Tal es, efectivamente, lo que propone la candidata ecologista a las presidenciales francesas Eva Joly, a fin, según dice ella, “de que cada religión tenga un igual tratamiento en el espacio público”.
 
            El problema aquí es el de siempre: tratar por igual a los que son desiguales, ¿es igualdad? Porque indudablemente, Francia es un país cristiano, histórica, cultural, sociológica e hipermayoritariamente cristiano, donde los musulmanes alcanzan un 5% de la población y los judíos un 1,5%.
 
            El argumento de que cada religión tenga un igual tratamiento en el espacio público obligaría también a imponer otros festivos como por ejemplo los de los hinduistas, los de los taoístas, los de los sintoístas... a lo mejor hay que otorgárselo hasta a los ateos… Es más, puestos a otorgar días festivos a los musulmanes, que es de lo que finalmente se trata, me temo, -el electorado musulmán francés, no siendo, como no es, mayoritario, ya lo vemos, puede representar interesantes restos electorales- ¿les otorgamos también el día de la Ashura, día sagrado de los chiítas pero que para los sunitas es una especie de ofensa (de hecho el que tantos grupos terroristas sunitas aprovechan para masacrar a sus hermanos de credo)? Y a más a más, como se dice tan saladamente en el nordeste de España: ¿incluye la propuesta convertir en festivos también, el viernes musulmán y el sabbat hebreo? Porque por esa vía insuficientemente explorada, que lejos de convertir a las religiones en el opio del pueblo las convertiría en su porrete, podemos llegar al nirvana del socialismo, consistente en que no se trabaja ni un solo día del año.
 
            Por otro lado, ¿otorgamos días de fiesta en Europa a las religiones todas ellas muy respetables pero que no forman parte de las raíces culturales europeas desde ya, y así, unilateralmente, o esperamos más bien a que países que pueden decir eso mismo pero en sentido contrario, a saber, que todas las religiones son muy respetables pero que el cristianismo no forma parte de su acerbo cultural y originario, lo hagan también ellos? En otras palabras, ¿va a pedir la Sra. Joly, -tan celosa ella de esos musulmanes franceses a los que espera convertir al ecologismo a cambio de sus interesantes sufragios-, la reciprocidad a Arabia Saudí, donde los cristianos ascienden a un 5% de la población, idéntico porcentaje al que asciende la población musulmana en Francia y tres veces superior al porcentaje al que asciende la población judía en el mismo país? ¿Va a pedírsela a Siria, donde el porcentaje de cristianos es el doble que el de musulmanes y judíos todos juntos en Francia, y donde, por cierto, la expansión del cristianismo se halla tan estrechamente relacionada con la labor de los misioneros franceses? ¿Se la va a pedir la Sra. Joly, a Corea del Norte en este preciso y “esperanzador” momento por el que atraviesa el país?
 
            Aceptar la inteligente propuesta del difunto y preclaro Papa Juan Pablo II en el sentido de incluir en la Constitución Europea una declaración expresa a las raíces cristianas de Europa nos habría ahorrado muchos quebraderos de cabeza, y sobre todo, mucha crisis de identidad, que es en lo que incurre Francia (o mejor dicho, uno de sus candidatos presidenciales, ni siquiera de los más importantes gracias a Dios) con propuestas como ésta. Y en lo que incurre Europa, en general, desde hace ya mucho tiempo. Una crisis que, como todas las crisis acostumbran a hacer cuando no se las combate, le va a llevar a su autodestrucción si no toma un buen día la determinación de coger el toro por los cuernos e iniciar el oportuno tratamiento de la enfermedad. De haber estado en el gobierno de España quien yo me sé, imagino que ya estaría nombrando una comisión generosamente remunerada para estudiar la “interesantísima” propuesta, tanto así, que aún sin estar, elevo preces para que el debate que abre la Sra. Joly en Francia, no lo suscite también en España alguno de los muchos iluminados de los que nuestra clase política no anda, precisamente, huérfana.
 
            Todo esto dicho, no quiero terminar sin añadir una cosa que me parece también importante. Lo que sí puede -y debe- hacer Europa es promover las facilidades para que los ciudadanos que conviven con nosotros y que son de religiones ajenas al acerbo cultural europeo, -es decir todas menos el cristianismo, para que nos entendamos-, gocen de facilidades para conmemorar adecuadamente sus días de fiesta más importantes, siempre dentro de lo que orden público y eficiencia económica permitan. Por ejemplo, a mi entender, ningún musulmán debería tener dificultades para, -por supuesto con cargo a sus días legales de vacaciones, no en desbordamiento de ellos-, poder pedir y conseguir como de descanso los días más importantes del ramadán (el Aid el Kebir al que se refiere la Sra. Joly, o los que estime oportuno, la Ashura si fuera chiíta). O un judío el Yom Kippur, al que también se refiere Joly, o la Pascua.
 
            Y todo ello, sin detrimento de la capacidad de los trabajadores autónomos no cristianos, que sean judíos, que sean musulmanes, que sean lo que sean, de hacer de su capa un sayo y cerrar sus tiendas o negocios el día del año que les plazca, el sábado los unos, el viernes los otros, cosa que ocurre, sin perturbar en modo alguno la convivencia, y sólo a modo de ejemplo, en el barrío judío de Buenos Aires, Once, a medio gas los sábados. Que al fin y al cabo, para eso son autónomos y para eso han elegido ese régimen de trabajo con todas sus ventajas, pero también, con todos sus inconvenientes. Y todo ello otra vez y bien entendido, sin detrimento del sagrado principio de la libertad que tiene también el judío de abrir en sábado, o el musulmán de hacerlo en viernes, si tal es su deseo, hasta ahí podíamos llegar. Por lo menos, en los países cristianos. Como Francia. Como la práctica totalidad de los europeos. Como España.
 
 
            ©L.A.
           
 
 
 
 
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