En estos últimos días se habla bastante de la comunión entre los diferentes miembros de la Iglesia. Han aparecido noticias inquietantes, como la orden del Obispo de Bilbao para que el teólogo Torres Queiruga no impartiera un curso en el teológico de la diócesis vasca, el comunicado de la Congregación para la Vida consagrada y las sociedades de vida apostólica para que los religiosos o las palabras del nuncio Renzo Fratini ante la asamblea de la CONFER. ¿Qué nos pasa? ¿Qué nos falta?

 

Sin duda la unidad de la Iglesia siempre ha sido un problema. Cristo conocía este peligro y por lo dejó plasmado en su oración al Padre. 

En aquel tiempo, levantando los ojos al cielo, Jesús dijo: No sólo por ellos ruego, sino también por los que crean en mí por la palabra de ellos, para que todos sean uno, como tú padre en mí y yo en ti, que ellos también lo sean en nosotros, para que el mundo crea que tú me has enviado.

 

También les di a ellos la gloria que me diste, para que sean uno, como nosotros somos uno: yo en ellos y tú en mí, para que sean completamente uno, de modo que el mundo sepa que tú me has enviado y los has amado como me has amado a mí.

Padre, éste es mi deseo: que los que me confiaste estén conmigo, donde yo estoy, y contemplen mi gloria, la que me diste, porque me amabas antes de la fundación del mundo.

 

Padre justo, si el mundo no te ha conocido, yo te he conocido, y éstos han conocido que tú me enviaste. Les he dado a conocer y les daré a conocer tu Nombre, para que el amor que me tenías esté en ellos, como también yo estoy en ellos. (Jn 17, 20-26) 

Cristo nos dice que legó a los apóstoles la gloria de Dios y que esta gloria les haría ser uno. Les prometió darles a conocer el Nombre de Dios, para que el Amor de Dios esté en ellos. 

Son palabras enigmáticas sobre las que conviene meditar y reflexionar. Revisando la Catena Aurea, no he dado con ninguna pista concluyente. Tal vez debamos preguntarnos dónde está la gloria de Dios y dónde está Su Nombre. Me inclino a pensar que estos dos dones son una prefiguración de los sacramentos, ya que por medio de ellos, somos conscientes de la gloria de Dios y conocemos el Nombre de Dios en nuestro interior. 

Si pensamos bien, lo que nos mantiene unidos  entre nosotros son los sacramentos. Gracias a ellos nos congregamos para que Cristo esté en medio de nuestra. Tal vez la falta de vida sacramental y vivencia sagrada sean el foco desde el cual aparecen las disonancias que nos separan y atenazan. Tal vez desdeñamos estos dones entregados directamente por Cristo a sus Apóstoles y precisamente estos son los que nos dan la capacidad de superar nuestras diferencias.

Los sacramentos son importantes y cada vez soy más consciente de ello. Como dice mi querida amiga Cristina, ¡Nos vemos en la Eucaristía!. ¿Que mejor sitio para encontrarse aunque nos separen miles de kilómetros.