Es ésta una cuestión recurrente entre los defensores de la vida. La última polémica la ha provocado el Center for Bio-Ethical Reform de California con su campaña mostrando a lo largo y ancho de Estados Unidos imágenes de niños abortados.

He de confesar que no soy muy aficionado a este tipo de fotografías. Sé lo que es un aborto, las he visto en el pasado, y no me hace ninguna ilusión volver a verlas. Me ocurre como con las fotos de moribundos o cadáveres en los campos de concentración nazis. Estoy convencido de su atrocidad y no necesito ver más fotos para convencerme.

Pero lo que nunca se me ocurriría es, ante una de esas fotos, culpabilizar a quien las muestra o negar su importancia. Son de una gravedad mayúscula (y por eso mismo creo que no es bueno ni ocultarlas ni mostrarlas continuamente, con el riesgo de banalizarlas) y quienes se empeñan en ocultarlas a toda costa me resultan sospechosos. ¿Qué sociedad es ésta que nos coloca fotos de fumadores deformados y moribundos y se rasga las vestiduras ante la foto del resultado de un aborto?

Repito: no soy partidario de atiborrarnos de imágenes sanguinolentas, pero estoy convencido de que todo el mundo debería ver con sus propios ojos, al menos una vez en su vida, cuál es el resultado real de esas asépticas “interrupciones voluntarias del embarazo”. En un mundo en el que el lenguaje es manipulado desde lo políticamente correcto, al menos aún nos quedan las imágenes de la realidad (mientras no nos detengan por mostrarlas).