Hemos celebrado ayer el día de los difuntos. Muchos de Vds. habrán ido a depositar algunas flores en las tumbas de sus seres más queridos y les habrán dedicado alguna oración o ante su tumba o en la iglesia. Pero ¿qué es exactamente lo que celebramos y cuál es el origen de esta festividad tan especial del mundo cristiano?
 
            La fiesta de difuntos se instituye para conmemorar a los difuntos que aún no disfrutan de la visión beatífica, en otras palabras, los que aún no se hallan en el cielo, algo que es poco conocido. Y es que la festividad de aquellos difuntos que sí se hallan ya en él, es la del 1 de noviembre, esto es, la de todos los santos que celebramos anteayer.
 
            La existencia de una festividad para conmemorar a los difuntos así definidos es antigua en el cristianismo. Consta la celebración de los difuntos en los monasterios benedictinos desde el s. VI en Pentecostés. En España, cuenta San Isidoro de Sevilla (m. 636) que tal festividad tenía lugar el sábado anterior a Pentecostés. Se recoge también la celebración de la festividad en la obra De ecclesiasticis officiis del Cardenal Amalaire (775-850) en el año 820. Según el testimonio de Widukindo de Corvey, hacia 980 se celebraba una festividad similar en Alemania el 1 de octubre.
 
            Pero quizás los grandes avalistas de la fiesta de difuntos tal como la conocemos hoy día no sean otros que los monjes benedictinos del Cluny. Según el benedictino San Pedro Damián (10071072) biógrafo de San Odilón de Mercoeur (9621048), quinto abad del Cluny, habría sido éste el que habría consolidado la celebración del día de difuntos precisamente el 2 de noviembre, costumbre que habría instaurado en 998.
 
            Se conoce la celebración de la festividad pocos años después en la diócesis de Lieja, donde la introduce el Obispo Notger hacia los primeros años del s. XI, y poco más tarde también en Milán, donde la introduce el Obispo Otrico.
 
            Por su parte, Benedicto XIV (17401758) autoriza a los sacerdotes de las iglesias españolas, portuguesas y americanas a celebrar tres misas en día tal para elevar preces por los difuntos, mientras Benedicto XV (19141922) extiende dicho privilegio en 1915 a todos los sacerdotes del mundo.
 
            La fiesta de los difuntos para conmemorar a los difuntos como colectividad, más allá de las exequias y funerales debidos a cada pesona en el momento de su muerte, es privativa del cristianismo, no existiendo cosa similar ni en el judaísmo ni en el islam. Tiene por el contrario la fiesta de difuntos gran implantación en determinados lugares de Hispanoamérica, donde la fiesta cristiana se sincretiza perfectamente con ritos mortuorios precolombinos, como ocurre notablemente en Méjico.
 
 
            ©L.A.
           
 
 
 
 
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