Igual que . Muchos de Vds. lo conocerán, porque ha circulado generosamente por la red y por los correos electrónicos de todo el mundo. Pero es que es de esos chistes antológicos, que retratan toda una época (en este caso dos) y todo un proceso.
 
            Lo debemos a la mano del genial caricaturista francés . Chaunu, que es así como firma su obra gráfica, nació en Caen en 1966, es por lo tanto un chavalito todavía. Después de haber trabajado para diversos medios, hoy día publican sus dibujos la Voix du Luxembourg, y L’Union de Rheims et Ouest-France; realiza dibujos en directo para France 3 Normandie; e ilustra libros para la juventud (“Noé et le Lion”, “Noé et le zèbre”), todo lo cual le reporta un público que asciende a millones de personas. Amén de caricaturista, se desempeña además como actor cómico, faceta en la que registra también mucho éxito.
 
            Pues bien, he aquí el chistecito, que no requiere de mayor comentario ni de mayor explicación. En su versión original.


            No me resisto sin embargo, a añadir una anécdota que me ocurrió a mí con 25 años (no hace tanto, no se vayan Vds. a creer), que demuestra cómo todos, absolutamente todos, somos culpables de haber llegado adonde con tanto acierto explica Chaunu. Incluso muchos de los que son hoy las principales víctimas de esta situación, los propios maestros.
 
            Subía yo hacia mi casa con mi carrera recién terminada, cuando me encontré a un antiguo compañero de mi etapa escolar que había estudiado magisterio y trabajaba ya en un colegio. Caminamos unos pasos juntos contándonos el devenir de nuestras vidas desde que la universidad nos separara. Le pregunté por su experiencia como maestro y si tenía problemas con los jovencitos a los que enseñaba. Me respondió algo así como lo siguiente: “En absoluto, nada de nada. En clase somos todos colegas, yo apenas soy un colega más, que sabe un poco más que ellos, sólo un poco más. Por supuesto, he suprimido el trato de Vd.”.
 
            Me gustaría saber de él al día de hoy. Me lo imagino como a tantos maestros… No creo ofender a nadie si afirmo que con depresiones crónicas, bajas a cada semana, hartazgo profesional, la autoestima por los suelos, preguntándose quién permitió que llegáramos adonde hemos llegado, y corriendo un tupido velo sobre sus primeros años de profesión, cuando con la insolencia y el desconocimiento que casi siempre acompaña al recién llegado, animada en este caso por un ambiente social muy propicio a ello, se permitía enmendarle la plana a generaciones y generaciones de maestros, entre los cuales muchos curas y muchas monjas, que habían tenido que desempeñarse en circunstancias mucho más difíciles y sacrificadas que las de mi compañero de escuela, obteniendo los incontestables resultados que hicieron posible sociedades con el 100% de alfabetización, y a los que nunca debimos despreciar como durante tanto tiempo hemos despreciado.
 
            Sí señor, porque culpables hemos sido todos. Los maestros no más que los padres ni que tanto “ingeniero social” que nada suelto por ahí… Pero tampoco menos. Todos. Lamentablemente todos.
 
 
            ©L.A.
           
 
 
 
 
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