Hace unas semanas, el presidente de los obispos venezolanos le pedía abiertamente a Chaves que no prolongara sus mandatos, sobre todo estando enfermo. Más tarde, el arzobispo de San Salvador salía al paso de la pretensión de su presidente de abrogar la ley de amnistía que había servido para devolver la paz al país tras la guerra civil. En Panamá, por su parte, el arzobispo de la capital hacía oír su voz para alertar del peligro de involución democrática. En Tegucigalpa, su cardenal denuncia la violencia en que está sumida Honduras. Ahora es el presidente de los obispos colombianos y arzobispo de Bogotá el que recrimina al Estado que haya dejado abandonadas amplias zonas de la nación, que han caído en manos de la guerrilla.
 Unos y otros se están comportando como auténticos pastores del rebaño de Cristo. Cuando ven venir el lobo, no se esconden ni miran hacia otra parte. No buscan el aplauso de los que mandan, ni temen las consecuencias que les puedan acaecer por sus críticas. Ciertamente, en ellos la Iglesia latinoamericana está viviendo una época gloriosa, de defensa de los intereses verdaderos del pueblo, eso sin olvidar el principal objetivo de su misión, que es la evangelización. Y si hablamos de lo que sucede en Latinoamérica, no podemos dejar de fijarnos en lo que pasa en el norte del continente, con la valiente toma de postura de la inmensa mayoría de los obispos ante la pretensión de Obama de obligar a las asociaciones católicas a costear la píldora abortiva a sus empleados.
Esta actitud valiente contrasta con la timidez de los obispos del viejo continente, que o no hacen nada o prefieren moverse en la trastienda de la política para conseguir resultados, lo cual a veces se logra y otras no, con el inconveniente de que el pueblo tiene la impresión de que sus pastores viven ajenos a sus problemas.
No es de extrañar, por ello, que la Iglesia católica sea en América una de las instituciones más valoradas y que todos sientan hacia ella un profundo respeto, incluso cuando no comparten o practican sus normas morales. Claro que con esto no es suficiente, pues por desgracia, como reconocía el presidente de los obispos colombianos, monseñor Rubiano, la secularización crece rápidamente también allí. Pero al menos ya es algo. Debería ser un punto de partida para que el prestigio conseguido en defender a los pobres y a las víctimas de las injusticias se transformara en vitalidad evangelizadora. En eso están, aunque el reto que tienen por delante es inmenso.
 
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