Es una de las parábolas más largas que expuso el Señor. Diría que excepcionalmente larga. Lo cual nos indica que él quería aclarar alguno o algunos puntos concretos e importantes para la vida de las personas creyentes, o no. Hay que decir que tiene once versículos del capítulo 15 del evangelio de Lucas...

Debemos aclarar, de entrada, que “El hijo pródigo” es el título tradicional de la parábola, pero que los personajes son tres: el padre y sus dos hijos.

Y quiero también subrayar que no esa una parábola que nos haya quedado sin utilidad en nuestro tiempo. Sino todo lo contrario. Porque sigue habiendo muchos que viven como alejados del Padre Dios, o sin haberlo conocido, o no siguiendo su voluntad, aunque lo conozcan. Podía ser el caso de tantos creyentes, no practicantes de nuestro tiempo. Y, por si fuera poco, el Santo Padre Benedicto XVI insiste frecuentemente en la necesidad de una evangelización activa en la Iglesia.
La historia empieza “un día”, así dice el evangelio, subrayando el hecho. El hijo pequeño exige y obtiene del padre la parte de capital que la Ley le permitía tener a disposición ya en vida del padre. Moralmente queda descalificado como hijo, como él mismo reconoce, cuando, años después, vuelve a casa. “Padre, -dice-, he pecado contra el cielo y contra tí, Ya no merezco que me digan hijo tuyo”.

La reacción del padre es de gran bondad. Mucho tiempo después, “Le vio venir, cuando aún era lejos y se conmovió, corrió a tirársele al cuello y le besó.”..
Jesús insiste en esta actitud hacia el que ha hecho algo negativo. Un buen ejemplo es la parábola de la oveja perdida.(Mt 18. 10 ss.) El pastor tiene 100 ovejas y pierde una. Inmediatamente deja las 99 y sube a la montaña a buscar la descarriada. Cuando la halla, siguiente más alegría por aquella perdida que por las 99 que no se habían perdido. Y el Señor comenta:: “Igualmente vuestro Padre del cielo no quiere que se pierda ni uno solo de estos pequeños”.

Juan insiste en el amor por las ovejas (en 10, 118) Eso nos hace pensar si nos quedamos indiferentes ante la falta de fe, o las conductos incorrectas de tantos que nos rodean. (Anécdota de la tempestad y la ganada).
Pero nos advierte también Jesús de que sí, que debemos corregir o ayudar, pero con más alegría por aquella oveja que por las 99 que no se habían descarriado. Y subraya no juzgar a los otros, sino pensar en nuestro comportamiento. “No juzguéis y no seréis juzgados..Como es que ves la paja en el ojo del tu hermano y no te percatas de la viga en el tuyo?” (Mt 7, 1 ss.).

La actitud que Jesús nos pide es de paciencia, oración y no desanimarnos. Así se ve en la parábola de la higuera estéril que no hay que cortarla, sino cultivarla con esperanza de que dé fruto. (Lucas, 13, 6-9)
Hay que insistir en la actitud del padre, que espera y perdona. Cuando se dice que el padre lo vio venir, se puede suponer que, cada día a menudo, se asomaba al camino, esperando ver el retorno del hijo. Y quiere que su perdón sea inmediato, notorio y festivo: (leer 15, 22-24).

Que el padre no se cansaba de esperar el hijo, nos aguda a esperar y confiar en la bondad del Señor, cuando estamos desanimados o espiritualmente cansados, cuando nos parece que nuestra conversión o la del prójimo no llega. Escuchemos a Jesús en Mt. 11, 28-30: “Venid a mí todos los que estáis cansados y agobiados, y yo os hará descansar. Aceptad el yugo que os impongo, y aprended de mí, que soy paciente y de corazón humilde; así encontraréis descanso. Porque el yugo y la carga que yo os impongo son ligeros”. .
Acabamos con el caso extremo de quien llega al fin de su vida que ha estado gravemente equivocada, pero se arrepiente al final. Es el breve, pero impresionante hecho, que describe Lucas (23, 39-43.) Un condenado, en una cruz junto a Jesús, tras defenderle ante el mal ladrón, se dirige al Señor: “Jesús, acuérdate de mí, cuando estés en tu reino”. Jesús le contestó: “Te aseguro que hoy estarás conmigo en el paraíso”. Ante este hecho, de un arrepentido al fin de su vida, a quien se le promete la inmediata visión de Dios, se intuye la inmensa misericordia de Dios. Pero Él se merece, y es deber nuestro, que nuestra conversión sea permanente y perseverante, y que nos preocupemos también por la posible conversión de los que vemos alejados de Dios.