Antonio Rivera Ramírez
Nació en Riaguas  de San Bartolomé (Segovia) el 27 de febrero de 1916. Sus padres, el doctor José Rivera y Carmen, se trasladaron al poco tiempo a Toledo, llevando consigo a su familia y a esta ciudad permanecieron ligados a partir de entonces. A los dieciséis años fue presidente de la Federación de Estudiantes Católicos, y poco después es nombrado presidente de la Juventud de Acción Católica de Toledo. En tres años fundó treinta centros con tres mil afiliados.
Escribe el sacerdote e historiador Ángel David Martín Rubio que “Antonio tiene en su vida dos notas peculiares que le hacen ejemplar para los jóvenes de hoy: su condición seglar y su vocación por la tensión y la lucha como camino de santidad. Al igual que los mártires dio la vida por Cristo pero de otra manera muy distinta a la que en sus deseos se había forjado.
Con ocasión del Alzamiento Nacional y de la revolución en julio de 1936 se incorporó al Alcázar como voluntario y por su extremado valor y caridad heroica mereció el apelativo de Ángel del Alcázar. Si hasta ahora había sido modelo de la juventud de Acción Católica por su alegría, afán apostólico y vida de piedad ahora demostró serlo también de patriotismo, espíritu de sacrificio (“La Patria no admite regateos”), confianza en el triunfo (“Dios nunca fracasa, acatando su voluntad se triunfa”) y valentía (“-Valiente, valiente ese muchacho”, dijo de él el general Moscardó)”.


El Ángel del Alcázar
Así pues, el 21 de julio de 1936 Antonio se une voluntariamente a los defensores del Alcázar. Acaba de finalizar los estudios de Derecho y está preparándose las oposiciones para Registrador de la Propiedad.
“Cuando hace días ha estallado la guerra, la situación en la ciudad le ha llevado a buscar refugio tras las paredes del antiguo palacio del Emperador Carlos. Junto a él hay 21 jóvenes de Acción Católica, todos voluntarios, exceptuando algunos que son soldados de la Escuela Central de Gimnasia. El trabajo que Rivera está desarrollando durante las primeras semanas es un auténtico derroche de sacrificio personal y apostolado católico. A su grandiosa labor espiritual, realizada por toda la Archidiócesis de Toledo a lo largo de los últimos años, Antonio suma ahora un constante ejercicio de generosidad y entrega a los demás, que le hacen merecedor del sobrenombre de “el ángel del Alcázar", por el que se le conoce entre sus compañeros. Él no ha empuñado armas, pero su presencia animando a los defensores es constante durante los combates y jamás rehúsa acudir allí donde es requerido.



 
11 de septiembre: ¡Por fin con Jesús!
A las ocho de la noche del 10 de septiembre, los marxistas, desde las casas que ocupan en el frente sur, vocean que el Gobierno ha accedido a la petición del Coronel Comandante Militar, y que envía al canónigo Vázquez Camarasa para que los asista espiritualmente. Que vendrá para estar tres horas, que es lo máximo que les conceden.
El elegido es don Enrique Vázquez Camarasa canónigo magistral de la Sacramental de Madrid. El Gobierno lo señala por sus supuestas ideas izquierdistas, además de ser de los poquísimos curas que no vive amenazado de muerte por los milicianos.
Tras una breve reunión con el coronel Moscardó, se dirige al lugar preparado para celebrar el Santo Sacrificio de la Misa. El canónigo, que está convencido de que los defensores van a ser derrotados, decide exhortar a los presentes con unas palabras sobre la gloria de la vida eterna y cómo la gloria terrena es pasajera. Por la imposibilidad absoluta de confesar a todos, decide darles la absolución general, momento de emoción inenarrable. Con los pedazos de las formas consagradas que guardan las Hermanas de la Caridad, reparte la Sagrada Comunión a Moscardó y a sus ayudantes, a algunos militares, a las monjas y a varias señoras. A continuación, se lleva el Santísimo en procesión a la enfermería de los heridos graves, desarrollándose escenas de inusitada fe y de vivo fervor. En ese momento, alguien entona el cántico eucarístico “Cantemos al amor de los amores”, que es seguido emotivamente por el resto. ¡Por fin todos pueden estar con Jesús!
Termina esta jornada, víspera del Dulce Nombre de María. Único día en que se ha podido celebrar la Santa Misa bajo la atenta mirada de Santa María del Alcázar; único día en el que un sacerdote ha visitado a sus defensores, asistiéndolos espiritualmente. Algunos comentan negativamente la plática:
- Ha sido deprimente. Parece que sólo quería prepararnos a bien morir.
Antonio Rivera contesta con sencillez:
-No sé; para mí ha sido el día más feliz del Alcázar, porque hemos podido recibir al Señor…
Los mineros asturianos y los demás milicianos continúan sus trabajos para poder estallar la mina que llevan preparando desde hace casi un mes...

 
 
18 de septiembre: En la enfermería del Alcázar
En el ataque de hoy ha sido gravemente herido el Ángel del Alcázar. Según los mandos, todo ha sucedido después de haber hecho explosión una de las minas más potentes. Antonio, que estaba encargado de una ametralladora, al tener que replegarse ha querido llevarse consigo el arma en cumplimiento de las ordenanzas militares. Pero, de repente, una granada de mano arrojada por los atacantes le ha desgajado el brazo izquierdo. Los que están observando, sin poder intervenir, han visto cómo Rivera, sin desvanecerse y gritando “¡Viva Cristo Rey! ¡Viva España!”, es llevado a la enfermería, mientras pide que sean atendidos otros enfermos antes que él.
Así pues, cuando la situación se ha calmado un poco, los compañeros de Antonio bajan a la enfermería para interesarse por su estado. Están eufóricos, excitados, mientras le narran cómo el ataque ha sido definitivamente rechazado y cómo, a pesar de explosión tan salvaje, creen que entre los defensores no hay más de diez muertos. Antonio, mientras vierte lágrimas de regocijo, les dice:
-¿Sabéis? No lloro por mi brazo; lloro de alegría, porque no los habéis dejado entrar.
Uno le responde, casi sin dejarle terminar:
-¿Entrar? Menudo escarmiento están llevando esos hijos de Satanás. ¡Ojalá que no quede uno de su ralea!
- Por favor, no habléis así. Tirad, pero tirad sin odio.
Muchas veces Rivera, durante tantas semanas de asedio, ha exhortado a unos y otros sobre el amor a los enemigos. Esta última frase, que sale una vez más de sus labios, es según él como el resumen de una ascética de guerra para un combatiente cristiano.
Entre fuertes dolores, les hace caer en la cuenta de que enfrente de su catre hay un cuadro del Cristo de Velázquez.
-Me está haciendo mucho bien…
A pesar de los dolores vivísimos que experimenta, no quiere que se vayan de allí sin insistirles:
-Yo perdono, pero perdono por pura fórmula. Yo no tengo enemigos. Ni éstos tampoco lo son.
Sus compañeros están impresionados viendo el destrozo en el brazo de Antonio y, sobre todo, angustiados porque saben que en la enfermería apenas queda cloroformo. Durante la conversación, le insinúan que los médicos tendrán que amputarle el brazo a raíz del hombro y quizá sin anestesia. Pero Rivera no sólo conserva para sí su valor, sino que todavía sigue teniendo capacidad de comunicarlo:
-No os preocupéis por esto. Se lo ofrezco a Dios por vosotros y por todos los soldados de España. Y si me operan sin cloroformo, estaré mientras tanto pidiendo por ella y os tendré presentes en la oración.
Entre los espasmos por los fuertes dolores, todavía, tras respirar profundamente, prosigue diciéndoles:
-Ya veis, Dios ha sido tan bueno que me ha privado del brazo izquierdo, que no me sirve para nada; con el derecho me basta para desenvolverme en la vida.
En ese mismo momento hace su entrada en el pequeño espacio el coronel Moscardó. Todos se cuadran y Antonio Rivera hace ademán de incorporarse. Dirigiéndose al herido, el Coronel le dice:
-Te he visto cruzar por el patio dando vivas a Cristo Rey y a España, y mientras, emocionado, contestaba a tus vivas, he sentido un escalofrío. He mandado que en el orden del día te citen como “muy distinguido”.
Y agachándose hacia el catre, aún le dice:
- Riverita, voy a darte un beso en nombre de tu padre.
El joven le responde:
- Gracias, mi coronel.
 
La operación
Los capitanes médicos, Pelayo Lozano y Daniel Ortega, mandan colocar al Ángel del Alcázar sobre la cama de operaciones. Éste sonríe plácidamente. A sus compañeros se les manda desalojar la enfermería. Ha pedido que le pongan el crucifijo de su rosario en la mano derecha.
Antes de operarle, el doctor Lozano le previene sobre el peligro de muerte en que se halla. Pero Antonio lo acepta con total tranquilidad, manifestando que lo único que siente es la posibilidad de morir sin sacramentos. Es más, ha querido desdramatizar la tensión entre los doctores diciéndoles:
-No se preocupen y corten tranquilos. ¡Si hasta es el izquierdo…! ¡Y yo no quiero nada con las izquierdas!
En principio, todo transcurre exitosamente. El doctor Ortega, en un momento de la intervención, al comenzar ya a suturar las partes blandas, le pregunta si tiene dolores. Él le contesta, extenuado, haciéndole una seña para que se acerque un poco más, mientras le susurra:
-No se preocupe de los dolores que pueda tener.
Él desea sufrir cuanto le sea posible con tal de no gastar en su persona anestésico que luego sea preciso emplear en otros defensores.
Antonio sale de la operación con una naturalidad admirable, afirmando que ha pasado un rato magnífico, tranquilo y agradable. No, no ha perdido el juicio. La cruz de su rosario, que apretada en su mano con tanta fuerza casi ha podido perforarla, conoce el porqué de esta respuesta. Ya no resiste más y queda profundamente dormido.
¡Qué contraste! La muerte cerca el catre del Ángel del Alcázar. Sin embargo, no deja de oírse el feliz llanto de una niña recién nacida. Los lloros proceden de una pequeña habitación que hace las funciones de Maternidad. En un camastro, yace Trinidad Rodríguez, esposa de Ildefonso Blanco, cabo de la Guardia Civil. Esta mañana, una hora después del estallido de la mina, ha nacido una niña a la que han puesto el nombre de Josefa del Milagro. Es el segundo bebé que nace durante el asedio, pues el pasado día 9 nació un niño, hijo de Herminia Ramos y del alumno de Infantería Ángel Valero. Le pusieron el nombre de Restituto Alcázar.
 
En una infernal mazmorra
Ya han pasado 48 horas desde que los médicos terminasen la operación de Antonio Rivera. La falta de defensas de su organismo le ha puesto desde el primer momento en trance de muerte y el doctor Lozano así se lo ha transmitido a sus íntimos para que, como es su deseo, puedan tenerle informado.
Es infernal la mazmorra convertida en enfermería en la que yacen los enfermos, con los constantes estampidos de los cañonazos que no dejan descansar, junto a las ininterrumpidas quejas de los heridos. Uno que está próximo a Rivera no cesa de pedir agua a grandes voces. Tras él, un teniente repite incesantemente, mientras está a punto de morir:
-Creo en Dios… espero en Dios… amo a Dios.
El ambiente es fétido y pestilente, mezcla de cuerpos en descomposición, enterrados a flor de escombros, y del olor de los productos farmacéuticos. Tres hileras de catres sirven de lecho a los heridos. El sótano está prácticamente a oscuras, porque la única ventana que sirve de lucerna está cubierta por sacos terreros hasta muy arriba para evitar la entrada de proyectiles. Y no obstante esto, ayer una bala de fusil volvió a herir de muerte a un pobre guardia civil, que tenía su colchoneta al lado de la de Antonio.
Al pie de la ventana se ha dispuesto la cama de operaciones y allí se hacen las curas, a la incierta luz de un candil de sebo de caballo. Antonio ve acercarse su fin. No se encuentra con ganas de nada. Andrés Marín, fiel a su promesa de avisarle ante la inminencia de la muerte, se acerca a él y comienza a decirle:
-Antonio, estás muy débil…
-Ya lo sé, le responde serenamente.
-Pero muy débil, muy débil, insiste. Si sigues así…
 
Monumento al Sagrado Corazón de Jesús del Cerro de los Ángeles (Getafe). Grupo escultórico “España, defensora de la fe”. En él están representados: Osio, obispo de Córdoba, Don Pelayo, el Padre Laínez, Don Juan de Austria, el Padre Polanco y el joven Antonio Rivera.


Rivera, verdadero apóstol
En silencio quedan uno y otro. Antonio no puede seguir la conversación. A Andrés se le amontonan los recuerdos. En ese momento llega el teniente coronel Víctor Martínez Simancas, gran amigo de Rivera. Los dos, de pie, frente al catre del Ángel del Alcázar. No cruzan palabras, pues el militar percibe la gravedad del momento. Y cada uno, con sus pensamientos, evoca los momentos vividos durante los meses de asedio.
Los tres participaron en la creación del periódico diario “El Alcázar”. Martínez Simancas, como director y Marín como redactor consiguieron que Antonio, acostumbrado desde hace años a escribir en la prensa, fuese destinado para contribuir a la fundación del diario.
Resuena en sus mentes hasta el vibrante tono de voz, cuando a ambos les repetía:
-Estemos donde estemos -ejército, milicias o cárceles-, siempre se podrán formar grupos de jóvenes que constituyan Centros de Acción Católica… Esos Centros serán llamados “Centros de Vanguardia” y deberán extenderse por todas partes.
Y antes de que concluyese la primera semana de asedio, coincidiendo con la vigilia del día del Apóstol Santiago, Antonio reunió a los compañeros de la Juventud de la Acción Católica, para formar el primer Centro de Vanguardia.
Martínez Simancas y Marín, sin apartar la vista del enfermo, sumidos en un mar de recuerdos, exclaman casia la par en voz queda:
-¡Cómo no íbamos a llamarle “el Ángel del Alcázar”!
-¡Ha sido un verdadero custodio para todos!
Y es que, desde los primeros días, Antonio se esforzó en llevar por todas partes consuelo y ánimo con su buen humor, con su confianza en Dios. Cuando se lo permitía su destino en el diario El Alcázar, se dedicaba a visitar a la población civil internada, que en los primeros días estaba impresionada y en desorden. Su extraordinaria alegría, su escalofriante serenidad y sus delicadezas infunden optimismo y fe en Dios a cuantos le escuchaban:
-No temáis, que nada os pasará; pero si Dios dispusiera de nuestra vida, nos vamos con Él al Cielo. Sea de nosotros lo que Dios quiera; se ganará al fin.
Con mucha frecuencia, todos los días que le era posible, a primera hora de la tarde Antonio acudía a la enfermería para consolar y estimular moralmente a los heridos… La enfermería del Alcázar había saltado hecha pedazos habían tenido que instalarse penosamente en varios lugares a lo largo del asedio.
Los dos amigos, casi en posición de firmes, como si estuviesen velando el cuerpo de Antonio, se dejan caer para sentarse en el suelo. Se acomodan para seguir viendo, cada uno desde su posición, el rostro del enfermo. Inmediatamente, vuelven a sus pensamientos. Marín, siempre en voz queda, exclama:
-¡Han pasado solo dos meses, pero parece que llevamos encerrados toda la vida…!
 
28 de septiembre. “¡Sin novedad en el Alcázar!”
A las ocho y media de la mañana, dos jesuitas de la Comunidad de Toledo que han conseguido salvarse de la muerte decretada y segura para ellos como religiosos, oyen felicitar a voces a uno, en la calle, debajo de la ventana de su habitación. Pocos minutos después, los Padres, asomados al balcón, ven con sus propios ojos que en la calle hay soldados con rasgos africanos, a los que reconocen como legionarios de Tetuán. Éstos les dicen que los del Alcázar están ya saliendo y que vuelven a sus casas. Ya no esperan más. ¡Después de 66 días, los padres Márquez y Gómez se echan a la calle! Inmediatamente se topan con otros cinco o seis legionarios, que acompañan a uno del Alcázar a su domicilio; precisamente se trata de una casa vecina a la que ha sido refugio para ellos.
Todavía deben andar con cuidado, pues hay alguna refriega por las calles. Los militares toman por asalto la Puerta del Cambrón y ocupan el puente de San Martín. En algunos cuarteles de milicias quedan combatientes que no se lo quieren creer; pero en las calles está la Legión. En el colegio de los Hermanos Maristas, los milicianos huyen por los tejados; al llegar al borde, alguno prefiere el suicidio, arrojándose al vacío. Un grupo pequeño resiste en el Seminario.
A las diez de la mañana, llega al Alcázar el general José Enrique Varela. Se trata de un instante histórico. Moscardó, absolutamente debilitado, se cuadra ante el General y pronuncia un lacónico:
-¡Sin novedad en el Alcázar!
Tras recorrer todas las dependencias, los mandos militares se trasladan al Hotel Castilla para empezar los trabajos de organización de la Capital y el recibimiento del general Franco, que mañana desde Salamanca se trasladará en avioneta a Talavera de la Reina, para llegar por carretera hasta Toledo y poder felicitar personalmente a los defensores.
 
La Misa prometida tras la liberación
El coronel Moscardó pide, como se había prometido, que se celebre, primero de todo, una Misa de acción de gracias. El jesuita Padre Puyal, capellán de los requetés, decide celebrarla en los sótanos, entre la enfermería y la capilla. Se hace un altar ante la Virgen Inmaculada, ¡la Virgen del Alcázar! El sol deslumbra con fuerza entrando por las ventanas, como queriendo repartir toda la luz que hasta ahora los sacos terreros le han impedido. Uno de los catres más próximos al altar es el de Antonio Rivera. Su salud no mejora y, como se siente morir, pide recibir el Viático. De nuevo, en el Alcázar, Jesús y él. La Hostia Divina y la hostia humana que se ofrece por sus hermanos.
Cuando está a punto de terminar la Misa, el doctor Rivera, acompañado de Don Francisco Vidal y Soler, llega hasta el catre de Antonio. Don Francisco, canónigo de la Catedral Primada y consiliario de los Estudiantes Católicos, ha permanecido escondido en la ciudad de Toledo y milagrosamente se ha salvado.
Al momento, llegan su madre, su hermana Carmen y su prima María. Pero Antonio no está en su catre. El enfermo más próximo informa a las mujeres de que se lo acaban de llevar para la cura. Les habla de su heroísmo, de su espíritu extraordinario, de su santidad. Cuando, poco a poco, el contraste por la luz les permite escudriñar todo con la mirada, contemplan al fondo cómo Antonio está sentado sobre la camilla; su padre le tiene abrazado por la cintura, mientras él apoya la cabeza en su hombro. Al traerle al catre, es difícil hasta para su madre reconocerlo: sin gafas, sin camisa, con una especie de calzón; el rostro adelgazado y marmóreo, encuadrado en una barba rizada; los labios finos y exangües, la nariz recta y afilada, y sus ojos azules más grandes aún, con una expresión indefinible de sufrimiento y dulzura. Da la impresión escultural de un descendimiento y todo recuerda -unción, dolor y piedad- la talla de un Cristo.
Cuando reposa y puede respirar, les dice a todos mientras las lágrimas surcan su rostro:
-¡Lloro de alegría, por haber comulgado hoy y por volveros a ver!
Tras un momento de silencio, su prima exclama:
-¡Antonio, estás guapísimo! ¡Pareces enteramente un Cristo!
Pero su pensamiento, fijo en la realidad de su salud y en su próxima muerte, le hace declarar:
-Pase lo que pase hoy, tenéis que recibirlo con tranquilidad, con resignación, porque todo lo permite o lo manda Dios.
-¡Vamos… más aún, con alegría!, insiste mientras mira a su madre. ¡Nada de caras largas!
 
En parihuelas hasta su casa
Se ha reanimado Antonio con aceite alcanforado, y con leche fresca. Su padre ha hecho las gestiones pertinentes para llevarlo a casa, en atención a su profesión de médico y a la asistencia que allí se le va a poder dispensar. Don Francisco no considera que, de momento, deba recibir la extremaunción.
Llegada la noche, cuando por fin han podido prepararlo todo, su padre y don Andrés Marín llevan la camilla hasta la casa familiar, en la plaza de Santa Isabel. Su madre va con ellos. El camino por la cuesta de los Capuchinos es duro y difícil, lleno de escombros y con bombas aún sin explotar. Cortado todavía el fluido eléctrico, la luna llena ilumina el cortejo: dura estampa de romance de un apóstol soldado que vuelve a su hogar.
Por las calles, patrullas de legionarios y regulares vigilan la ciudad. Todavía se escuchan intensos tiroteos en algunos focos de milicianos rebeldes. Dos voluntarios que patrullan por las calles, en servicio de vigilancia, prestan su ayuda a los Rivera. Antes de la última parada, tres hombres se acercan hasta ellos. El Padre Puyal, con su uniforme de capellán de requetés, ha estado buscando todo el día noticias sobre el paradero de su Comunidad. Acaba de encontrarse con los Padres José Mª Gómez y Gabino Márquez, que son casi los únicos religiosos y sacerdotes que en la ciudad han logrado salvar la vida. Van camino de su residencia, de la que el P. Puyal ha tomado posesión por la tarde. Emocionados, todos se abrazan. Aunque Antonio va adormilado, en cuanto reconoce la voz de su director espiritual, el padre Gómez, le manda llamar.
-Hijo, pensaba que estabas inconsciente, dame un abrazo, le dice el Padre Gómez. El Padre Puyal, que venía con los requetés me lo ha contado todo.
Antonio, emocionado, pide que se separen todos para hacerle una confidencia. Desde que entró en el Alcázar, la única angustia, escrúpulo, intranquilidad que manifestó a todo el que pudo fue no haber consultado a su director espiritual si debía o no entrar en el Alcázar. Ahora, en medio de la calle, cuando la muerte está arrancándole la vida, al héroe sólo le preocupa no haber errado en su decisión y tranquilizar su alma con la palabra de aquel que tiene autoridad en su espíritu.
-¿Hice bien, Padre?
-¡Claro, Antonio! ¡Tú has sido para todos el Ángel del Alcázar! ¡Dios te quería ahí y tú has sido un ángel consolador para el sufrimiento y para el ánimo de todos los que estaban contigo! No te fatigues más, mañana acudiré a casa a visitarte.
Después de meses con esa preocupación, es casi imposible apercibirse de la tranquilidad interior con la que el Padre Gómez ha serenado el alma de Antonio.
La procesión continúa su camino. Ya les queda poco. ¿Quién no compararía, a pesar del hilo de vida que tiene Antonio, esta escena con el cortejo fúnebre de Nicodemo, Juan, las Marías y la Virgen Santísima con su Hijo Jesús? A la pálida e incierta luz de unas velas entra en el patio de su casa el héroe que en Cristo ha forjado una historia de amor y de entrega radical.
 
21 de noviembre: un telegrama camino de Pamplona
Un telegrama desde Toledo se dirige a Pamplona para el Cardenal Gomá de Toledo. La misiva es escueta: “Mi hijo Antonio falleció ayer. Suplico oraciones indulgencia. José Rivera”. Después de meses agónicos, la muerte tuvo lugar el pasado el 20 de noviembre.
El telegrama, desde Pamplona, regresará a Toledo en dos días, lleva fecha de vuelta del 23 de noviembre. Sobre el telegrama, de su puño y letra, el Cardenal le responde:
Toledo – Rivera médico
Apenadísimo fallecimiento querido Antonio reciban sentido pésame consuéleles pensamiento tienen en el cielo un mártir y héroe concedidas indulgencias bendíceles
Cardenal
No hay puntos, ni mayúsculas. Aunque lo hace a mano, el Cardenal se expresa telegráficamente. Mientras, su pensamiento regresa semanas atrás, cuando junto a Monseñor Modrego, su obispo auxiliar, pudo llegar hasta la cama de Antonio Rivera Ramírez. El Ángel del Alcázar siempre tan humilde, mostró entonces sorpresa y gratitud… conocedor de que esta distinción se concede a muy pocos.
La breve conversación de Monseñor Modrego con su joven Consiliario se centró en el apostolado. Mientras entrega a chorros su vida, su única preocupación es el apostolado. El cardenal Gomá recuerda cómo, a pesar de su corta edad, fue elegido indiscutiblemente para altos puestos directivos en la Acción Católica. Rivera decía:
-Me conquistaré a mí mismo, primero; y después, podré hablar de conquistar a los demás.
Siempre las almas…

Os invito a que sigáis leyendo en la página web de la Hermandad de Nuestra Señora Santa María del Alcázar:

http://www.hermandadsantamariadelalcazar.es/rivera.htm