Este artículo es la segunda parte de este otro artículo.

En el artículo anterior, se dejó entrever una idea que creo que es una de las más importantes para comprender el mundo. Es la idea de que para conocer algo, hay que usar el instrumento adecuado.

Esto puede parecer de perogrullo, pero sorprendentemente muchas veces se olvida. En el ejemplo del artículo anterior, el animal no tiene un instrumento adecuado para comprender el libro, por ello no puede conocer todo lo que el libro es.

Recuerdo hace unos años que leí un libro que, mediante un estudio científico, determinaba que Dios estaba en el cerebro del hombre, vamos, que no existía fuera de él. Por supuesto, su autor había usado los procesos científicos más rigurosos. Pero, si los instrumentos científicos tratan sobre cosas materiales, ¿qué esperaba encontrar este autor? ¿Esperaba encontrar algo inmaterial o sobrenatural? Está claro que con sus instrumentos sería imposible.

Este autor sería como un pescador que intentase coger almejas con un detector de metales. Recorrería toda la playa y declararía muy ufano: “No hay almejas en esta playa”  Y, aunque se equivoca, no mentiría. Con el instrumento que ha usado es la única conclusión posible, ya que no es adecuado para buscar almejas.

Creo que este es un aspecto vital que se olvida muchas veces al hablar de ciencia y religión. Si la ciencia trata sobre lo material, ¿cómo va a saber sobre lo inmaterial? Si la religión se ocupa de Dios, ¿cómo va a saber de lo material? Los científicos que declaran, a lo Gagarin, que no encuentran a Dios no están mintiendo. Tampoco los religiosos que niegan verdades científicas cuando solo aplican sus facultades religiosas. Simplemente, no han usado la herramienta adecuada. Lo que sí sería un grave error, en ambos casos, sería el decir: “Yo no lo he encontrado, luego no existe”

D’Artagnan

Fuente de la imagen: Canhasal / Creative Commons BY-NC-ND 2.0