El padre Lombardi, portavoz de la Santa Sede, acaba de lamentar las filtraciones de documentos secretos del Vaticano, publicados en varios medios de comunicación, y las ha comparado con las ya famosas del caso Wikileaks.

 
 Tiene razón Lombardi, a la hora de decir, en fino lenguaje vaticano, que "en todos los sitios cuecen habas". Es decir, que en toda organización hay corruptos, malvados e inconscientes que están donde no deberían estar y que hacen lo que no deberían hacer. Lombardi también tiene razón al criticar a la fuente o fuentes de las filtraciones, esa "garganta profunda" que anida en la Secretaría de Estado y que ha estado nutriendo de material diverso y sensacionalista a los medios.

 

Pero en esta "wikileaks" vaticana hay mucho más. Nos guste o no, hay que reconocer que es señal de dos cosas: la lucha interna por el poder entre facciones curiales enfrentadas -ambas compuestas por italianos- y el final de un Pontificado. El Papa tiene casi 85 años y hay que pedir a Dios que nos lo conserve mucho tiempo y que no se cumplan las demenciales predicciones de atentados o de dimisiones (un obispo italiano ha dicho esta semana en un programa de televisión que está seguro de que va a dimitir). Benedicto XVI está muy bien, con una lucidez excepcional. Pero tiene la edad que tiene. A su alrededor se conjuran fuerzas siniestras que quieren impedir su programa de renovación y purificación de la Iglesia. Concluida ya la limpieza de los pederastas, ahora le tocaba a la Curia vaticana y ahí han empezado a saltar las chispas. Se habla de que hay al menos tres sectores que verían peligrar su estatus y sus privilegios: el de los corruptos económicos, el de los gays y el de los masones. Debemos preguntarnos cómo es posible que existan personas así en el seno de la organización que gobierna la Iglesia católica. La respuesta, sin embargo, es inmediata: porque el pecado es inherente al ser humano y la Iglesia es santa y pecadora a la vez. Son cientos las personas que trabajan en el Vaticano, muchos de ellos laicos; la inmensa mayoría son de una honestidad a toda prueba, pero de otros no se puede decir lo mismo. El Papa está decidido a poner fin a esto y los que se sienten afectados se revuelven a la desesperada, uniendo quizá sus fuerzas, contra un Pontífice al que esperan agotar antes de que culmine su tarea. Eso es todo lo que está sucediendo, que no es poco. Por eso, lo mejor que podemos hacer por el Papa y por la Iglesia en este momento es rezar.