Al respecto y como tantas veces, la literatura apócrifa nos auxilia en lo relativo al conocimiento de los hechos y personajes relativos a la vida de Jesús. En este caso, y gracias una vez más al Protoevangelio al que nos hemos dirigido para obtener algo más de información sobre la madre de Jesús, sabemos cómo conoce a María y cómo le es dada:
 
            “Al llegar [María a] los doce años, los sacerdotes se reunieron para deliberar, diciendo: “He aquí que María ha cumplido sus doce años en el Templo del Señor, ¿qué habremos de hacer con ella para que no llegue a mancillar el santuario?” [mancillación que se produciría si llegara a tener su primera regla dentro de él, regla que convierte en el judaísmo, y también en el islam, en impura a la mujer] Y dijeron al Sumo Sacerdote: “Tú que tienes el altar a tu cargo, entra y ora por ella, y lo que te dé a entender el Señor, eso será lo que hagamos”” (Prot. 8, 2).
 
            La solución se la susurra un ángel del Señor al sumo sacerdote, quien por cierto, es un viejo conocido de los textos evangélicos, ya que se trata de Zacarías, el padre de San Juan Bautista:
 
            ““Zacarías, Zacarías, sal y reúne a todos los viudos del pueblo. Que venga cada cual con una vara, y de aquél sobre quien el Señor haga una señal portentosa, de ése será mujer”. Salieron los heraldos por toda la región de Judea y al sonar la trompeta del Señor, todos acudieron.
            José dejando su hacha, se unió a ellos y, una vez que se juntaron todos, tomaron cada uno su vara y se pusieron en camino en busca del Sumo Sacerdote. Este tomó todas las varas, penetró en el Templo y se puso a orar. Terminado que hubo su plegaria, tomó de nuevo las varas, salió y se las entregó, pero no apareció señal ninguna en ellas. Mas, al coger José la última, he aquí que salió una paloma de ella y se puso a volar sobre su cabeza. Entonces el sacerdote le dijo: “A ti te ha cabido en suerte recibir bajo tu custodia a la Virgen del Señor”” (Prot. 8, 3-9, 1).
 
            Curiosamente, este episodio del Protoevangelio halla eco en otro libro sagrado que está muy atento a todo aquéllo que concierne a la vida de María. Nos referimos al Corán, fuente cuya antipatía hacia la figura de José es más que evidente, evidente precisamente por la calculada ignorancia hacia su persona, que sólo rompe para hacer una velada referencia a la misma sin ni siquiera citrar su nombre, que es la que traemos aquí a colación:
 
            “Esto forma parte de las historias referentes a lo oculto que Nosotros te revelamos. Tú no estabas con ellos cuando echaban suertes con su cañas, para ver quien de ellos iba a encargarse de María. Tú no estabas con ellos cuando disputaban” (C. 3, 44).
 
            En la literatura apócrifa de la infancia de Jesús, cabe a José un cierto protagonismo. En ella le vemos reprendiendo a su hijo:
 
            “Y José tomó a su hijo aparte y le reprendió diciendo: “¿Por qué haces estas cosas?” (PsTo. 5, 1).
 
            “Vino José al lugar y al verle, le riñó diciendo: “¿Por qué haces en sábado lo que no está permitido hacer?”” (PsTo. 2, 4).
 
            Demasiado a menudo, debatiéndose entre el rigor que le corresponde ejercer como padre, y la sumisión que le debe a su hijo en quien reconoce la elevada misión a la que está llamado. Buena prueba de lo cual, la respuesta que de éste recibe en una de esas regañetas:
 
            “Tú ya tiene bastante con buscar sin encontrar. Realmente te has portado con poca cordura. ¿No sabes qué soy tuyo? No me seas causa de aflicción” (PsTo. 5, 3).
 
            Amén de ello, entre los cristianos coptos circuló un escrito apócrifo expresamente dedicado a la figura de José, datable quizás del s. IV: es la llamada Historia de José el Carpintero, de la que han llegado dos versiones, una en copto y otra en árabe. Presentada bajo la forma de relato de Jesús a los apóstoles, sus datos son en general coherentes con los del Protoevangelio de Santiago ya citado. Nos cuenta la Historia de José el carpintero:
 
            “Había un hombre llamado José, oriundo de Belén, esa villa judía que es la ciudad del Rey David. Estaba miuy impuesto en la sabiduría y en su oficio de carpintero. Este hombre José se unió en santo matrimonio a una mujer que le dio hijos e hijas: cuatro varones y dos hembras, cuyos nombres eran Judas y Josetos, Santiago y Simón [esto es, los que cita Marcos, cfr. Mc. 6, 3]; sus hijas se llamaban Lisia y Lidia” (HiJoCa. 2, 1).
 
            José habría enviudado, un año después de lo cual, y teniendo nada menos que noventa años, le es entregada por el Templo en régimen de tutela, la niña María, de apenas doce años. Habiendo alcanzado los noventa y dos (y María los catorce, en lo que la Historia de José difiere algo del Protoevangelio, en el que María sería madre con trece años), vería nacer a Jesús “en Belén, en una gruta cercana a la tumba de Raquel, esposa del patriarca Jacob”.
 
            Versión que no casa con otra tradición que circuló entre los cristianos, según la cual, José sería tan virgen como María. A ella se abonan tanto San Jerónimo (n.h.345-m.h.419) como San Agustín, quien escribe:
 
            “Si José no hubiese sido virgen, Dios no le hubiese dado en modo alguno por esposa a la Virgen [...] y esto por una razón muy sencilla: porque si no hubiera sido virgen, hubiera podido atentar contra la virtud de María”
 
            Volviendo a la Historia de José el carpintero, a la edad de ciento once años, teniendo Jesús apenas diecinueve, moriría José a consecuencia de la primera enfermedad que sufría en su larga vida.
 
 
            ©L.A.
           
 
 
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