Hace pocos meses, en un discurso del Papa Benedicto XVI a la Conferencia Episcopal Italiana, el Pontífice hablaba de la crisis económica que está sacudiendo a Italia, que se deja sentir  en la tasa de paro y sobre todo en la poca estabilidad de los puestos de trabajo, los bajos salarios, los impuestos cada vez más altos, lo que crea una gran inseguridad laboral.

            Es frecuente, como está pasando en este momento en España, que la gente no tome conciencia de la magnitud del problema hasta que no le afecta a su propio bolsillo. Y es que vivimos en un materialismo tan acentuado, que aunque se conmuevan los principios más fundamentales de la sociedad, casi nadie se queja si no se ve desmejorado su “bienestar” económico. Y no nos damos cuenta, como ha subrayado el Papa, que la raíz de todo es la crisis moral y cultural. Para decirlo en un modo muy claro y sencillo: faltan ganas de hacer el bien, de evitar el mal, de respetar las normas, de practicar la virtud. Por otra parte, se está perdiendo el sentido de lo bello, de lo grande, de lo exigente. Es una sociedad sin héroes, sin creatividad, sin coraje, sumida en el facilismo, la pereza y la cobardía. De muchos modos se manifiesta una cultura de la violencia, del instinto, de lo grotesco, de lo feo, lo inexpresivo, etc.

            También habla el Papa del vacío existente por la ausencia de los valores religiosos, porque la sociedad laica ha desfigurado la libertad religiosa convirtiéndola en ausencia de lo divino. El Papá invita a acoger de nuevo los tesoros de la revelación cristiana. Si Dios ha hablado ¿por qué no escucharlo?

            Es muy importante comprender que el ser humano es una unidad y el mundo, en cierto sentido, esté más o menos globalizado, es también una unidad. No se puede pensar en un hombre pervertido moralmente y competente en los negocios. Puede funcionar un tiempo pero tarde o temprano todo se desmorona. Un mundo donde se pretende destruir la familia, donde se atenta impunemente contra la vida del no nacido, donde se desprecia la vida del anciano o del enfermo, donde unos países no buscan el progreso de los otros, donde no se respetan las convicciones religiosas de los otros, no puede funcionar.

            Si a finales del siglo XX vivimos el desmoronamiento del comunismo, estamos ahora viviendo la caída del liberalismo económico más radical, donde la única norma es la oferta y la demanda, donde la práctica normal es la especulación y donde el único fin es el beneficio económico particular. Una economía sin escrúpulos donde el débil no tiene cabida y los peces grandes se comen a los pequeños. Al final, como siempre, los más pobres y la clase media tienen que cargar con el peso de la irresponsabilidad y corrupción de los grandes: Gobiernos que han dilapidado el erario público, bancos que hacen lo que les da la gana con el capital, multinacionales que especulan con los precios de productos básicos como los alimentos o el combustible, etc. Esto no podía durar para siempre. Al final la bomba de relojería explota y sume todo en el caos. Cuando la nube de humo y polvo se disuelva, cuando tengamos el tiempo de contar las bajas y de averiguar las causas de la explosión, entonces quizás podamos reflexionar serenamente y cambiar para que la tragedia no vuelva a suceder. No basta averiguar el explosivo utilizado para fabricar el artefacto, es necesario sobre todo entender la mente del “terrorista” (en este caso “terrorismo económico”).

El Papa en la encíclica “Caritas in veritate” sugiere tener en cuenta la gratuidad. Esto es un concepto revolucionario. Pensar no sólo en el beneficio económico sino en el bien que pueden recibir otros, en el bien de los empleados, en el bien de la sociedad, aunque algunas medidas tomadas no reporten ningún beneficio económico y por tanto se puedan entender como ofrecidas de modo “gratuito”. El criterio sería: hagamos lo que sea mejor para todos los que formamos la empresa, lo que mejore el servicio que prestamos a la sociedad, porque si solamente buscamos llenar las arcas lo más rápidamente posible, puede ser que el resultado final sea trágico para todos. Como dice el viejo refrán: “la avaricia rompe el saco”.