimidos y proclamar un año de gracia del Señor.
            Enrolló el volumen, lo devolvió al ministro y se sentó. En la sinagoga todos los ojos estaban fijos en él. Comenzó, pues, a decirles: «Esta Escritura que acabáis de oír se ha cumplido hoy.»” (Lc. 4, 16-21).
 
            Ahora bien, que Jesús lee no se vuelve decir explícitamente en ningún otro pasaje evangélico. Ni siquiera en los que se consideran los equivalentes a este de Lucas, a saber, en el de Marcos, que nos relata así el episodio:
 
            “Salió de allí y vino a su patria, y sus discípulos le siguen. Cuando llegó el sábado se puso a enseñar en la sinagoga. La multitud, al oírle, quedaba maravillada, y decía: «¿De dónde le viene esto? y ¿qué sabiduría es esta que le ha sido dada?” (Mc. 6, 1-2).
 
            Ni en el de Mateo, que lo cuenta de esta forma:
 
            “Viniendo a su patria, les enseñaba en su sinagoga, de tal manera que decían maravillados: ‘¿De dónde le viene a éste esa sabiduría y esos milagros?’” (Mt. 13, 54).
 
            Episodios de los que se extrae, como de tantos otros pasajes evangélicos, que la sabiduría de Jesús deja maravillados a cuantos le escuchan y le tratan, si bien, para ser extremadamente honestos con los textos citados, en ellos Jesús no aparece leyendo, aunque convenga añadir que no parece riguroso aceptar que Jesús enseñara en la sinagoga como Marcos y Mateo dicen que hizo, sin tener la capacidad al menos de leer los rollos de la Torá. Rollos, por cierto, que no libros: los libros eran desconocidos para los judíos, que escribían sus textos en rollos (ver imagen, arriba).
 
            Se suele citar para afirmar que Jesús leía, el elevado conocimiento que exhibe en todo momento de las Escrituras, citando de memoria pasajes enteros perfectamente traídos a colación. Ello demuestra, de entrada, un elevado coeficiente intelectual, pero sin el pasaje de Lucas, no deberían significar necesariamente que leyera. Y es que a través de numerosas menciones talmúdicas, se sabe que una buena parte de los niños judíos recibían, ya en la época de Jesús, enseñanza de las Escrituras en las sinagogas, si bien el método de aprendizaje no era, con toda probabilidad, la lectura, sino la reiteración memorística que aún hoy vemos utilizar v. gr. en algunos lugares para el aprendizaje del Corán entre los musulmanes.
 
            Otro argumento a favor de la capacidad para leer de Jesús es la que exhiben en ese mismo sentido muchos de los que le rodean, y no me refiero a los personajes más aristocráticos del Evangelio (Nicodemo, Juana la mujer de Chuza, administrador de Herodes, el rico que le quiere seguir, Zaqueo) de cuya capacidad para leer no conocemos, sino a los que más cerca están de él: Mateo, que es recaudador de impuestos, una profesión que no podría ejercer sin saber leer, y autor de un evangelio... y tantos de sus discípulos que dejaron obra escrita: Pablo, por descontado (aunque no llegara a conocer a Jesús); Pedro, autor de dos cartas; Juan, autor de un evangelio, del Apocalipsis y de tres cartas; Judas, autor de una carta; Santiago, autor de una carta, etc…
 
            ¿Conclusión a extraer de cuanto se ha dicho? Entiendo que no por escaso -único en realidad-, el texto aportado por Lucas es más que suficiente para dar por incontrovertible y cierto que Jesús leía. Los diversos debates exegéticos en los que el maestro de Nazaret se involucra, coronados todos ellos con el éxito y el maravillamiento de cuantos le escuchan, el primero de ellos a la temprana edad de los doce años en el mismísimo Templo, y la capacidad de leer que exhiben muchas de las personas que lo rodean y le obedecen, son argumentos altamente indicativos de que Jesús leía, pero que añadidos al que aporta Lucas, convierten su capacidad lectora en indiscutible. Y permiten hasta formularse una pregunta que va algo más allá: ¿hasta qué punto no fue el propio Jesús el que enseñó a leer a tantos de los que le rodearon, quizás concretamente a un Pedro al que la tradición imagina muy rudimentario, y a un Juan al que la tradición imagina muy joven?
 
 
            ©L.A.
           
 
 
 
 
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