Como sin duda muchos recordarán a pesar de que pocas cosas son tan frágiles como la memoria periodística, Youçef Nadarkhani, nacido musulmán, fue condenado a muerte en Irán en octubre del año pasado al haberse convertido al cristianismo evangélico, un delito que se paga en Irán, como se ve, con la propia vida. Por lo menos en cuatro ocasiones le fue ofrecida la libertad a cambio de renunciar a su fe cristiana, pero en un ejemplo que le retrata como persona, él se negó siempre a apostatar. Al que por convencimiento ya cambió una vez su fe, no se la va a cambiar nadie, a lo que se ve, con “simples” amenazas de muerte.
 
            Pues bien, según refiere a la Agencia Fides la ONG Cristian Solidarity Worldwide, el abogado de Youçef está tratando de confirmar si es cierta la noticia de su inminente ejecución. Entretanto, la desesperada ONG cristiana insta a la comunidad internacional a presionar sobre el gobierno iraní para su liberación, en defensa de los derechos civiles y políticos y de la libertad de religión.
 
            Desconocedor de la realidad interior de regímenes herméticos como el que gobierna hoy en Irán, uno se pregunta cuáles son los resortes que determinan la ejecución de decisiones tremendas como la de colgar a un ser humano, Youçef Nadarkhani en este caso, al albur de la presión que realizan las potencias internacionales y de los intereses del propio régimen en cada momento. Se pregunta uno también cuales son las condiciones en las que uno como el pobre Nadarkhani puede estar esperando la ejecución de esa pena entre el aislamiento, la tortura, la humillación, la sensación de soledad y de incomprensión, y el desprecio de cuantos le rodean, probablemente hasta el de sus propios compañeros de reclusión… en un caso similar al de la pobre Asia Bibi en Pakistán, tan mediático, tan conocido… casos que, por desgracia, no son los únicos en el mundo, sí en cambio los únicos que alcanzan nuestro conocimiento a través de la prensa.
 
            Lo único cierto es que Irán es uno de los regímenes del mundo donde la vida tiene un valor más ínfimo, de lo que es buena señal el informe de la ONG Iran Human Rights, según el cual, el año pasado fueran condenados a muerte en el país de los ayatollahs hasta 676 personas, y las ejecuciones públicas ascendieron a 65. Por delitos tan inexplicables como el de ser homosexual, cambiar de religión, consumar un adulterio… cifra que no sólo supera la de la práctica totalidad de los países de la escena internacional, sino que se supera en este caso a sí mismo, al ser hasta tres veces superior a la media de las ejecuciones practicadas en el propio Irán durante los últimos años.
 
 
            ©L.A.
           
 
 
 
 
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