Les traigo hoy a colación la historia de un personaje atrapado en la historia, querido de nadie, odiado de todos (así fue en un momento de la historia, hoy probablemente mucho menos), por el solo delito de cumplir con su deber y hacer en todo momento lo que su conciencia le dictaba, dentro del sentido de la responsabilidad y del honor que siempre cumple a todos los buenos militares.
 
            A Domingo Rey D’Harcourt, -coronel de artillería cuando ocurrían los hechos que le condenaron a la ignominia injusta e injustificada-, le tocó estar al mando de la guarnición de Teruel cuando se desarrollaba una de las peores y más crueles batallas de la Guerra Civil, la que llevó el nombre de la ciudad aragonesa. Ocurrida la ofensiva del ejército republicano sobre la zona ante la aparente sencillez del objetivo, el Coronel Rey se repliega a la capital, donde resistirá un terrible asedio que empezó el 22 de diciembre de 1937 y no terminó hasta que el 8 de enero de 1938, no pudo sino rendir la plaza a sus sitiadores. Todo ello mientras por su parte, el ejército nacional de los generales Varela y Aranda intentaba romper el cerco republicano y liberar el asedio, cosa que no logró hasta el 22 de febrero de 1938, esto es, cuarenta y cinco días después de que Rey D’Harcourt entregara la plaza.
 
            De la crueldad del sitio da cuenta el diario inédito de la que luego sería Sor Asunción Herrero Valero, monja santa que vivió más de ochenta años, una madre-teresa española que tanto bien llevaría a la India después, a la cual tocó vivir en primera persona, con apenas once años de edad, el asedio del Seminario de Teruel, uno de los lugares en el que la resistencia del Coronel Rey D’Harcourt se hizo fuerte. Diario que tengo entre mis manos por cortesía y generosidad de quien transcribió sus memorias poco antes de morir Sor Asunción, mi buen amigo Alejandro Basa. De ellas selecciono este pequeño extracto:
 
            “Habíamos entrado en el Seminario por la puerta principal grande, majestuosa, como la de una fortaleza inexpugnable, a pie llano cruzamos las cuidadas baldosas del umbral y nos instalamos provisionalmente (porque se trata “sólo” de unas horas según se pensaba). Cuando salimos al término de veintitrés días de incesantes bombardeos y explosiones subterráneas, ya no había puertas ni ventanas, ni techos que no estuvieran destruídos. Saltamos sobre montones de escombros, postes de luz, sacos rotos de las trincheras, abundante alambrada punzante… La luz del día hirió nuestros ojos habituados a la penumbra soportada durante tantos días. Nuestras piernas flaqueaban y no éramos capaces de caminar con normalidad, por dos veces yo caí sobre los escombros.
 
            Grupos de soldados a pie con fusiles al hombro nos observaban. Llevaban uniformes diferentes a los soldados que estábamos acostumbrados a ver. No eran los “nacionales” que esperábamos ansiosamente, sino los “rojos”. A nuestra vista quedaron asombrados, pues no podían creer que saliéramos con vida tantas mujeres y tantos niños. Ni podían ocultar su emoción al ver nuestro rostros ojerosos, macilentos y tiritando de frío. Yo había perdido mis calcetines, el vestido roto, mis cabellos sin peinar enmarañados, y lleno de polvo desprendido de los escombros, y como yo, los demás. Debimos causarles verdadera compasión por el modo en el que nos miraban.
 
            ¡Agua, agua! Fue lo primero que pedimos a la vista de las cantimploras que los soldados llevaban consigo. Ellos cogieron en brazos a mis dos hermanos pequeñas, Jose y Marujín, y con mucho cariño acercaron sus cantimploras llenas de agua a nuestros labios secos. Bebíamos sin respirar y con tanta avidez que ellos decían: “descansad, respirad, luego beberéis más, no os preocupéis que tendréis todo el agua que queráis”.
 
            Sobre aquellos montículos de escombros en que nos encontrábamos, nos fuimos percatando del panorama que se ofrecía a nuestra vista. Todo a nuestro alrededor eran ruinas: ¡pobre Teruel! Quedó herido de muerte. Las calles interceptadas por las casas derruídas y los postes de luz con sus cables rotos y enredados, los balcones colgando y a punto de caer, infinidad de cristales rotos, etc. El espectáculo no podía ser más triste y desolador”.
 
            Como bien se ve, Rey D’Harcourt sólo rindió la plaza cuando la situación era ya insostenible en términos militares, pero ello no le salvó del reproche de aquéllos para los que luchaba, sus compañeros del ejército nacional, que le sometieron entonces a una intensa campaña que insistía en la ineptitud y cobardía del coronel derrotado.
 
            Una campaña que, naturalmente, no le valió un mejor trato por parte de los que le habían sitiado y apresado. Rey D’Harcourt fue juzgado por traición a la República y encarcelado primero en Valencia y luego en Barcelona. Iniciada la Ofensiva de Cataluña del ejército nacional que pondría punto final a la Guerra Civil, se decide su traslado a Francia, si bien en el camino, un infausto 7 de febrero de 1939, a apenas cincuenta y tres días de finalizar la Guerra Civil, muy cerca del barranco Can Tretze y de manera sumaria e ilegal, los que le “trasladaban” deciden aligerar la carga, y para ello, nada mejor que fusilarlo.
 
            No fue el único en aquel paredón improvisado, ya que junto con el Coronel Rey D’Harcourt fueron asesinados otros cuarenta y dos prisioneros, procedentes todos ellos de la batalla de Teruel, entre los cuales también D. Anselmo Polanco, obispo de la ciudad aragonesa, a quien en todo momento tocó compartir su suerte con la del Coronel.

            Descansen en paz. Testigos en fila cero de una guerra cruel que nunca debió ocurrir y que hemos de trabajar para que no ocurra nunca más. Desde su conocimiento, pero no desde su "memoria", palabra infame que ha adquirido, aunque aún no lo registre el diccionario, un nuevo significado que la asimila más a la venganza que al recuerdo.
 
 
            ©L.A.
           
 
 
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