Dos mil años han hecho falta para que algunos se den cuenta de cómo son las cosas. Menos mal que Forbes ha tenido la buena idea de incluir sacerdote como profesión, que si no más de uno todavía estaría despistado. ¿Cómo no va a resultar que sacerdote es la profesión más feliz que existe? ¿Es que acaso alguien esperaba otra cosa?

Estamos hartos de ver, por ejemplo en las películas, que el protagonista bueno y generoso y que se preocupa por los demás es el que acaba feliz, y que el malo egoísta que siempre piensa en él y lo suyo, es el que acaba solo y amargado. Pues el resultado de Forbes es esto mismo pero en real. Analizando el pódium, el tercero de la lista es el fisioterapeuta, todo el día aliviando con sus manos y palabra los dolores de otro; el segundo es el bombero, todo el día esperando a que suene un timbre para salvar al alguien; y el lógico ganador es el sacerdote, toda la vida (toda entera) donada a Dios y a los demás. Parece claro que al dedicarse al Otro da más satisfacciones que decicarse al Yo.

Lo que Forbes ha descubierto, y quizás ni se han dado cuenta, es que la “profesión”, por llamarlo así, más feliz es la de cristiano, que es realmente lo que le hace feliz al sacerdote. Porque no hay profesiones felices sino personas felices; no importa tanto a qué te dedicas, lo que importa de verdad es para qué y para quién vivas.

Aramis