Con motivo del artículo que titulé “¿Qué dicen los apócrifos sobre San José?” el pasado día 19 de marzo, una comentarista que firmaba como Maite dejó entre los comentarios al artículo el siguiente:
 
            “Si los apócrifos no son admitidos por la iglesia ¿para que los publicáis aquí? No nos liemos. Estudiemos y meditemos el evangelio que fue elegido a la luz del Espiritu Santo”.
 
            Comentario que me da pie a escribir algunas líneas sobre tema tan sugerente y apasionante como el de los apócrifos.
 
            El hecho de que los evangelios de Mateo, de Marcos, de Lucas y de Juan, sean aceptados como canónicos, no quiere decir que otros evangelios no hayan tenido ninguna vigencia o sean necesariamente heréticos, a pesar de recibir un nombre tan peyorativo como el de evangelios apócrifos (del griego apocryptos=oculto, presente en otras palabras como criptojudíos=judíos ocultos, o criptografía=arte de enviar mensajes ocultos).
 
            El fenómeno del apócrifo, junto con el del plagio, forman las dos categorías de lo que podríamos denominar la seudoautoría, es decir, la falsa imputación de la autoría de las obras, cada uno en las antípodas del otro. Y es que mientras en éste lo que se da es la autoatribución por un autor de una obra que no es de su autoría, en la literatura apócrifa lo que se da es exactamente lo contrario, a saber, la atribución de una obra propia a un autor más autorizado que no es el que la ha realizado y que, de hecho, ni siquiera sabe que le va a ser atribuída. El interés en el primer caso versa sobre el autor: en otras palabras, el supuesto autor reclama para sí un mérito (y también unas ventajas, a menudo de tipo económico) que no le son atribuibles. En el segundo, versa sobre el contenido, ya que lo que al autor apócrifo desea no es darse a conocer o lucrarse de lo que escribe, sino que el contenido de sus disquisiciones llegue a un público más amplio y que sus afirmaciones gocen de una autoridad superior a aquélla de la que el goza.
 
            Los textos cristianos que damos en llamar apócrifos, podemos clasificarlos, a su vez, en tres grandes categorías: los sinópticos, los heréticos o sectarios, y los piadosos.
 
            Los apócrifos sinópticos son llamados así por tener una estructura semejante a la de los evangelios canónicos: se trata en general, de aquellas vidas de Jesús que circularon en su momento por algunas iglesias en concreto, y que por quedarse fuera del canon, cayeron de manera más o menos rápida en el olvido. Muy importante el Evangelio de Pedro, y otros de los que quedan algunas referencias de los padres de la Iglesia, v.gr. el Evangelio de los egipcios, el Evangelio de los nazarenos, el Evangelio de los hebreos, del que San Jerónimo dice ser muy próximo al de Mateo, el Evangelio de los ebionitas, o el Evangelio de los doce. Junto a ellos, existen también no pocos Hechos de los Apóstoles apócrifos.
 
            Los apócrifos sectarios o heréticos, son una serie de evangelios escritos ex-professo para justificar tendencias que terminan o ajenas al canon, o contrarias a él, y por lo tanto heréticas. Son enumerados por los autores cristianos que luchan contra las herejías. Así por ejemplo, San Ireneo o San Epifanio citan la existencia de un Evangelio de Judas, hoy recuperado y de rabiosa actualidad; San Jerónimo habla de un Evangelio de Bartolomé; Orígenes de un Evangelio de Basílides. El Decreto del Papa San Gelasio I (492-496) que determina el canon, añade un Evangelio de Bernabé. Cabe incluir aquí, la entera biblioteca conocida como del Nag Hammadi, importantísimo descubrimiento producido en la aldea de Quenoboskion, en el Alto Egipto, cerca de la ciudad de Nag Hammadi, en 1945: trece códices de papiro realizados en torno al año 330, conteniendo medio centenar de obras que aportan muchísima luz sobre la primera gran herejía del cristianismo: el gnosticismo. Entre los textos hallados en ella, figuran el Libro secreto de Juan, el Libro sagrado del Gran Espíritu Invisible, el Diálogo del Salvador, el Apocalipsis de Pablo, el Evangelio según Felipe, el Evangelio de la Verdad, o el Evangelio de Tomás.
 
            Por último, están los que llamaríamos apócrifos píos o piadosos, una serie de textos que escritos a partir del s. II, se dedican a cubrir las lagunas que los canónicos dejan, respondiendo así a las cuestiones que los fieles se hacen sobre temas poco tratados de la vida de Jesús, y particularmente dos: infancia y pasión.
 
            Entre los del primer género, los apócrifos de la infancia, que aportan multitud de datos que la magistratura y la tradición cristiana dan hoy por buenos y por los que siente indudable estima, un texto destaca sobre los demás: el Protoevangelio de Santiago, al que algún día dedicaremos un artículo específico. Tributarios en mayor o menor medida de él son otros como el Evangelio de la Natividad, el Evangelio armenio de la infancia, el Evangelio del Pseudo-Mateo, el Evangelio del Pseudo-Tomás, el Evangelio árabe de la infancia, o la Historia de José el Carpintero a la que nos referíamos el otro día.
 
            Entre los apócrifos referidos a la pasión de Jesucristo, es importante el Evangelio de Nicodemo, un Nicodemo que se corresponde con el fariseo de dicho nombre que se entrevista con Jesús según nos relata San Juan (cfr. Jn. 3, 1-21); o un Apocalipsis de Pedro al que también dedicaremos algún día un artículo específico.
 
 
            ©L.A.
           
 
 
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