“Ellas quedaron sorprendidas” (Mc 16, 5)

¿Crees esto?

Dios nos invita a participar del Misterio de amor que nos ha preparado desde siempre. Él desea sorprendernos. Pero esto es también una cuestión de fe, algo que depende de ti.

 

Por ustedes

 

 “Y, resucitando de entre los muertos, exclamó con voz potente: […] Vengan, pues, ustedes todos, los hombres que se hallan enfangados en el mal, reciban el perdón de sus pecados. Porque yo soy el perdón de ustedes, soy la Pascua de salvación, soy el cordero degollado por ustedes, soy el agua lustral de ustedes, la vida de ustedes, la resurrección de ustedes, la luz de ustedes, la salvación de ustedes, el rey de ustedes. Puedo llevarlos hasta la cumbre de los cielos, los resucitaré, les mostraré al Padre celestial, los haré resucitar con el poder de mi diestra”. Melitón de Sardes, obispo en el siglo II, nos ha dejado estas palabras pronunciadas en una famosa homilía pascual suya, palabras puestas en boca de Jesús Resucitado, palabras que nos envuelven e incluyen en este gozo de Dios que muestra a su Hijo como el don más grande que alguien pueda recibir.

 

La Pascua de Cristo es para nosotros. Él ha muerto y resucitado para nosotros. Él es perdón, salvación, agua, vida, resurrección, luz, rey, altura, revelación, poder… ¡para nosotros! ¿Cuántas personas se preguntan con sinceridad cuál es el sentido de la celebración cristiana, cuál es el sentido de la muerte y resurrección de Cristo? “¿De qué puede servirme que aquel hombre haya sufrido, si yo sufro ahora?”, se preguntaba en su última obra poética, un año antes de su muerte, en nombre de muchos otros, un anciano Jorge Luis Borges, intentando penetrar un misterio ante el cual permanecía ciego también: “No lo veo y seguiré buscándolo hasta el día último de mis pasos por la tierra”, añade en este mismo poema, “Cristo en la cruz”, refiriéndose a Jesús.

 

¿Crees esto?

 

Pero esta cuestión apremia al mismo creyente. No es una cuestión más. Éste es el centro de la fe. Uno cree solamente cuando ese Misterio se hace relación con uno mismo, con la propia vida, con el propio sufrimiento… Cuando descubro que ese acontecimiento tiene consecuencias reales y prácticas en la vida que vengo viviendo, en el dolor que vengo sufriendo, en los pensamientos que me ocupan, en los proyectos que me sostienen, en la historia que me ha traído hasta aquí, en el futuro que sueño… Cuando descubro que la Pascua es relación con la realidad que vivo, entonces sí, mi fe se convierte también en un nosotros, en una familia de incontables rostros extendidos por todo el mundo que participan de este mismo don, una Vida entre nosotros, a favor de nosotros, en nosotros, en medio de nosotros. Melitón de Sardes quiere gritarlo: ¡esto es para ti!, ¡participa tú también!

 

“El que cree en mí, aunque muera vivirá;

y todo el que vive y cree en mí,

no morirá jamás.

¿Crees esto?”

(Jn 11, 25-26).

 

La Pascua es un ofrecimiento abierto a la fe, a la confianza de quien lo busca. Jesús nos pide creer aun muriendo, aun sufriendo, aun cuando las cosas parecen decirnos: “no, no lo busques, él no está aquí”. No nos pide sentirlo, ni verificarlo, ni ponerlo a prueba, ni asegurarlo, sino tan sólo creer en él, abrirnos a la presencia de una realidad viviente que parece escondida, pero, en realidad, está bien cerca de ti.

 

El “pésaj”

 

Jesucristo en persona es la Pascua, el “pésaj” (en hebreo), el Paso, el que pasa de la muerte a la vida, y del silencio a la palabra, y de la ausencia a la presencia, y de lo perdido a lo salvado. Participar de la Pascua es participar de la muerte y vida de Jesús, es entrar plenamente en él. Jesús nos invita a participar de este Misterio. ¿Crees esto? Esa pregunta que nos hace es una provocación, una invitación, sí, pero que supone un riesgo, el de abandonar ese algo que me impide exponerme a una novedad imprevisible, no manipulable, no exigible. Abandonar el no que me agobia, para decir sí, para decir sí, espero, sí, creo, sí estoy muerto en muchas cosas y quisiera estar vivo.

 

Quisiera estar vivo para cambiar, quisiera tener un corazón vivo para volver a amar, quisiera liberarme del resentimiento y del miedo, de la rutina mezquina, del encierro de los deseos estrechos y egoístas. Sí, quiero, pero no tengo fuerzas. Sí, creo que tú eres poderoso en amor, poderoso en tu perdón, que eres capaz de descender al mundo bajo, ése que desprecian los demás, y de infundir Vida desde allí. Creo que eres capaz de levantar a un muerto, y de levantarme a mí. Sí, arriesgaré nuevamente mi fe, como tú has arriesgado tu vida hasta el colmo de morir por nosotros, y por mí especialmente, Señor:

 

“Yo estoy crucificado con Cristo, y ya no vivo yo, sino que Cristo vive en mí: la vida que sigo viviendo en la carne, la vivo en la fe en el Hijo de Dios, que me amó y se entregó por mí” (Ga 2, 19s).

 

Busquen al Señor

 

En la noche de las noches, la íntima y solemne Vigilia Pascual, las lecturas que iremos escuchando del Antiguo Testamento, de ese tramo de la historia en que Dios fue progresivamente abriendo su corazón a los hombres, procurarán preparar el nuestro para recibir el don extremo de Dios, el amor de sus amores, su Hijo, su único Hijo: “Hagamos al hombre a nuestra imagen, según nuestra semejanza” (Gn 1,26); “Aunque se aparten las montañas y vacilen las colinas, mi amor no se apartará de ti, mi alianza de paz no vacilará, dice el Señor, que se compadeció de ti” (Is 54,10); “¡Busquen al Señor mientras se deja encontrar, llámenlo mientras está cerca!” (Is 55,6); “camina hacia el resplandor, atraído por su luz. No cedas a otro tu gloria” (Bar 4,2); “Les daré un corazón nuevo y pondré en ustedes un espíritu nuevo” (Ez 36,26).

 

Como a los discípulos de Emaús, que andan por la vida desanimados, tristes, confusos por la Cruz que no comprenden, también a nosotros, “comenzando por Moisés y continuando con todos los profetas” (Lc 24,27), el Resucitado nos hace ver la luz que sólo él hace brotar en medio de la oscuridad. Su palabra nos hace entrar en el Misterio de su muerte y su resurrección.

 

Por eso, en seguida, después del himno del Gloria, nos alcanzan las palabras de san Pablo: “¿No saben ustedes que todos los que fuimos bautizados en Cristo Jesús, nos hemos sumergido en su muerte?”. Como si dijera: ¿no es parte de nuestra vida cristiana hundirnos en la existencia toda, en la intimidad, en el amor más profundo de Jesús, en pasar incluso por la oscuridad, por una vida que tiene dificultades, problemas, renuncias, preocupaciones, cansancios y fracasos? “Por el bautismo fuimos sepultados con Él en la muerte, para que así como Cristo resucitó por la gloria del Padre, también nosotros llevemos una Vida nueva” (Rm 6,3s).

 

El Primer Día

 

Pablo, como Melitón de Sardes, desea que participemos de la Vida nueva, del Misterio pascual, nos exhorta a no llevar una vida cristiana desde fuera, desde la superficie, desde la distancia, sino a dejarnos transformar por el poder de Dios: “al morir, él murió al pecado, una vez por todas; y ahora que vive, vive para Dios. Así también ustedes, considérense muertos al pecado y vivos para Dios en Cristo Jesús” (Rm 6,11). Pablo desea para el otro, para quien lo escucha, lo mismo que le ha acontecido a él. Para él, ser cristiano, es algo nuevo, algo que le está pasando en este momento, algo que desea comunicar ya, algo que lo hace estar vivo, nuevo, creativo, al servicio de los demás, algo que lo aleja de su egoísmo, orgullo y encierro, algo que le hace ser él mismo porque está lleno de Vida.  

 

Vivir la semana santa es la oportunidad que el Señor me vuelve a ofrecer. Como aquellas mujeres que fueron hasta el sepulcro de Jesús. Iban abatidas. Se suponía que entre el sepulcro y ellas habría una pesada y gran piedra. Pero no fue así. Se suponía que dentro del sepulcro estaría el muerto, Jesús. Pero no fue así. “Ha resucitado, no está aquí” (Mc 16,6). Las cosas no son lo que parecen cuando se descorre la piedra que no nos dejaba ver la verdad. Como si Dios lo reinventara todo, lo volviera a crear todo para nuestra felicidad. Como si se tratase del Primer Día, de un nuevo comienzo.