Acaba el mes de mayo, y este humilde mosquetero no ha escrito nada sobre su Reina.
Que gran acierto de la Iglesia es esta piadosa y arraigada costumbre cristiana de dedicar el mes de mayo especialmente a la Virgen.

Y es que su figura protectora desde aquel tristísimo sábado santo, víspera de la Resurrección, hasta la fiesta de Pentecostés (que celebramos el pasado domingo) la convierte en la auténtica Estrella de la Pascua, protectora de aquellos primeros y heroicos cristianos. Y de todos los que llevamos ese nombre. 

El gran santo Bernardo de Claraval, se adelantó a su tiempo al considerarla mediadora de todas las gracias y poderosa intercesora nuestra ante su Hijo, Nuestro Señor. A él debemos esas tiernas palabras que rezamos en la Salve: "Oh clementísima, oh piadosa, oh dulce Virgen María" y en sus escritos y oraciones nos enseñó como nadie a amarla.

San Bernardo no era mosquetero... pero sabía honrar a su Reina.

He aqui su oración a Nuestra Señora que tantas veces nos puede ayudar como cristianos:


Acordaos, ¡oh piadosísima Virgen María!, que jamás se ha oído decir, que ninguno de los que han acudido a vuestra protección, implorado vuestra asistencia y reclamado vuestro socorro, haya sido abandonado de Vos.

Animado con esta confianza, a Vos también acudo, ¡oh Madre, Virgen de las vírgenes!, y aunque gimiendo bajo el peso de mis pecados, me atrevo a aparecer ante vuestra presencia soberana.

No desechéis, ¡oh Madre de Dios!, mis humildes súplicas, antes bien, inclinad a ellas vuestros oídos y dignaos atenderlas favorablemente.

Amén

Porthos