Agustín de Hipona e Ignacio de Loyola observan a lo lejos un gran tumulto… explosiones, fuego y alaridos. Allá por el río de Gracia que purifica la avaricia o el afán de los hombres por el dinero, ya fueran ricos o pobres en su vida sensible.
—¿Quién crees que será?
—Considerando la historia humana en su totalidad, puede ser… cualquiera.
En ese momento llegan corriendo tres hombres ágiles, tres almas que en su vida material fueron espíritus libres.
—Es nuestro turno—anuncia San Benito
—Hay que proteger la zona, están ganando terreno—señala San Bernardo de Claraval
—Debemos apuntalar aquella desembocadura y reconstruirla—San Francisco de Asís
—Y tú debes acompañarnos, Ignacio. —sentencia Santo Domingo de Guzmán.
—Lo sé—contesta el vasco asumiendo su responsabilidad inmediatamente.
Agustín ve partir a los cinco, Ignacio y Bernardo a caballo y los demás corriendo como gacelas, con los hábitos al viento. El obispo de Hipona queda solo en el puesto de mando, esperando en oración íntima su turno que… pronto llegará.
El primero en llegar a la zona de conflicto es Francisco. Allí se encuentra un panorama desolador. El ejército soviético está importunando a un grupo de pobres almas que víctimas del ateísmo y dictaduras comunistas, acabaron con su sufrimiento material suicidándose. La misericordia divina los rescató gracias a que en un último momento antes de expirar, se arrepintieron.
Lenin anda con arengas y discursos como hizo durante toda su vida, intentando convencer a las almas purgantes de que renuncien a su esclavitud y se rebelen ante su injusta situación. Por detrás de él se encuentra su brazo ejecutor Trotski, y un poco más allá, con mirada expectante y los brazos en jarras, aparece Stalin. A su izquierda se pasea pensativo Mao Zedong al frente de su ejército rojo y detrás de todos ellos el sanguinario Pol Pot, aguarda inquieto junto a sus jemeres rojos, una oportunidad para intervenir. Pero entre todas las tropas se abre paso el convencido padre de la filosofía comunista, Karl Marx, que increpa a Francisco:
—¡Fuera de aquí! ¡Dejádnos con vuestras alienaciones religiosas y ensoñaciones espirituales!
—La verdadera libertad y la verdadera muerte está dentro del hombre, no afuera. —contesta Francisco enérgico.
—¡Díselo a los pobres, a los desheredados de la tierra, a los obreros esclavizados por el poder!
—¡Míranos!—señala Domingo de Guzman que acaba de llegar junto a sus otros tres compañeros—nosotros te podemos hablar de pobreza y de libertad.
Bernardo de Claraval mira a las tropas que custodian a un enfervorizado Lenin, que sigue a lo suyo y apremia al filósofo alemán de grandes barbas:
—¿Esto es lo que querías, cambiar una tiranía por otra?
—No. Estos son engendros. Yo no tengo nada que ver con ellos. Yo hablo de solidaridad, de igualdad, de justicia. El comunismo está por desarrollarse.
—Todo sistema político, filosófico o económico tiene un problema: la ambición humana—interviene Benito.
—La tentación de la avaricia se acabará cuando todos seamos iguales y desaparezcan las clases—contesta Marx defendiéndose.
—La igualdad no produce felicidad. Solo la aceptación de la vida tal como la ha diseñado Dios para cada uno de nosotros, produce la anhelada satisfacción.
—¡Tristes vidas resignadas y sumisas!
—¡Nada de eso! —ataja enérgico Ignacio—renunciamos a muestras metas personales para alistarnos en el bando correcto.
—¿Acaso vosotros no fuisteis ambiciosos? —replica Marx apuntando con el dedo al capitán español, que domina con destreza el ímpetu de su caballo:
—¡Mucho, sin duda! Todos nosotros fuimos espíritus grandes que buscamos glorias, honores y rentas. Sin embargo, encontramos el tesoro más grande que nada puede igualar en la tierra y en el cielo: Jesucristo. El colmo de nuestras ambiciones.
—¡Conformistas, cobardes, mendigos!
—¡Si. Mendigos del señor. Pobres en la tierra, ricos en el cielo! —afirma Domingo.
—¡Oh, Basta de chácharas! ¡Mientras hablamos no actuamos, que es lo que queréis vosotros los cristianos, conformaros, ser sumisos, no sublevaros! La historia no se explica, se cambia.
—¿Cambiar el mundo? La verdadera revolución ya la comenzó Jesucristo y la continuamos todos aquellos que nos dejamos llenar por él. Todo lo demás son luchas infructuosas de intereses particulares.
—El mundo progresó con mis teorías. Sirvieron para mejorar la humanidad.
—Tus teorías tienen millones de muertos y sufrimientos a sus espaldas. Y todo por intentar conseguir el paraíso en la tierra, la sociedad ideal, un nuevo orden mundial. Pero lo peor no es querer atrapar vientos sino situar a Dios como enemigo del hombre y de la sociedad. El ateísmo que provocaste clama contra ti.
—¡Oh, alienados y visionarios mequetrefes, que adulteráis las mentes de los pobres y de los humildes para que no se rebelen y el rico siga siendo rico! ¡Vamos sacad a esos de su baño de culpabilidad y liberadlos!
Los condenados pasan a la acción y pretenden sacar por la fuerza a las pobres almas que descansan en el río de purificación y al verlo los santos reaccionan:
—¡Adelante, Dios lo quiere!
Bernardo de Claraval lanza la arenga y él y sus compañeros Ignacio de Loyola, Benito de Nursia, y Domingo de Guzmán se arrojan con determinación al río para intercambiar sus almas por las débiles, que subirán como rayos hasta la Frontera donde les esperan con alegría sus familiares y amigos.
El último en lanzarse al río es Francisco, al que tienen sujeto varios soldados soviéticos. Con un ademán de pura energía se zafa gritando:
—¡Apártate, Satanás, al Señor tu Dios adorarás!
Después del salto de Francisco los condenados se quedan sin presas a las que capturar y dominar. Se miran unos a otros indecisos y suspicaces hasta que Stalin ordena formación de combate a su ejercito, a lo que responden de igual manera los chinos y los camboyanos, respirando violencias
Carlos Marx ha quedado en el centro atrapado entre las tres máquinas de guerra dispuestas a aniquilarse y...
… ni en este momento es capaz de rezar lo que sabe.


“No os amontonéis tesoros en la tierra, donde hay polilla y herrumbre que corroen, y ladrones que socavan y roban. Amontonaos más bien tesoros en el cielo, donde no hay polilla ni herrumbre que corroan, ni ladrones que socaven y roben. Porque donde esté tu tesoro, allí estará también tu corazón” (Mt 6,19)