Juan Manuel Cotelo para mí es, ante todo, un excelente comunicador cristiano. Y eso lo he podido comprobar cuando le ví presentando y dirigiendo el documental de “La Última Cima”. He querido traerle a este blog porque he decidido personalmente ayudarle a difundir esa película que tanto me ha impactado. Más sabiendo que ahora, es decir desde el pasado día 11, tiene otros dos proyectos más, con Infinito Más Uno, S.L.: “Te puede pasar a ti” y “A ti, niño”. Desde hace tiempo tenía muchas ganas de contactar con él, que es y ha sido hasta ahora, como veo en su perfil de wikipedia: periodista, redactor de una agencia de noticias, actor, guionista y director…. ¡No para! Y, sin embargo, con lo liadísimo que está ha tenido tiempo para atenderme a mí, cosa que le agradezco muchísimo.

Querido Juan Manuel, mediante el documental "La Última Cima" (2009), testimonio del sacerdote Pablo Domínguez que falleció en febrero de 2009 en un accidente al descender la cima del Moncayo, cuando tenía 42 años, has cumplido el perfil de tu trayectoria como contador de historias que merecen la pena de ser contadas, como dijiste en una ocasión. Pero, aparte del éxito tan grande que este proyecto ha supuesto para tu carrera profesional, y acerca de lo que te dijo este amable y buen cura: "si te puedo ayudar en algo, dímelo", ¿cómo has visto materializada dicha ayuda amistosa en estos dos años y medio?

Pablo se ha colado en mi vida, como un amigo más. En primer lugar, me ayuda con su ejemplo. Cada vez que veo LA ÚLTIMA CIMA (y se puede imaginar que la he visto incontables veces) aprendo algo nuevo o recuerdo algo de su vida en lo que yo debería mejorar. Sobre todo, en el modo de tratar a los demás. Me estimula su generosidad, su capacidad de escuchar, su humildad para poner en primer lugar los planes de otros, por encima de los propios planes. Su abandono en la voluntad de Dios es una permanente invitación a esa misma confianza. Por otra parte, no soy capaz de imaginar ni de conocer de qué modo los santos nos ayudan desde el Cielo. Confío en esa ayuda, pero escapa a mi control su medición.

Con Pablo, a tí el primero y contigo a muchos otros, has visto que se os han caído muchas prevenciones y prejuicios acerca de los sacerdotes católicos y la Iglesia en general, y así lo has querido mostrar en la película, como la historia de un buen cura al que todos podemos imitar como persona volcada a ayudar a los demás, a ofrecer lo mejor de sí a todos, pero por otro lado ¿quién puede reunir en la Iglesia tanta y tan buena formación intelectual, la bondad que inspire el cariño de tantas personas y que congregue como él, en su funeral, a unas 3.000 y entre ellas a 26 obispos? ¿Es eso tan normal en la Iglesia católica? Por otro lado, ¿está llena de extremos que o son tan buenos la mayoría, como Pablo, o tan malos la minoría?

Nadie tiene la capacidad de juzgar el corazón de una persona o su eficacia apostólica, salvo Dios. Los hombres tendemos a establecer “rankings” y decimos: “éste ha hecho mucho”, “aquel hace poco”, “ése es bueno”, “aquellos son malos”… y eso es falso. ¿Cómo medir la eficacia redentora del sufrimiento de un enfermo? ¿Con qué criterio podemos evaluar la aportación que realiza para toda la humanidad, la oración de un monje de clausura? ¿Dónde y cómo puntuar que una persona ha perdonado a otra? ¿Y cómo se mide el esfuerzo que hace un ateo que jamás ha conocido el Evangelio? No está en nuestras manos la hoja de contabilidad de Dios. El primer santo canonizado en la historia de la Iglesia fue un ladrón que se ganó el Cielo con un sencillo acto de confianza en la misericordia de Cristo.  Comparar en la Iglesia a unos con otros y establecer categorías es un juego de humanos sin ningún valor real. Sólo Dios conoce la verdad del corazón humano y de sus labios salió esta advertencia a quienes se tomaban por buenos: “hasta las prostitutas os adelantarán en el Reino de los Cielos”. Ahora, ¿quién se atreve a decir que uno es bueno y otro malo?

Respecto de uno de tus últimos proyectos "Te puede pasar a tí" para DVD, del pasado 11 de noviembre, hay también una cinta con ese nombre dirigida en 1994, por Andrew Bergman, y Nicholas Cage de actor principal, en la que un policía que promete a una camarera que compartirá con ella el premio de la lotería si le toca, como efectivamente así ocurre. Tanto en "La Última Cima" -que confiesas ha sido una verdadera "bomba"- por la cantidad de testimonios de fe y cambio de vida que ha suscitado, como en esta última producción que ayuda también a despertar y considerar posible alcanzar los deseos de felicidad y verdad del corazón, ¿cómo resumirías ese premio más gordo que te ha tocado y que compartes actualmente?

Todo se puede resumir con una sola palabra: agradecimiento. Me veo llevado por Dios, conducido a un trabajo, a unas circunstancias y a unos resultados que nunca planifiqué. Dios se coló en mi vida de modo fuerte y en mi mano estuvo el resistirme a su invitación o aceptarla. Una vez aceptada la propuesta de Dios, que captaba con firmeza indescriptible en mi interior, el resto lo ha hecho todo Él. No me importa que alguien pueda no creer esta descripción del proceso. Yo mismo no lo hubiera creído hace unos años. Pero así es. Dios lo hace todo, una vez que aceptas su invitación a dejarle controlar tu vida. Me veo de espectador de mi propia historia, más que de protagonista.

Sobre tu labor en el cine de valores, o mejor dicho, virtudes cristianas, para dar a conocer la realidad del cristianismo y de la Iglesia de forma real y adecuada, y no parcial, negativa y sesgada, ¿qué es lo que más te motiva o inspira a nivel personal y profesional? Y, por otro lado en ese sentido, ¿de qué escritores o guionistas, directores o, como tú, directores-actores te sientes hoy en día más cercano: Garci, Gibson, Verástegui,...?

Lo que me inspira es el deseo de compartir la belleza que encuentro previamente. Yo no busco historias que contar, sino que las encuentro, me emocionan, me estimulan… y a partir de ahí deseo que lleguen a otros. Mi fuente de inspiración es mi propia vida y la vida de las personas que encuentro. Y siempre empiezo una nueva película o programa en el mismo punto de partida: no sé cómo voy a hacerlo y procuro descubrir el mejor modo de contar esa historia. El día en que considere que ya sé hacerlo o que me limite a copiar una misma fórmula, ese día habrá muerto la creatividad en mí. Con respecto a otros directores, me siento cercano a cualquiera que busque la verdad y la belleza. Entre los directores que más admiro y de los que más aprendo hay, sobre todo, personas sin fe, con alguno de los cuales tengo muy buena amistad. En mi círculo de amigos predominan las personas que no conocen a Dios. Camino por la vida junto a ellos, aprendiendo mucho de ellos y procurando servirles a ellos.

Respecto de los medios de comunicación de los que se sirve la Iglesia para transmitir el mensaje de Jesucristo, y de los distintos cristianos que colaboran de forma profesional y voluntaria en esa misión de la nueva evangelización, quisiera que te pusieras en dos casos hipotéticos acerca de la libertad religiosa: primero cómo comunicar su necesidad a un colectivo que tiene un prejuicio o idea pobre o sesgada de la religión, y por otro lado a otro grupo que tiene una experiencia negativa, contrastada y real. Es decir, por ejemplo, cómo argumentar que la religión es vehículo de paz, de consenso, y no de conflicto o poder, por ejemplo.

La religión es vida íntima con Dios… o no es nada. Una religión reducida a una teoría hermosa, se queda en algo muy pobre, hueco, frágil. La religión es aquella relación personal, incomparable y exclusiva que cada ser humano puede establecer con su Creador, y el Creador con cada ser humano. A nuestro servicio ha puesto Dios la Iglesia, un cauce humano de hacernos llegar su ayuda a cada uno por medio de la oración, de la lectura de la Biblia, de los Sacramentos… es algo que no puede recoger ni medir ninguna estadística. Cualquiera de nosotros puede hacer de Dios lo que quiera: un ser ignorado, un ser teórico, un ser lejano, un ser apto para intelectuales, un mercado, un ser para arrojarse contra alguien… o hacer de Dios lo que Dios ha hecho de sí mismo: un ser amoroso que desea conquistar corazones, habitar dentro de cada persona, para servir a cada persona, de modo único. Cristo rechazó a quienes querían hacerle rey, un rey con poder social o político. Él es candidato a reinar en los corazones, no tiene otro reinado que conquistar. La pregunta por la religión ha de buscar siempre una respuesta íntima: ¿quién es Dios en mi vida? ¿Qué relación quiere Él tener conmigo? ¿Puedo conocerle, hablarle, escucharle? ¿Qué relación quiero yo tener con Él? ¿Puedo aprender a amar a los demás, tomando como modelo el amor que Dios me tiene a mí? Ante esas preguntas, cualquier consideración social es un puro adorno, es una cuestión secundaria, un asunto sin importancia real. Podemos perder mucho tiempo hablando sobre Dios, a favor o en contra (qué absurdo suena la pretensión de una criatura de enfrentarse a Dios), pero es una pérdida de tiempo si no va unida a una búsqueda personal de relación humana íntima, con nuestro Creador, Padre, Hermano, Amigo. Y eso está al alcance de cualquiera, porque Dios se lo pone fácil a quien le busca.

Por último, quiero pedirte alguna recomendación o consejo de comunicación para los católicos que nos dedicamos a dar testimonio de nuestra fe a través de la edición de blogs o mediante materiales audiovisuales como hacemos desde distintos portales como religionenlibertad.com o la iniciativa de amigos como los de arguments.es, por poner un ejemplo. Por decirlo de otra manera, en tu opinión, ¿cómo distinguir a un comunicador católico de quien realmente no lo es? ¿hay algunas señas distintivas, precisas, de su identidad?

Sólo tengo una receta, que no es mía sino de Jesucristo en persona: “sin Mí no podéis hacer nada”. También puede expresarse con el dicho popular: “nadie da lo que no tiene.” Si alguien quiere comunicar a Dios, sólo hay un modo de hacerlo: dejando actuar a Dios en su propia vida. No hemos de inventar una estrategia nueva, ni poner toda la energía en las técnicas o en los estudios de mercado… Todo eso es superficial. Con cálculos prudentes o sensatos, los apóstoles no hubieran salido de su escondite. Y si hoy nos ha llegado el Evangelio, no se debe a que ellos fueran unos excelentes oradores o escritores, ni por su estudio de mercado. Hemos de orar, hemos de pedir la intervención del Espíritu Santo en nuestra vida, con la confianza de que la tenemos garantizada, por una promesa salida de los labios de Cristo: “Yo estaré con vosotros todos los días, hasta el fin del mundo.” Sin esa acción del Espíritu Santo, solamente podríamos aspirar, en el mejor de los casos, a una eficacia humana, a un éxito aparente, a un prestigio, a la victoria intelectual de los argumentos, pero todo eso es muy pobre… nada de eso tiene valor redentor alguno. Y en cambio, como Dios quiera dar eficacia a una persona aparentemente inútil como cualquiera de los apóstoles o cualquiera de nosotros… la eficacia está garantizada. “Mayores milagros veréis”, nos dijo. Yo no tengo otra receta más que la confianza en Dios.

 

¡MUCHÍSIMAS GRACIAS, JUAN MANUEL!