"Al día siguiente estaba allí Juan otra vez con dos de sus discípulos y fijando la vista en Jesús que pasaba, dijo: Ese es el cordero de Dios. Al oír estas palabras, los dos discípulos se fueron detrás de Jesús”. (Jn 1, 35-37)
 
 
        
 
Juan Bautista presentó a Jesús como el ‘cordero de Dios que quita el pecado del mundo’. Algunos de los discípulos de Juan, al oírlo, se fueron tras el Señor. Buscaban, probablemente, seguir al ‘enviado del Altísimo’, pero también verse libres de las cadenas de sus propios pecados. Lo que no sabían en aquel instante era cómo iba el Mesías a llevar a cabo su misión. No sabían que el final era la Cruz. Pero tampoco sabían que el medio para cumplir esa misión era amar a los que iba a redimir, amar a los pecadores. La liberación del pecado se hizo a base de amar al pecador y de amarle hasta el límite máximo de la Cruz.
Nosotros, tantos años después de aquel acontecimiento, tenemos que seguir creyendo que Dios tiene poder para hacer hoy lo que hizo entonces: salvarnos a base de amor, salvarnos con su gracia santificadora y redentora. Tenemos que creer en la gracia de Dios y, para demostrarlo, tenemos que practicar los sacramentos. Creer en la gracia no es fácil, pues con frecuencia no se “experimenta” nada de tipo sensible, pero es decisivo para seguir adelante y para confiar en que Dios no nos deja solos en medio de las pruebas. A la larga, además, se comprueba que los que han creído han perseverado y que los que han perseverado han vencido, incluso a los demonios personales, que son los más difíciles de someter. Creamos, pues en al amor de Dios, que es un amor redentor. Creamos en la eficacia de ese amor. Creamos en la gracia. Dejémonos curar por el Señor de la vida.

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