Sumido en una crisis ideológica y de identidad sin precedentes estrechamente relacionada con la caída del Telón de Acero hace ya más de dos décadas, y aún antes con el definitivo logro de la sociedad de clases medias por la Dictadura franquista y con el hecho de que Franco se les murió en la cama, el principal partido de la oposición de España se aferra a dos coordenadas que constituyen en la actualidad su única sostén ideológico: una novedosa ideología de género por la que nunca había transitado (recordemos por ejemplo que durante la República se opuso firmemente al sufragio femenino), y un por el contrario, acendrado y antiquísimo anticlericalismo que, ese sí (innecesario dar ejemplos que nos llevarían una vez más a los tiempos de la República), es en el PSOE vieja seña de identidad. Un anticlericalismo que algunos llaman laicismo, pero erradamente, porque el del laicismo es un objetivo que la sociedad española alcanzó hace ya tiempo, consagrado en la Constitución, y que nadie sensato cuestiona hoy día, sino del que más bien, todos nos preciamos, la primera la Iglesia.
 
            Lamentablemente, las señales de anticlericalismo que emite el principal partido de la oposición en España son tan continuas como preocupantes. Preocupantes aunque sólo sea porque más de un 20% de los españoles son practicantes asiduos y devotos. Preocupantes aunque solo sea porque más de un 75% de los españoles observa un mediano cumplimiento con las observancias del catolicismo. Preocupantes aunque solo sea porque más de un 90% de los españoles está bautizado y no reniega de estarlo.
 
            Esta misma semana un dirigente de las juventudes pesoítas, Sergio Gutiérrez, propone, -quiero creer que en tono jocoso aunque las bromas son a menudo el mejor disfraz de las más profundas intenciones-, una multa de un millón de euros cada vez que la Iglesia diga una “gilipollez”, entendiendo por tal, naturalmente, todo aquello que al principal partido de la oposición no le guste.

            Llama la atención de la propuesta, -lo que la convierte en verdaderamente anticlerical-, que sólo la formule respecto de la Iglesia, y no de ningún otro partido, organización o institución. ¿Por qué no, por ejemplo, imponer la primera multa a su propio partido cuando ganó aquellas elecciones del 2008 con el lema “a por el pleno empleo”, o al Sr. Solbes cuando intentaba convencernos de que no habría crisis sino apenas “pequeeeñaaas turbuleeencias”, en aquel tono sobrador y petulante que se gastó en un debate televisado que avergonzaría haber protagonizado a cualquiera con un mero título de ciencias económicas, no digamos a quien se tenía y se tiene por uno de los gurús de la economía mundial? ¿Por qué no ponerle a él mismo, al Sr. Gutiérrez, la primera por la que acaba de soltar, acompañada además de una penitencia consistente en escribir cien veces “no volveré a atacar la libertad de expresión de nadie, aunque se trate de la Iglesia”?
 
            Más grave todavía pero en la misma línea, Carmen Bonilla, secretaria de educación del mismo partido en Madrid exige a la Presidenta de la Comunidad madrileña que las clases de religión las pague en adelante la Iglesia, en lo que constituye un error monumental por lo que a la educación se refiere.
 
            El sistema educativo español lo que tiene que plantearse es el conjunto de materias y asignaturas que los españoles han de estudiar para alcanzar una formación que la sociedad dé por buena, pero afirmar que la asignatura de religión ha de ser financiada por la Iglesia es como afirmar que la de ciencias naturales la hubiera de financiar el Centro Superior de Investigaciones Científicas, o la de matemáticas la Real Academia de Ciencias Exactas.
 
 
            Establecida esta premisa básica, donde nadie paga asignaturas más que el propio sistema educativo y según la cual el único debate sobre la mesa es aquel que versa sobre las razones para que una asignatura figure en el curriculum es que se decida su conveniencia de que así sea, los motivos para que religión figure en él son innúmeras. La primera, porque los hechos demuestran que una sociedad materialista como la que tendemos a construir no conduce, sino que aleja, de la felicidad, cuya búsqueda es uno de los más legítimos objetivos que debe pretender todo sistema educativo que se precie. Pero es que además, y más allá de la fe y de las creencias que cada uno profese, España es geográfica, artística, histórica, sociológica y antropológicamente cristiana, y desconocer esa realidad y más aún negarla, no puede traer sino las peores consecuencias para sus ciudadanos y para su ser entero.
 
            Desde esta columna hacemos votos para que el principal partido de la oposición de España abandone de una vez una coordenada ideológica que le ancla en el pasado y le impide progresar, el anticlericalismo, y adopte de una vez el discurso de la responsabilidad y de la sensatez en el que progresa con extrema dificultad. Un hecho que no disfraza el afán de autootorgarse, con tanta frecuencia como gratuidad, el calificativo de "progresista" que con personas como Gutiérrez o Bonilla en sus filas, ni le corresponde ni se lo merece.
 
 
            ©L.A.
           
 
 
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