He aquí la causa de que nosotros ayunemos con anterioridad a la solemnidad de la pasión del Señor y de que abandonemos el ayuno durante los cincuenta días siguientes. Todo el que ayuna como es debido, o bien busca humillar su alma, desde una fe no fingida, con el gemido de la oración y la mortificación corporal, o bien pasa del placer carnal hasta sentir hambre y sed, porque, movido por alguna carencia espiritual, su mirada está puesta en el goce de la verdad y la sabiduría. De ambas clases de ayuno habló el Señor a quienes le preguntaron por qué sus discípulos no ayunaban.

 

Referente al primero, que mira a la humillación del alma, dijo: “No pueden llorar los amigos del esposo mientras el esposo está con ellos. Pero llegará el momento en que les será quitado, y entonces ayunarán”. Del otro que mira a alimentar la mente, dijo a continuación: “Nadie echa un remiendo de paño nuevo a un vestido viejo, para que no se haga mayor el rasgón; ni nadie mete vino nuevo en odres viejos, no sea que se rompan los odres y se derrame el vino, sino que el vino nuevo se vierte en odres nuevos, y así se conservan ambos”. Así, pues, habiéndosenos quitado el esposo, nosotros, hijos suyos, hemos de llorar. El más hermoso, por su aspecto, de los hijos de los hombres, cuya gracia se manifiesta en sus labios, cuando cayó en las garras de sus perseguidores, careció de hermosura y decoro, y su vida fue cortada de la tierra. Justo es nuestro llanto si ardemos en deseos de verle.

 

Dichosos aquellos que tuvieron la posibilidad de tenerle entre ellos antes de su pasión, interrogarle a placer y escucharle como debían hacerlo. Tales días desearon verlos, y no los vieron, los patriarcas ya antes de su venida. Ellos pertenecían a otra economía, en virtud de la cual habían de anunciar su venida, pero no contemplarle una vez llegado. De ellos dice hablando a los discípulos: Muchos justos y profetas quisieron ver lo que vosotros veis, y no lo vieron, y oír lo que oís, y no lo oyeron. En nosotros se ha cumplido, en cambio, lo que también él dice: Llegarán días en que desearéis ver uno de éstos, y no podréis. (San Agustín. Sermón 210,4) 

El ayuno es una práctica que cada vez se entiende menos en nuestra sociedad. Curioso, porque privarse de comida para “guardar la línea” parece contar con el visto bueno general. 

El ayuno cristiano tiene un sentido interior, mientras que las dietas de adelgazamiento sólo buscan la apariencia externa. Quien adelgaza  se suele jactar ante los demás de los rigores que se impone a si mismo. Nosotros no debemos de aparentar que ayunamos, Cristo nos previno: 

Cuando ayunéis, no pongáis cara triste, como los hipócritas, que desfiguran su rostro para que los hombres vean que ayunan; en verdad os digo que ya reciben su paga. Tú, en cambio, cuando ayunes, perfuma tu cabeza y lava tu rostro, para que tu ayuno sea visto, no por los hombres, sino por tu Padre que está allí, en lo secreto; y tu Padre, que ve en lo secreto, te recompensará. (Mt 6, 1618) 

Ciertamente, ayunar en una sociedad que nos impone un ritmo de vida frenético es muy complicado. La debilidad que conlleva el ayuno es especialmente propicia para dedicar el tiempo a la oración o a la reflexión. Pero la misma debilidad se convierte en un problema añadido si en el trabajo hemos de rendir y ajustarnos a la planificación de un día normal. El ayuno hay que planificarlo con cuidado. 

Si tenemos la suerte de tener una jornada laborar de mañana, es posible pensar en realizar un almuerzo mínimo y dedicar la tarde a vivir un ayuno que puede extenderse hasta el siguiente desayuno. Repetir varios días este esquema puede causar problemas en la jornada laboral, pero hacerlo un día o dos por semana es llevadero. Los días elegidos deberán de planificarse para que en las tardes pueda vivirse la oración y la reflexión. 

Las personas que tienen jornada partida o tienen obligaciones repartidas durante todo el día, tendrán que esperar al fin de semana. El domingo es un día especialmente propicio para el ayuno, ya que suele ser el que menor presión laboral y cotidiana posee. Además el ayuno puede propiciarse uniéndolo a la Eucaristía dominical. 

En todo caso, es importante entender qué hacemos cuando ayunamos. San Agustín nos habla de dos objetivos del ayuno que precede la Pascua. Señala que el ayuno puede buscar el sacrificio que conlleva humillar el alma y/o la iluminación que se encuentra en el goce de la verdad y la sabiduría. Ambos objetivos pueden ir por separado o unirse en una doble razón para ayunar. 

San Agustín nos recuerda que ayunamos para prepararnos para el encuentro del esposo. Hemos de estar agradecidos a Dios por darnos la oportunidad de vivir la Cuaresma y prepararnos para la Pascua. El ayuno potencia una espera que tiene sentido y por ello es Esperanza. Esperamos que tras la pasión, todo se renueve por medio de la resurrección. Por ello ayunamos y nos preparamos para vivir la Vigilia Pascual y gritar al mundo “Cristo ha resucitado” 

Tanto la oración como las lecturas deberían de realizarse con especial cuidado, ya que deben de fomentar la misericordia que se hace limosna. Limosna que puede ser en dinero pero que también puede ser en especie: ayuda, caridad y cercanía para quienes nos necesitan. Las estridencias y los enfrentamientos son siempre perjudiciales, pero en esta tiempo litúrgico, todavía más. Por ello las virtudes de la humildad y mansedumbre deberían acompañarnos a donde vayamos.  

Es complicado vivir la Cuaresma hoy en día. Es todo un desafío que debemos aceptar y llevar adelante en la medida que nos sea posible. ¿Por qué no?