Beato Jacinto Serrano López
Nació en Urrea de Gaén (Teruel), el 10 de julio de 1901. Se quedó huérfano de madre al poco de nacer y de padre a los seis años. A los doce ingresa en Escuela Apostólica de Solsona.
El 5 de abril de 1924 recibe el sacramento del Orden Sacerdotal. Ejerce la docencia en el seminario menor dominicano de Calanda y en el Estudio General de Valencia. Al mismo tiempo obtiene la licenciatura en la Facultad de Ciencias Físico-Químicas de Valencia.
Su apostolado se proyecta dando conferencias apologéticas, dirigiendo la revista “Rosas y Espinas”, colaborando en la revista “Contemporánea”, y dirigiendo la Asociación de Señoritas de la Beata Imelda, dedicada a la catequesis y beneficencia de niños pobres.
De grandes cualidades, se hizo proverbial su vigorosa tenacidad. De aguda inteligencia, pudo coronar con brillo dos carreras. Dotado de notoria disposición para el arte musical, dejó composiciones de buena calidad. Sus apreciables dotes de orador y escritor fueron puestas al servicio de la apologética cristiana. Su valor espartano le indujo a permanecer en zona de persecución, para ayudar más y mejor a sus hermanos en la Orden. Por el hecho de tener documentación civil garantizada, podía moverse con holgura en el lugar y tiempo de persecución. Por este motivo, el P. Provincial le nombró Vicario Provincial para la zona en conflicto, con el objetivo de atender lo mejor posible a los religiosos escondidos.
Para poder cumplir mejor con su cometido, renunció a ocupar el puesto de químico en una fábrica. Con tanto celo se entregó a ayudar material y moralmente a los frailes en situación difícil, consigue que algunos pudiesen cruzar la frontera, que suscitó sospechas. En julio de 1936, como Vicario Provincial, preparó la evasión a Francia de varios religiosos y permaneció en Barcelona atento a las vicisitudes del resto de sus hermanos.
A mediados de noviembre de 1936 cometió la imprudencia de escribir a su familia en Urrea (Teruel). Y requisada la carta, unos milicianos del lugar vinieron a Barcelona a buscarle a la dirección del remite, y le llevaron a la cárcel de Puebla de Híjar (Teruel), donde el Comité le condenó a muerte.


Cuenta el sepulturero: “Los milicianos ponían en fila a todos los que iban a matar, unidos por una cuerda y de cara a la pared del cementerio. El Padre Serrano se negó diciendo que “como era soldado de Cristo, tenía que morir profesando la fe”. Ellos se negaron, pero el Padre no quiso volverse de espaldas. Dio un fuerte grito de “¡Viva Cristo Rey!” y cayó abatido”.
Tenía 35 años de edad, diecinueve de vida religiosa y doce de ordenación sacerdotal.