1. En el primer domingo de Cuaresma, la Liturgia presenta los dos extremos en los que se mueve la Historia de la Salvación: el pecado del hombre y la redención de Cristo.
 
Por el pecado original de nuestros primeros padres, Adán y Eva, entró el pecado en el mundo; por Jesucristo ha entrado la gracia y la salvación. Por el Bautismo, fuimos incorporados a Jesucristo: “Aquello fue un símbolo del bautismo que actualmente os salva: que no consiste en limpiar una suciedad corporal, sino en impetrar de Dios una conciencia pura, por la resurrección de Jesucristo, que llegó al cielo, se le sometieron ángeles, autoridades y poderes, y está a la derecha de Dios” (2ª Lect.).

2. La Cuaresma nos recuerda que la victoria de Jesús sobre el pecado y la muerte se consumará en la Cruz, el Viernes Santo. Ahora bien, pero podemos decir que el combate se inicia ya en las tentaciones en el desierto que nos relata hoy brevemente el Evangelio de San Marcos.

Allí Jesús, antes de empezar su vida pública, será sometido a la prueba de tres tentaciones contra la sumisión, la obediencia y la adoración que se deben solo a Dios. Jesús no podía sentir, como nosotros, ninguna inclinación al pecado, por eso la tentación no tiene ningún efecto y la resistió fácilmente. Pero quiso someterse a ellas para servirnos a nosotros de ejemplo: “para hacerse semejante a los demás hombres en todas las miserias que no son culpa... y con la victoria de sus tentaciones nos enseñase a vencer las nuestras y nos diese ánimo y esfuerzo para vencerlas” (P.Lapuente).

3. El cristiano es el discípulo de Jesucristo, hijo de Dios por el Bautismo y también tendrá que enfrentarse a la tentación, del demonio, del mundo, de sus pasiones, de los malos ejemplos...

Para vencerlas tenemos que seguir el ejemplo que nos da Cristo: el secreto de su triunfo se halla en el desierto y en la oración. Jesús se retiró al desierto para orar y hacer vida de penitencia. Éstas son las cosas que nos recomienda la Iglesia durante este santo tiempo de Cuaresma:

― Oración: recogimiento, separación del espíritu del mundo, recordar con frecuencia las verdades eternas que de un modo especial se predican en este tiempo, a fin de tener muy presente la eternidad que nos espera y asegurarla con la oración perseverante.

― Penitencia para remover el único impedimento de nuestra salvación, que es el pecado; mortificando nuestros sentidos que, con tanta frecuencia, nos hacen caer en la tentación; procurando la contrición del corazón, mediante la consideración de la Pasión de Jesús, causada por nuestros pecados; purificando nuestra conciencia con una sincera confesión de nuestras culpas y comenzando una vida cada vez más coherente con nuestra condición de cristianos.

4. A esto nos invita el tiempo de Cuaresma que ahora comenzamos: en unión con la Virgen María, vamos a retirarnos con frecuencia al “desierto” de la oración y la penitencia y recibiremos la luz y gracia de la salvación.