“Ellos le vieron de lejos, y antes que se les acercara, conspiraron contra él para matarle, y se decían mutuamente: Por ahí viene el soñador. Ahora, pues, venid, matémosle y echémosle en un pozo cualquiera, y diremos que algún animal feroz le devoró. Veremos entonces en qué paran sus sueños” (Gn 37, 18)


Las luces del alba empiezan a asomar a orillas del Nilo. Me gusta levantarme temprano mientras el imperio duerme y hacer mis oraciones a primera hora mirando al horizonte. Desde la terraza de palacio observo el amanecer de un nuevo día lejos de mi patria y lejos de mi familia. Me llamo José. Soy el principal de la casa de Faraón, aunque no soy egipcio. Pertenezco a las tribus hebreas del país de Canaán, pero fui separado de mi tierra por mis propios hermanos.
Recuerdo aquellos días felices llenos de inocencia, amor y futuro, al lado de mi familia. Yo era un joven espontáneo y sincero que confiaba en la vida y amaba a mis hermanos, pero ellos levantaron muros frente a mí. Esas cosas no se hablan ni se entienden pero se perciben. Los muros humanos que separan las almas son invisibles pero tan sólidos como una roca. Depende de la fuerza de las pasiones de las que están construidos. Ellos me echaron al pozo, me abandonaron a mi suerte y viví mi aventura de la vida en el destierro. Ahora estoy en Egipto, en el corazón del imperio más poderoso jamás visto y yo he contribuido a ello.
No ha sido fácil, he sufrido mucho. En el destierro estas solo, estas a merced de cualquiera, sin protección, sin ayuda, sin aliados. No eres nada para nadie. Eres un desconocido del que se sospecha y nadie termina de conocer, ni de fiarse de él. No tienes peso, ni crédito, ni fortaleza.
La añoranza de mi casa era continua. La voz de mis hermanos, sus historias, sus entradas y salidas, sus peripecias. Mi padre... la seguridad. Pero una y otra vez veía la cara de mis hermanos cuando me atraparon y me tiraron al pozo. Un mirada de desconocidos, como si yo fuera un delincuente o lo que es peor, un extraño.
Extranjero. Esa es la palabra. Un eterno extranjero. En un sitio, en otro, en todas partes. Siempre he sido un desconocido que se ha tenido que ganar la confianza de todos poco a poco, alma a alma, persona a persona. Con paciencia y confianza. Esas han sido siempre mis armas para la batalla. Siempre he sentido una fuente dentro de mí de fuerza y confianza, que ha superado todos los obstáculos. Lo que me ha llevado a soportar las piedras en el camino ha sido la inquebrantable confianza en Yaveh. Ante la soledad de mi vida y las continuas pruebas, nunca he desconfiado de que Yaveh me ayudaría y que mi esperanza movería montañas. Ante las injusticias y calumnias sufridas en el destierro, siempre tuve confianza en el Dios de mis Padres, porque Yaveh protege a los hombres de recta intención. Y cuando no he tenido esta rectitud, he rezado a mi Dios para que me cambiara el corazón. Pero nunca me he engañado, no he sido hipócrita y falso conmigo ni los demás... y Dios ha salido fiador. Todas mis obras han sido bendecidas por él. Al final, mi conciencia me atestigua la inocencia de mis actos y la vida atestigua la verdad de mis obras. No hay nada encubierto que no salga a la luz.
Ahora, al cabo de muchos años y peripecias comprendo el camino recorrido. Mi Dios ha sido mi refugio, mi baluarte y mi fortaleza. No soy la misma persona. Ya no soy aquel chiquillo soñador e imprudente que alocado, confiaba lo que había en su corazón sin complejos. Y sigo soñando. Los sueños me han ayudado a interpretar mi vida y los de mi alrededor y me han valido el favor de Faraón. Pero lo importante no han sido los sueños cumplidos o los deseos satisfechos. Lo importante es la fortaleza adquirida en el destierro. Lo importante es la sólida confianza en aquel que me creó. Lo importante es la independencia y seguridad de mi alma, conseguida a través de tantas pruebas y soledades.
Fui despojado de mi vida, de mi fama, de mi ser, de mi orgullo. He estado en el pozo, en la cárcel, en la pobreza y en la esclavitud. Ya no soy el mismo, no. Ahora soy más fuerte, más real, más sólido y... más libre. Libre de apegos, ídolos y pasiones. Mi amor es más maduro porque es más gratuito, es más fuerte porque es más sincero y es más puro porque solo busco a Yaveh. En todas mis empresas, en todas mis fatigas, sólo busco a Yaveh y cumplir su voluntad.
He llegado al final de una etapa. Así lo siente mi alma y me indican mis sueños. Quizás ahora esté preparado para afrontar otro tipo de responsabilidades y metas. Quizás ahora esté preparado para reencontrarme con mis hermanos. Sin rencores en mi corazón, sin las explicaciones que siempre desee dar y me fue negada tal posibilidad. Todos serán enseñados por Dios. He visto que por mucho que yo he querido explicar, aclarar o hacerme entender, todo está en manos del Señor y él es que abre el oído y los corazones a su debido tiempo.
Si. Quizás ha llegado el momento de nuevos tiempos... de nuevos encuentros.
Me levanto de mi postración, termino con una pequeña oración y entro en mis aposentos mientras la vida renace abajo, en las calles del imperio. Mi criado me espera con el desayuno y a su lado mi secretario con el orden del día.
—Mi señor,—me saluda con reverencia— ha venido una delegación de comerciantes hebreos. Vienen de Canaán acuciados por el hambre de sus tierras para negociar contigo, ante las noticias que llegan a todas partes de las riquezas de Egipto.
El corazón me da un vuelco al oír mencionar a los de mi raza.
Quizás ha llegado el momento después de tantos sinsabores y purificaciones.
Es posible que la llegada de estos mercaderes tenga algo que ver con el fin de mi destierro.
Sí, quizás ha llegado el momento porque ahora... estoy preparado.



“Dios me ha enviado delante de vosotros para que podáis sobrevivir en la tierra y para salvaros la vida mediante una feliz liberación. O sea, que no fuisteis vosotros los que me enviasteis acá, sino Dios, y él me ha convertido en padre de Faraón, en dueño de toda su casa y amo de todo Egipto” (Gn 45, 7)