Son muchos los que a cada paso de la ciencia y del conocimiento humano creen llegado el momento de afirmar que el ser humano ha superado ya todas sus ignorancias, y en consecuencia, ha vencido a Dios, quien, oculto en las sombras de la ignorancia, no halla donde esconderse cuando se hace la luz del conocimiento.
 
            Nada más lejos de la realidad. No tanto porque la perfección del conocimiento por el Hombre no pudiera permitirle certificar que no necesita de un Dios en el origen de las cosas, dando así la razón a aquella serpiente que intentaba (y conseguía) convencer a aquella mujer de comer del fruto prohibido con el argumento de que si Dios lo había prohibido era, precisamente, por saber que “el día en que comiereis de él, se os abrirán los ojos y seréis como dioses, conocedores del bien y del mal” (Gn. 3, 5).
 
            No, no por eso en absoluto, sino más bien por lo contrario. Porque a medida que el conocimiento humano avanza en su lucha contra la ignorancia, se ve obligado a constatar una vez más, verdaderamente aterrorizado, que por mucho que su conocimiento avance, y con él hasta su bienestar y muchas de sus capacidades, la ignorancia que acompaña al nuevo conocimiento es aún más grande que la que acompañaba al anterior, más rudimentario. Y las dudas más.
 
            La triste constatación del genio humano a medida que sus conocimientos avanzan al ritmo exponencial que lo hacen, es que conocimiento e ignorancia mantienen entre sí la viciosa relación que mantienen el círculo y su circunferencia, inexorablemente unidos como unidos están el bien y el mal, la luz y la oscuridad, el sonido y el silencio… Y a medida que “el círculo del conocimiento” ve extender su superficie, tiene que aceptar inexorable que “la circunferencia de la ignorancia” que lo bordea y lo contiene aumenta también su longitud, sin que nada pueda hacer para evitarlo, en una relación que hasta cabe establecer en términos matemáticos en c=2πVs/π (en román paladino, longitud de la circunferencia igual a 2 pi por raíz cuadrada de la superficie del círculo entre pi).
 
            La constatación empírica no puede ser ni más sencilla ni menos evidente: el niño recién nacido nada duda… porque nada sabe. Y tan pronto como empieza a conocer, empieza a dudar (¿conoce alguien algo más perturbador que los “¿por qués?” de un niño de cuatro años?). Y cuanto más agudas son sus preguntas, señal de que está ganando en sabiduría, y mejor es el conocimiento que hace posible tan elevadas dudas. Por eso, a nadie extraña que nadie dude tanto como el sabio anciano en plenitud de conocimiento, cuando su larga vida y su mucha investigación sólo le sirven para constatar, entristecido y derrotado, como ya lo hiciera Sócrates hace dos mil cuatrocientos años, que “hèn oîda hóti oudèn oîda” (Ἓν οἶδα ὅτι οὐδὲν οἶδα ), es decir, que “sólo sé que no sé nada”. Algo que también cabe expresar con el cartesiano “sé, luego mi duda es más grande”, que Descartes sin embargo, hasta donde yo sé, nunca pronunció.
 
            Seamos humildes para reconocerlo, porque cuanto más avanzamos en el conocimiento, no sólo es que no estemos más cerca de derrotar al Dios que parece esconderse en nuestras dudas, sino que, por el contrario, más cerca estamos de tener que aceptar que es Él el que nos derrota una vez más, poniendo ante nuestros ojos pruebas más grandes en forma de nueva duda. Por lo que no me parece, sinceramente, que sea por la vía del conocimiento que tantos consideran “la buena”, por donde vayamos nunca a demostrar que Dios no existe… Y eso, si es que no existiera.

 
            ©L.A.
           
 
 
 
 
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