Como alguna vez he dicho, mi afición a la montaña y a la escalada me llevó también a la espeleología, haciendo de guía, de la montaña y del espíritu, a los muchachos que me seguían.

Las cavernas me han hecho reflexionar no poco. Hoy me fijaré en algo muy concreto. Se dice frecuentemente que una gota de agua, a pesar de ser tan leve y ligera, puede, si cae insistentemente sobre una roca, horadarla. Y es bien cierto. Pero no se reflexiona tanto sobre el hecho de que las gotas de agua, que horadan la roca, tienen también capacidad de crear rocas.

No otra cosa son las estalactitas que encontramos en las cavernas. Durante miles de años unas gotas, aparentemente inútiles, han ido saliendo por cualquier techo de una cueva. El resultado ha sido las estalactitas y las estalagmitas, que son un espectáculo inexplicable para quien nunca las ha visto. Cuando una estalactita –columna superior- se une a la estalagmita que su mismo goteo ha creado bajo ella, el resultado es una columna, que une el techo y el suelo, con unas formas variadísimas y bellas. Cuando la gota ha caído directamente al suelo, se forma la estalagmita, que es una columna con la parte superior puntiaguda.
No menos espléndidas son las paredes adornadas por el agua en su tenaz insistencia. Las llamábamos “coladas”, quizás porque recuerdan la espectacular cascada que sale de un horno de fundición, cuando se abre la pared y cae una masa de metal fundido, al rojo vivo, formando unas figuras espléndidas que cambien de forma rápidamente.

¿Qué me ha movido a explicar estos fenómenos naturales? Que hace muchos años he contemplado el comportamiento de esas aguas como un símil de la acción del Espíritu Santo en nosotros. Ha trabajado nuestra interioridad –santa caverna en la que Él actúa- de manera semejante a la del agua creando esas maravillas.

Nuestra alma puede tener unos niveles de belleza y creatividad, o bien una lisa y muda superficie, que nada dice. Él crea pacientemente, porque ha de superar nuestra débil libertad, sin arrebatárnosla, lo que desea ver en nosotros. Hacer vivir lo que no alcanzamos a realizar. Y también ha de quitar aquello que se opone a lo que Él había soñado de nosotros.

Los miles de años, que fueron necesarios para crear las bellezas que contemplamos al hacer espeleología, son figura de la amante paciencia e infinito amor que Él tiene cuando ha de crear en nuestro interior, o ha de quitar, aquello que estaba en su mente para que fuéramos el hijo o la hija que había soñado. Y ojala tengamos, para esa acción suya, el respeto que un buen espeleólogo tiene por las estalactitas, venciendo la ilusión de arrancar un objeto tan bello, para llevarlo adonde Dios no pensó.