Y digo “de un turista” no porque yo no sea en la Argentina, -que constituye mi segunda patria, donde tengo tanta o más familia que en España y de donde proviene hasta mi misma madre-, algo más que un turista. No, sino porque aunque la que acabo de realizar sea mi decimo quinta visita al país o incluso más, apenas he tenido ocasión de estar un par de semanitas, nada más, en la bella patria de mis ancestros maternos y de tantos queridos primos y amigos.
 
 
            ¿Qué me he encontrado esta vez? Pues bien, en primer lugar un país peleado con su presidenta, a la que sin embargo… ¡¡¡acaban de elegir hace pocos meses con un 54% del sufragio nacional!!! (¿se puede creer?): cacerolazos semanales, críticas en todos los programas de política, “chimentos” (cotilleos) a todos los niveles. Uno se pregunta ¿pero quién votó a esta señora?
  

           ¿Quiere ello decir, como me decía alguna de las muchas personas con las que he tenido ocasión de hablar, que Cristina no finaliza su mandato o que le quedan pocos días en la Quinta de Olivos? Lo dudo.

            Argentina son dos países en uno, en una proporción que garantiza al peronismo (y en este caso a Cristina) un mandato que es lo más parecido que existe en la tierra a la eternidad. El primero es un país que se mira en Europa, que en algún momento de su historia “pudo” ser Europa (o los Estados Unidos de Hispanoamérica si lo prefieren Vds.), con unos recursos incalculables, con buenas universidades, y con una clase media perfectamente equiparable a la de todos los países prósperos del mundo que han conseguido ese regalo del cielo que es una clase media (en la América hispana, pocas por desgracia). Una clase media depauperada, empobrecida por lustros y más lustros de dictaduras corruptas y de corrupto peronismo, pero clase media al fin y al cabo.

            El segundo es un país calamitoso, con niveles de pobreza insospechados, inexorablemente apegado a la limosna que recibe de un estado que después de setenta años, está cada vez más identificado con el Partido Justicialista, mejor conocido como peronista. Como si de un gigantesco PER andaluz de tamaño seis veces España y treinta y cinco veces Andalucía se tratara. Y lo que es peor: dotado con fondos equiparables a limosnas, los cuales, sin embargo, bastan para garantizar al poder peronista un masivo (y baratísimo) voto cautivo. Y con la más que “casual” coincidencia de que esta segunda Argentina, que tiene que pedir permiso al Gobierno hasta para ser pobre de solemnidad, asciende, como por arte de birli birloque, a algo más de la mitad del país (probablemente un índice muy semejante al 54%), garantizando, como decía al principio, la eternidad de la máquina peronista en el poder: que se disfrace de kischnerista, que se disfrace de la Cámpora, que se disfrace de menemismo… Pero peronismo, siempre peronismo…
 
            Me preguntaba una gran amiga española, Mabel Mínguez, directora del programa Punto de Encuentro en Libertad Digital: “¿Pero es que nunca va a haber un gobierno de derechas en Argentina?”. “Claro que sí, -le respondí-. De hecho lo ha habido y no hace tanto: el del Turco (Carlos Menem) más o menos lo era. Y puede que hasta lo vuelva a haber… ¡¡¡Pero peronista!!! Eso, por supuesto”. El peronismo es una máquina de poder, una máquina de poder, como la historia se ha encargado bien de demostrar, mejor engrasada que el mismísimo PRI mejicano. Abarca todo el espectro político, desde la extrema derecha (en la que por cierto, nació) hasta la extrema izquierda. Ninguna instancia del poder, con honrosas excepciones como la alcaldía de Buenos Aires o la gobernación de la provincia de Santa Fe, puede alcanzarse si no es desde el invulnerable atalaya peronista.
 
            ¿Qué más me he encontrado? Pues bien, me he encontrado, además, un país envenenado de nacionalismo, algo que muchos confunden con el patriotismo (uno de los sentimientos más sanos que puede cultivar el ser humano), pero que tan insano es en sí mismo y tan poco tiene que ver, después de todo, con aquél (algún día hablaremos sobre el tema): un país convencido de que si no tira parriba nada tiene que ver con sus propios errores y desmanes, y que se regodea en inventar y recrear una especie de conspiración interplanetaria en la que participan todos los poderes del universo para que los argentinos, a quienes todos tenemos miedo, no puedan salir nunca adelante. Los repsoles están por todas partes, pero nada tan significativo como el renacer de la causa malvina. ¡Hasta en el aeropuerto de Ezeiza han colocado una especie de pabellón informativo apelando a la argentinidad de las islas!... ¡Como si la experiencia no enseñara que cuando la Argentina se mira en las Malvinas…! 

            Me cuenta mi primo Mariano (uno de los muchos que tengo allí) que sobre la crisis española son muchos los que dicen "¡Ya les iba tocando!" y añade (mi primo): "Mal está que lo dijeran los pobres desgraciados de las villa miserias (chabolas)... ¡¡¡pero es que lo dice gente con carrera y descendientes de españoles!!!".

 
             Cada vez que voy a la Argentina me encuentro un caso más insólito que el anterior. Al difunto Néstor, una vez me lo encontré peleado con Shell, la multinacional; otra con Coto, el supermercado más importante del país; otra con Marsans, nuestra Marsans; otra con Uruguay; otra con los militares; otra con el campo; otra con… El temazo ahora son los dólares. Argentina ha alcanzado el paradigma de la Unión Soviética: cómo prohibir a sus ciudadanos viajar, y encima convencerles de que lo hace por su bien. Para salir del país con dólares -única manera de salir, por cierto; el peso argentino no se cambia en ningún lugar del mundo fuera de la Argentina (y ahora tampoco dentro)-, hay que pedir un permiso previo para cambiarlos a Hacienda (la AFIP que llaman ellos), la cual lo suele denegar a los acordes de un amable y paternal “¿pero se ha dado Vd. cuenta, inestimable contribuyente y respetadísimo ciudadano, de que no dispone Vd. de rentas suficientes para hacerlo, y de que es una irresponsabilidad por su parte salir de viaje fuera del país?”. Nadie sabe qué pasa con los dólares otrora existentes por doquier, y circulan sobre el tema las más divertidas versiones que algún día les contaré.
 
 
            En fin, ésta es mi segunda patria, la mía y la de Gardel, la maravillosa Argentina: país increíble donde los haya; país de una amabilidad sin límites -cuando quiere (sabe también hacer lo contrario)-; con unas capacidades que no necesito glosar; donde, como ellos mismos dicen en ese español maravilloso de ultramarinos puertos, “echás una semisha y crese un frutal”. Y sin embargo, en esa tierra de nadie a medio camino entre Europa y Africa, como si más que sobre el estrecho de Drake (que los argentinos quieren rebautizar como de Piedrabuena y me parece muy bien), se hallara el país sobre el de Gibraltar…
 
 
            Visítenlo, no les defraudará, se lo aseguro. Otro día les hablaré también de las muchas cosas buenas que encontrarán en él… Y de paso, mientras se regalan Vds. con un buen bife de choriso en la Cabaña Las Lilas, o con una maravillosa pisa napolitana mejor que la que del mismo Nápoles en El Cuartito, o con un heladito de frutisha o de sambashón en Freddo o Pérsico, a mí me traen, por favor, una dosenita de medias lunas con bien de dulseleche… De cualquier confitería, que en todas son buenas. Yo se las pago, de verdad…
 
 
            ©L.A.
           
 
 
 
 
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