En la granja del señor Jones los animales no estaban felices con su tipo de vida así que un día se rebelan y expulsan a los propietarios.
 
La revolución fue un éxito por lo que los planes a futuro se multiplican: aprender a leer, estudiar, vivir mejor, construir un molino, fomentar una sociedad donde no haya privilegios para nadie y se mantenga una igualdad de oportunidades, derechos y obligaciones para todos.
 
Para regular las relaciones entre ellos, redactan una serie de «mandamientos» inviolables, especie de «código penal», de entre los que resalta uno especialmente: «Todos los animales son iguales».
 
Pero los cerdos van tomando posiciones hasta lograr administrar toda la granja, mientras los demás animales trabajaban para ellos absorbidos por sus falsas promesas y la creencia de que todos son enemigos, excepto los porcinos.
 
Poco a poco los cerdos van desobedeciendo más y más los «mandamientos» en los que se basa su sociedad: viven mejor que los otros, bajo la excusa de cuidarse para poder llevar de un modo más eficiente el gobierno de la granja, por ejemplo. Un día asesinan a varios animales que han confesado, obligadamente, que estaban siendo instigados a matar al líder del grupo.
 
Era el principio del fin de una promesa. Los animales no ven el progreso de la revolución ni viven mejor que antes; los cerdos cada vez desean prevalecer en un nivel superior llevados por la codicia y el egoísmo. Llegan incluso a aliarse con el hombre al que habían expulsado de la granja; visten y viven como el hombre…
 
Han pasado los años y todo ha cambiado. Aquel primer «mandamiento» que servía de eje para los otros ahora dice: «Todos los animales son iguales, pero unos son más iguales que otros».
 
Aunque la novela «Rebelión en la granja», de George Orwell, fue escrita a manera de crítica al comunismo, bien puede aplicarse a la lectura errada que de la feminidad han hecho algunas feministas. Si bien es cierto que sus bases históricas parten de una necesidad real (la reivindicación práctica de los derechos de la mujer), la manera como se ha postulado y el desarrollo que ha conocido, les hacen distar de un auténtico movimiento que promueva verdaderamente una visión correcta de la mujer.
 
Para quien ve con honestidad la historia, no le resultará costoso reconocer la situación de apocamiento vivido por la mujer hasta el primer cuarto del siglo pasado en algunos sectores de la vida; un ambiente que le llevó a cuestionarse si el papel desempeñado debía limitarse al campo específico de su vocación natural de madre y esposa.
 
La constatación de sus muchas capacidades movió a distintos grupos a querer contribuir con las dotes propiamente femeninas en los ámbitos político, cultural y profesional. Pero lo que se postulaba como enriquecimiento social derivó en ideología cuando a la defensa y promoción de lo femenino, de la feminidad, se le agregó el interés sectario.
 
«Todos somos iguales». Aquel mandamiento de la granja fue el eslogan de partida. La pretensión de una igualdad de derechos y oportunidades semejantes a las que tenía el varón y el deseo de enriquecer el mundo con una participación activa en aquellas áreas en las que su feminidad entrará en consonancia y competencia, no eran ilícitas ni malas. El error nació a partir de la corriente que interpretó la igualdad de derechos y oportunidades como una «igualdad» a secas, sin acentos y matices, sin aclaraciones ni diferencias.
 
Partiendo de un justo principio, y obteniendo las primeras inserciones de la mujer en algunos ámbitos profesionales y políticos, se hizo ver lo obtenido como una revolución exitosa que podía ir a más. Así, centradas en el «ir a más», faltando una evaluación de la legalidad de los medios, las repercusiones de los fines, y aprovechando las iniciales reivindicaciones de los anhelos lícitos y válidos, los grupos feministas decantaron en el olvido de las obligaciones que seguían a los derechos y las diferencias físicas naturales de la mujer respecto al hombre. Sí, todos los seres humanos son iguales en materia de derechos y obligaciones, pero no en cuanto a dotes y aptitudes, por ejemplo, corporales.
 
Amparado a la sombra del engañoso progreso, y ejecutado el lavado de cerebro de muchas mujeres de buena intensión, aquel revuelo del feminismo ha ido perdiendo de vista a aquella a quien promovía: la mujer.
 
Nadie va a negar que hoy, en muchas sociedades libres y democráticas, la mujer goza de un estatuto que muchas otras, en otros países, aún no conocen. Pero tampoco se va a pasar de largo la extendida ideología que confronta lo masculino y lo femenino cuando en lugar de contrapuestos son complementarios (pensamiento débil que, en definitiva, lleva a la minusvaloración de la familia y a una constante tensión hombre-mujer).
 
Menos aún se va a esconder que muchos de esos grupos feministas radicales han ido tomando una importancia creciente que las ha llevado a creerse jueces y árbitros de la vida y reputación de muchas otras mujeres robándoles el derecho a decidir por sí mismas e imponiéndoles ideas que contradicen su naturaleza femenina.
 
Así, el feminismo laicista no tolera la voz de aquellas que defienden y están abiertas a la vida, de las que se dicen creyentes, de las que se entregan y donan en la familia, de las que saben compaginar, sabia y valiosamente, maternidad, matrimonio y vida profesional; las estigmatizan y minusvaloran; su voz no cuenta. Sólo vale la palabra de las que promueven el aborto, de las ateas, de las que rechazan el matrimonio y la familia…

Cuando se constata la facilidad con que algunos grupos feministas apoyan el aborto en foros, congresos, reportajes televisivos o de periódico, e incluso ejercen presión ante gobiernos soberanos; cuando se constata la fuerza con que defienden iniciativas o proyectos de ley para legalizar o despenalizar el aborto, so pretexto de la pretendida, mal entendida y poco explicada «salud reproductiva»; cuando se difama, engaña y manipula la información en torno a cifras, personas, datos y testimonios, cabe pensar: ¿y la vida de esas pequeñas mujeres que están en el vientre de sus madres?
 
Cómo no recordar la derivación a la que llegó el mandamiento de la granja cuando unos se convierten en tiranos de los otros. Es la errada visión del feminismo respecto a la mujer que todavía está en el vientre, y de la que defiende la vida y la familia, de donde nace espontáneamente la constatación que hoy por hoy hace esa ideología falsaria: «Todas las mujeres son iguales, pero unas son más iguales que otras».
 
La opinión de algunas feministas no es la voz de todas las mujeres. De hecho, para encauzar bien la interpretación de lo que en realidad se debe defender y promover (lo femenino, la feminidad, lo que la mujer aporta al mundo y lo que puede recibir de él como mujer), que han nacido reinterpretaciones que, tomando el término, añaden un adjetivo que califica la orientación que puede servirnos de ayuda para aceptarlo o no.
 
El hecho de que la mujer haya conocido una reivindicación, debe llevarnos a valorarla, agradecerla y reflexionar sobre los límites naturales de ésta, no a modo de condicionamiento impuesto externamente o rechazo al progreso, sino como reconocimiento de las naturales fronteras a las que, tanto mujer como hombre, están sujetos.
 
Revalorizar el genio femenino no significa entrar en disputa con lo masculino sino que implica común encauce para un mutuo enriquecimiento.
 
El hombre necesita de la mujer y la mujer necesita del hombre. Y si esto es así respecto al sexo opuesto, es de valorar la necesidad de una solidaridad entre las mismas mujeres. La feminidad está abierta a la vida y defiende la vida; reconoce a todas las mujeres iguales y habla por aquellas que, nacidas o aún no nacidas, no tienen voz pero necesitan quién defienda sus derechos. El primero de ellos, de donde se sucederán los demás, es el de nacer.
 
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