La movilización actual para impedir que Irán desarrolle un arsenal nuclear es reflejo de dos cambios importantes e interrelacionados. Se trata de cambios a los que desde la perspectiva de Israel es preciso darles la bienvenida, pero aun así el gobierno israelí debe mantenerse cauto en relación con el papel del país en la cuestión.

El primero consiste en la escalada de esfuerzos por parte de Estados Unidos y sus aliados occidentales para abortar el plan nuclear de los ayatolas. Este cambio se originó, en parte, como respuesta a un informe de noviembre de 2011 del Organismo Internacional de Energía Atómica, según el cual Irán realmente está desarrollando armas atómicas y se encuentra peligrosamente cerca de cruzar la «línea roja», el punto más allá del cual ya no será posible detener su avance. Además, Estados Unidos y sus aliados comprenden que, de no tomarse medidas serias, Israel podría verse incitado a lanzar su propia ofensiva militar unilateral.

El segundo consiste en la percepción de que la capacidad nuclear iraní sería una amenaza no solamente para Israel. En un discurso pronunciado en diciembre ante la Unión para la Reforma del Judaísmo, el presidente de los Estados Unidos, Barack Obama, afirmaba que «otra amenaza a la seguridad de Israel, de Estados Unidos y del mundo es el programa nuclear de Irán». Pero al llegar febrero, Obama ya decía en relación con Irán que «mi prioridad número uno sigue siendo la seguridad de Estados Unidos, pero también la seguridad de Israel, y seguimos trabajando sin pausa para intentar resolver esto».

Su elección de palabras no fue accidental, sino, más bien, una señal de que Estados Unidos está cambiando su estrategia respecto de Irán. Durante más de una década, el debate político respecto de las ambiciones nucleares iraníes incluía este interrogante: «¿De quién es el problema?». El ex primer ministro de Israel, Ariel Sharón, solía advertir a sus colegas respecto de la conveniencia de no «apresurarse» en relación con Irán. Aducía que si Israel tomaba la iniciativa en hacer sonar la alarma sobre las ambiciones nucleares iraníes, la cuestión se percibiría otra vez como un «problema israelí».

De hecho, los críticos de Israel ya venían diciendo que esto era otra muestra del mundo del revés: Israel y su lobby norteamericano intentando forzar a Estados Unidos a poner los intereses de Israel por encima de los suyos propios. Los ejemplos más flagrantes de este punto de vista fueron unas declaraciones de los politólogos John Mearsheimer y Stephen Walt. En un artículo publicado antes del lanzamiento de su muy discutido libro «The Israel Lobby», aseguraban que:

«Las ambiciones nucleares de Irán no plantean una amenaza existencial a Estados Unidos. Si Washington pudo convivir con una Unión Soviética nuclear, con una China nuclear e incluso con una Corea del Norte nuclear, entonces puede convivir con un Irán nuclear. Y por eso el lobby de Israel debe mantener una presión constante sobre los políticos estadounidenses para confrontar a Teherán».

El actual primer ministro de Israel, Biyjamín Netanyahu, no se ha mostrado tan preocupado como Sharón por la forma en que se vea el papel de Israel. Está demasiado atareado involucrándose directamente en el intento de eliminar la amenaza mortal que supondría para el Estado judío un Irán provisto de armas atómicas.

Antes de las elecciones de 2009 que lo llevó al poder, Netanyahu hizo campaña con el peligro iraní, y su gobierno planteó la cuestión como su preocupación principal. Junto con el ministro de Defensa, Ehud Barak, Netanyahu logró persuadir a Obama y al resto del mundo de que Israel preparaba un ataque militar como último recurso para el caso de que Estados Unidos y sus aliados no consiguieran detener el programa iraní a tiempo.

Esta política ha sido eficaz, pero también concitó atención sobre la influencia israelí en la cuestión de Irán. Curiosamente, esto no ha sido motivo de reproches contra Israel (al menos, por ahora), lo cual se debe, en parte, a que Obama y otros líderes ya consideran a Irán una amenaza más seria y, por consiguiente, sienten la necesidad de tomar medidas adecuadas.

La comunidad internacional debe hacer hincapié en que sus miembros están sirviendo a sus intereses nacionales y no simplemente a los de Israel. Pero la voluntad de otros países de participar en esta iniciativa puede menguar, sobre todo si las sanciones se cobran un alto precio financiero o la acción militar causa un gran número de bajas.

Por ello, sería aconsejable que Israel recuerde las advertencias de Sharón y refuerce su presión sobre el gobierno de Estados Unidos mediante una campaña diplomática más amplia.

Le guste o no, Israel debe exhortar al mundo a no olvidar que Irán es un problema de todos.

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Fuente: The New York Times - 27.2.12

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