Una de las religiosas, carmelita de la caridad, detenida con el Obispo Irurita narrara, de las horas vividas en la checa de San Elías junto a él que en uno de los interrogatorios que hicieron al Prelado en este día, le preguntaron si durante los meses de clandestinidad había celebrado la Eucaristía; pregunta a la que respondió con firmeza:
No he dejado de celebrarla ningún día y, si me dejan, lo haré ahora mismo, pues, el mundo se sostiene por el sacrifico de la Santa Misa”.
La misma religiosa recuerda que, al ser cacheado, le encontraron un rosario, y mientras se lo quitaban de malos modos, el doctor Irurita, con tono suplicante, les dijo:
“Por favor, devolvedme el rosario, pues sin él no puedo vivir”.
Mañana se firmará la sentencia de muerte del Obispo de Barcelona que se sumará a la trágica cifra apostólica de obispos asesinados en la persecución religiosa española: ¡12! El 7 de febrero de 1939 caerá el último: el Obispo de Teruel, Beato Anselmo Polanco Fontecha.
 
El Cardenal Jubany habla de su antecesor
Providencialmente un 3 de diciembre, dies natalis del Obispo Irurita, era nombrado arzobispo de Barcelona, Monseñor Narcís Jubany i Arnau, que sustituía a Monseñor Marcelo González Martín. Ambos serían nombrado cardenales por el papa Pablo VI en el consistorio del 3 de marzo de 1973.
En 1986 se cumplieron 50 años del inicio de la Guerra Civil española y, meses después, el 3 de diciembre de 1986 se cumplía el quincuagésimo aniversario de la inmolación del obispo Irurita y de otros confesores de la fe. El Cardenal Jubany pronunció en la catedral de Barcelona la siguiente homilía durante la Santa Misa que concelebraron unos 30 sacerdotes, muchos de ellos ordenados por el Dr. Irurita.
 
Hace 25 años cuando se cumplieron 50 años
Con motivo del cincuentenario del comienzo de nuestra guerra civil, hablé de la necesaria reconciliación entre todos los ciudadanos, un deber cristiano y humano. Porque aún quedan cenizas de aquella guerra entre hermanos. Aquel conflicto fue terrible y doloroso. Dije también que el sacrificio de todo un pueblo en horas de odio, de venganza y de miedo, fue enfrentamiento sangriento, tanto en los frentes de guerra como las represiones en un bando u otro.
Pero, sin dejar de reiterar la necesidad de la reconciliación, ¿podremos olvidar los acontecimientos que, bajo el imperio de la anarquía, tuvieron lugar en Cataluña y otros lugares de España? Se trata de unos hechos vandálicos, inhumanos y sádicos: detenciones arbitrarias, torturas y asesinatos. Las causas inmediatas eran a veces diferentes, pero con frecuencia el motivo consistía sólo en el hecho de que la víctima era un sacerdote, un religioso, una religiosa o un hombre o una mujer, que se confesaban católicos.
Un historiador español, nada sospechoso, afirmó que “ninguna persona de buena fe, y que al mismo tiempo tenga una información adecuada, no puede negar los horrores de aquella persecución”. Y añade que “el solo hecho de ser sacerdote era suficiente para merecer la pena de muerte” (Madariaga, “España. Ensayo historia contemporánea”, Madrid, 1976, 12 Ed., Pág. 418-419).
Quisiera dejar bien claro ahora mismo que nuestra conmemoración de hoy aquí, en este lugar sagrado, es esencialmente y totalmente religiosa. Recordamos unos hechos, no queremos hacer juicios políticos. Ni sobre las causas de aquella guerra, ni sobre las acusaciones o los errores de lo que los historiadores puedan acusar a la Iglesia por una supuesta falta en el cumplimiento evangélico de su misión.
Pues bien, en esta venerable iglesia catedral, celebrando la Eucaristía, queremos hacer memoria de una de las víctimas más ilustres de aquella persecución: el que fue obispo de esta diócesis, Mons. Manuel Irurita y Almandoz. La noche oscura y fría del 3 de diciembre de 1936 fue fusilado en la pared del cementerio de Montcada, junto con otros condenados. Según un testimonio, el obispo Irurita dijo a los que iban a matarlo: “Me ponéis un vestido blanco sin daros cuenta, y yo os perdono y os bendigo, soy vuestro Obispo”. Y cantaron todos juntos el Credo de la misa en latín. Los autores del asesinato decían en tono de mofa: “-Mira que son tontos, los matamos porque son de misa y aún cantan la misa”.
Verdaderamente, como dice el libro de la Sabiduría hablando de la muerte de los justos: “A los ojos de los necios parecía que habían muerto, y su partida fue considerada como una desgracia, su salida de entre nosotros, un desastre; pero ellos están en paz. Pero si en opinión de los hombres han sido castigados, su esperanza está rebosante de inmortalidad” (Sab 3,2-5).
Pero ellos encontraron la paz: “No tengáis miedo a los que matan el cuerpo, pero no pueden matar el alma” (Mt 10, 28), como recomienda Jesús a apóstoles.
La inmolación del obispo Irurita fue la coronación lógica de un pontificado en una época turbulenta. Él fue siempre el pastor solícito y lleno de celo. Nunca se aparta de ese propósito que él mismo describió en la toma de posesión de la sede barcelonesa:
No tengo más programa ni determinación que buscar la gloria de Dios y el bien de las almas, del designio de esta misión tan elevada, con la gracia de Dios, no me moveré un milímetro”.
Así lo hizo: lo confirman sus actividades y también las persecuciones de que fue objeto.
Hay que afirmar que el obispo Irurita, al derramar su sangre, fue acompañado en nuestro mismo obispado por otros sacerdotes, religiosos, religiosas y laicos, en diferentes lugares y en días distintos. Todos ellos fueron inmolados por causa de la fe, en una misma persecución religiosa. Quiero recordar, entre muchos otros y a modo de ejemplo, al Dr. Josep Samsó, rector de Mataró, y al Dr. José Guardiet, párroco de Rubí. El derramamiento de su sangre tuvo lugar en un estallido revolucionario, caracterizado por repugnantes incendios, profanaciones y destrucciones. El odio a los consagrados a Dios, es fácil, advierte el obispo Torras y Bages, porque Dios es invisible. En todo caso, es la Iglesia “la única que merece las preferencias de la persecución”.
En la historia humana hay un gran misterio, es el de la persecución del mal contra el bien, que encuentra su primer ejemplo en el caso de Caín que, lleno de odio en su corazón, mata Abel su hermano. Jesucristo nos da la razón de aquel misterio. Es Él mismo la víctima, y sus discípulos deben seguir sus huellas: “Os entregarán a los tribunales y os azotarán en sus sinagogas. Seréis conducidos por mi causa ante los gobernadores y reyes para dar testimonio ante ellos y ante los paganos. Todos os aborrecerán pos causa mía” (Mt 10, 17-23). El martirio pertenece a la misma esencia de la identidad cristiana. Sin el martirio no existiría la Iglesia. El misterio de la persecución hace que la perversidad humana aborrezca a quienes llevan estampado el nombre de Dios en su vida. La persecución de año 1936 es, pues, el episodio de una lucha eterna. Entonces los maestros del ateísmo se mofaban de Dios y de la Iglesia y con los asesinatos, los incendios y todo tipo de violaciones de la libertad religiosa querían borrar el nombre de Dios de la vida de los hombres y de la sociedad.
Los mártires, en la locura de la persecución, son los grandes héroes del espíritu, ocupan el lugar primero en la jerarquía del amor, una jerarquía que comienza en Dios, “porque Dios es Amor” (1Jn 4,8) según las palabras de San Juan. Son ellos quienes hacen la más grande y la más esplendida confesión de la fe cristiana. Perseguidos por la verdad, han preferido la verdad que no su propia vida. Cumplieron así aquellas palabras de San Pablo: ni la muerte “podrá separarnos del amor que Dios nos ha manifestado en Cristo Jesús, nuestro Señor” (Rom 8,39).
Pero mirad ¡qué grande es la fuerza del martirio! Las violencias de una persecución no llegan a dañar la fe ni el amor en el corazón de aquellos que Dios llama a dar el testimonio de la propia vida. Realmente el mártir es un ser superior. Su confesión, potente y vigorosa, se convierte en principio de vida, en semilla de cristianos. “Si el grano de trigo que cae en la tierra no muere, queda infecundo; pero si muere, produce mucho fruto” (Jn 12,24). Es la profecía de Jesucristo.
Pero hagámonos esta pregunta: ¿podremos llamar mártires al Obispo y a los que en la persecución de año 1936 fueron asesinados por razón de su fe? Que entienda todo el mundo que el calificativo de mártir, en el sentido plenamente eclesial y definitivo de cara al culto público pide un examen detallado y exhaustivo de cada caso concreto. Esto corresponde a la autoridad suprema de la Iglesia. Pero sin querer prejuzgar la decisión del Santo Padre en su caso, esto no excluye que nos sea prohibido llamar mártires a aquellos que, en la persecución religiosa de los años de la guerra fueron asesinados por odio a la fe. Así lo entendió el Papa Pío XI, que el día 14 de septiembre de 1936 se refirió a los que fueron asesinados en España con estas palabras: “mártires verdaderos en toda la significación sagrada y gloriosa de esta palabra”.
Según la enseñanza del Papa Benedicto XIV, clásico en esta materia, son mártires aquellos que son ejecutados debido al odio a la fe de los que los matan, como causa exclusiva o al menos prevalente, y que, por su fe en Cristo, han aceptado o aceptan la muerte. ¿Y cuáles eran los sentimientos de nuestros mártires? Aceptaron la muerte como un holocausto ofrecido a Dios, en una unión amorosísima con Cristo sufriente en la cruz. Y cuántas veces antes de morir dijeron a imitación del Maestro: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen” (Lc 23,34).
Elevamos el pensamiento a Dios y oremos en esta Eucaristía por nuestro obispo Irurita y los diocesanos que le acompañan en días distintos en la ofrenda martirial de su vida. Y también imploramos su intercesión. ¡Nos conviene!
En la “Oda a los mártires de Montserrat” se nos recuerda la vocación al martirio:
Jesús los llamó.
en el cruce de oscuros senderos,
en escondrijos de hogares amigos,
en hospedajes inverosímiles,
en el monte,
en el llano,
a la vera del mar.
Jesús los llamó
y respondieron: Adsum (¡presente!).
 
            Que ellos desde el cielo oren por nuestro pueblo y por nosotros, llamados a la difícil confesión de nuestra fe en los tiempos actuales. Que sea firme y corajosa. Y que esté empapada de aquel amor cristiano, que se traduce en perdón y reconciliación. Una reconciliación que, como dije, en otra ocasión, es exigencia de no interrumpir el curso de la historia, que se abre paso alejando los hechos de generaciones pasadas y superándolos. La memoria de nuestros mártires debe convertirse en un compromiso de fe, de esperanza y de paz. Así sea.