Entramos ahora en un problema también de actualidad. Es la cuestión de equiparar a los homosexuales con los heterosexuales en cuanto a contraer matrimonio entre ellos y en cuanto a la adopción de niños.

Amigo: Me parece muy bien el título y la oportunidad de este artículo, porque cada día se van extendiendo más las uniones homosexuales. En lo tratado en el artículo anterior sobre el aborto, me ha parecido que usted tenía razón. Pero no permitir las uniones homosexuales me parece un poco exagerado, porque cada uno puede optar libremente.

Monseñor: Cuando conviven dos homosexuales, si ambos están de acuerdo, cada uno puede vivir como quiera; allá cada uno con su conciencia. Si quieren vivir juntos, el Estado podrá legislar sobre los derechos que cada uno tiene con respecto a herencias, trabajo en común, intereses comunes... Pero eso no es lo mismo que equiparar cualquier convivencia de este tipo con el matrimonio; entre ambos hay todo un abismo. Equipararlos supone ir en contra del sentido natural del matrimonio y es un atentado contra la “institución familiar".

Amigo: Bien Monseñor, pero ¿no es verdad que hay muchos cristianos homosexuales que pueden ser mejores que muchos cristianos heterosexuales? Yo conozco algunos que son pero que muy buenas personas.

Monseñor: Naturalmente que los hay. Los homosexuales no sólo pueden ser cristianos, sino que están llamados a la santidad, como tú y como yo. Lo propio del cristiano no son las tendencias sino su señorío sobre ellas, tanto si son homosexuales como si son heterosexuales. Para conseguir este señorío contamos siempre con la gracia de Dios. Sólo con su ayuda podemos no sólo ser cristianos, sino santificarnos, que es, en definitiva, la meta a que estamos llamados todos.

Amigo: Pero comprenda, Monseñor, que debe resultar muy duro no tener relaciones sexuales sin sentirse llamados al celibato y más, teniendo tendencia homosexual.

Monseñor: No olvides que también hay situaciones nada fáciles para los jóvenes antes de contraer matrimonio, o para un casado que se siente atraído por otra persona aparte de su mujer, o para un cónyuge que ha sido abandonado, o para cualquiera de los dos cuando uno de ellos está mucho tiempo enfermo; lo mismo cabe decir de una persona que no ha podido casarse a pesar de haberlo deseado. Tampoco ellos tienen vocación de célibes y han de sufrir la dureza de la prueba, tan difícil o más, que la de los homosexuales. Una cosa es decir que la moral cristiana es muy exigente, y otra, pretender que cambie cuando a uno le cuesta cumplir con ella. Aquello de que el que pierda la vida por mí la encontrará fue válido antes, lo es ahora, y lo será siempre.

José Gea