La frase no es mía. Pertenece a George Leonard Carey, Baron Carey of Clifton, Arzobispo de Canterbury entre los años 1991 y 2002, líder religioso de los cristianos de uno de los países a la vanguardia de la persecución soterrada de cristianos que se practica hoy día en muchas partes de Europa, y se refiere a lo que está ocurriendo en su país de unos años para acá.
 
            En la entrevista que le realiza el Daily Telegraph, Mons. Carey no se muerde la lengua, afirmando literalmente que en Gran Bretaña, los cristianos están siendo “vilipendiados”, tratados como “fanáticos” y discriminados por el simple hecho de expresar sus ideas. Los valores cristianos han sido “proscritos”, y se procede a levantar una verdadera barrera de entrada de los cristianos en el mercado laboral, gracias a las normas que prohíben portar cruces o expresar sus creencias en el trabajo(1).
 
            Pero lo más llamativo de cuanto expresa Mons. Carey se produce cuando declara que los cristianos británicos están siendo perseguidos como lo fueran otrora los homosexuales, dándose la circunstancia de que quienes les persiguen, a menudo, son precisamente éstos: “con frecuencia hostigados y tramposamente incriminados por activistas homosexuales”.
 
            Y no le falta razón al arzobispo anglicano, pues en Gran Bretaña, se produce en la actualidad una sutil persecución contra los cristianos. Una persecución a la que hemos dado amplio eco en esta columna, como por ejemplo cuando exponíamos el caso de , o el no menos sangrante e intolerable , verdadera tropelía judicial que para colmo, fue expresamente apoyada por el mismísimo premier del país, el Sr. Cameron.
 
            Mentiríamos si dijéramos que la persecución británica de cristianos es una persecución violenta como la que se da en tantos rincones del globo. Pero no por ello es menos incruenta o dañina para los cristianos, a los que se intenta presentar como contrarios al progreso, y lo que es incluso peor, como declarados enemigos de determinados colectivos, (así el de los homosexuales, incluso el de las mujeres), predisponiendo a éstos en contra de ellos. Tanto así que haber escrito esto que estoy escribiendo en el Reino Unido me podría haber costado, muy probablemente, algo más que la desaprobación de algún lector, y hasta sanciones de tipo penal. Y es que lo que verdaderamente está en juego en el Reino Unido, bajo el disfraz de una lucha contra una desigualdad que de existir sólo existe contra el supuesto agresor, los cristianos, son la libertad de expresión y la libertad de pensamiento, algo mucho más grave de lo que decimos combatir.
 
            En España también se han dado peligrosos pasos en esa dirección. Muchos en la sociedad, donde se vierte crecientemente la insidia de una supuesta aversión de los cristianos hacia los homosexuales e incluso hacia la mujer. Pero también a nivel estatal y político. Tanto que si no hubiéramos cambiado de Gobierno al albur de una crisis económica a la que seguimos sin ver solución hoy día, estaríamos ya en situación de superar a los propios británicos (no somos nadie los españoles cuando nos ponemos), con una ley de la que nos salvamos por apenas unos meses, la que se dio en llamar que preparaba esa eminencia gris del pensamiento que se llamó y se llama Leire Pajín, ministra por la gracia del Sr. Zapatero, que es una manera como cualquier otra de llegar a ser ministro (o ministra).
 
 
                (1) Todo lo cual expresa al albur del juicio que ha de comenzar este 4 de septiembre en Estrasburgo para juzgar el caso de dos trabajadores echados de su trabajo por llevar una cadena con una cruz.
 
 
            ©L.A.
           
 
 
 
 
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