Después de haber hablado en estos últimos artículos sobre el primer asunto que presenta Rubalcaba, es decir, que la mujer decida sobre su embarazo, me llaman la atención algo que acabo de leer: el intento de la Comunidad Europea para promover el aborto en el tercer mundo, porque ven en ello la solución a los problemas del hambre que hay en el mundo.

He leído también un reportaje sobre lo que la Diputación de Valencia está haciendo en el tercer mundo y que durante mi estancia en Perú he contrastado. Este reportaje cita además a muchas instituciones civiles, religiosas y sin ninguna connotación política o religiosa que están trabajando, y bien, en la misma línea. Al hablar concretamente de la Diputación de Valencia, es porque soy testigo directo de lo que ha hecho y está haciendo en el Perú.

Veo que hay una diferencia esencial y criterios contrapuestos entre el criterio de la Comunidad Europea y el criterio de estas otras entidades a las que acabo de aludir.

Y empiezo mi reflexión. Díganme ustedes si la necesidad de muchos países del tercer mundo es o no, extrema. Es suficiente asomarse al tercer mundo aunque sean viendo reportajes, y sin necesidad de trasladarse allí personalmente, para tomar conciencia de esta realidad: en el tercer mundo hay muchísima gente que está en extrema necesidad; en otras palabras, que se están “muriendo” de hambre. Así como suena, muriendo de hambre.

Y hay un principio moral que dice que en los casos de extrema necesidad, todos los bienes son comunes. Lo cual quiere decir que los bienes de los que estamos disfrutando en nuestro mundo, no son nuestros en exclusiva; no hay ningún bien que pueda tener uno en exclusiva mientras haya alguien muriéndose de hambre.

Ayudarles no es cuestión de caridad sino de justicia. La vida está por encima de la propiedad, y los bienes de este mundo están en función de todos los hombres. Y es una injusticia social que haya gente muriéndose de hambre mientras otros están disfrutando de los bienes que Dios ha creado para todos los hombres. Debemos recordar que si damos de lo nuestro, practicamos la caridad; pero si damos de lo suyo estamos devolviendo y, por tanto, es de justicia.

De ahí que haya como dos actitudes no sólo distintas sino contradictorias. La actitud de la Comunidad Europea y la actitud de la Diputación de Valencia y de otras muchas asociaciones, sobre todo de la Iglesia, como respuesta solidaria a estas necesidades. Durante mi estancia en Perú, nos visitó una delegación de la Diputación de Valencia para ver el resultado de las donaciones que nos habían hecho. Gracias a esta ayuda y a otras, tenemos un colegio para dos mil alumnos y un comedor para 120 niños, aparte de otras actividades caritativas. Esta delegación visitó otros centros a los que también habían ayudado, y quedaron admirados del bien que se estaba haciendo.

Y a los dirigentes de la Comunidad Europea que están intentando la aprobación del aborto para países del tercer mundo, no se les cae la cara de vergüenza. ¿Pero es posible que opten por asesinar a millones de niños en lugar de ayudarles a abrirse camino en la vida con una buena formación y con las ayudas materiales que necesitan? ¿Es que podemos preocuparnos sólo por nuestros intereses personales para seguir viviendo bien y con lujos a costa de suprimir vidas humanas en los países pobres? Y es posible que eso lo estén votando personas distinguidas y dirigentes de nuestra sociedad.

Yo repetiría aquella frase de Cicerón cuando dijo “Ubinam gentium sumus”. Supongo que lo responsables de esta situación podrán entender esta frase porque tienen cultura; pero para la gente sencilla que no la entiende, la traduzco y les digo: “¿Entre qué clase de gente nos encontramos?”.

Ante la Diputación de Valencia, las numerosas entidades políticas españolas que están apoyando, los misioneros, los voluntarios y cooperadores para el tercer mundo, los religiosos y consagrados que dedican sus vidas ayudar al tercer mundo, es para mí un honor descubrirme ante ellos.

Y a todos esos políticos que no dudan en sacrificar vidas humanas indefensas e inocentes, quiero recordarles las palabras de Jesús: "¡Ay de vosotros, escribas y fariseos hipócritas, pues sois semejantes a sepulcros blanqueados, que por fuera parecen bonitos, pero por dentro están llenos de huesos de muertos y de toda inmundicia! Así también vosotros, por fuera aparecéis justos ante los hombres, pero por dentro estáis llenos de hipocresía y de iniquidad" (Mt. 23, 27-28). Soy consciente de que estas palabras son duras, pero quienes están aprobando esas leyes pueden aplicárselas perfectamente.

Y ante este deseo de disfrutar de los bienes de este mundo, que hace incapaces de abrirse a los necesitados buscando cada día una mayor riqueza, les recuerdo dos frases del Evangelio:

"¡Ay de vosotros, los ricos!, porque habéis recibido vuestro consuelo" (Lc. 6, 24).

"A los hambrientos colmó de bienes y despidió a los ricos sin nada" (Lc. 1, 53).

Aunque también pido perdón para vosotros con las mismas palabras que pronunció Jesús, momentos antes de morir en la cruz: “Padre, perdónales, porque no saben lo que hacen”. Y es que, de verdad, queridos hermanos, no sabéis lo que hacéis.

José Gea