En el cielo tendremos una vida en plenitud. No sabemos concretamente en qué va a consistir. Toda vida se desarrolla siempre. Constantemente estamos en camino. Es aquello que nos enseñaron en la escuela: el ser vivo nace, se desarrolla y muere. Nosotros en el cielo ni nos desarrollaremos ni moriremos. El nacimiento y el desarrollo de la vida divina se dan aquí, en el bautismo y en nuestra vida cristiana. Y si no podemos comprender lo que es esta vida mientras la vivimos aquí, ¿cómo vamos a comprender lo que es esa misma vida en plenitud?

¿Podría un feto comprender lo que es la vida fuera del seno materno? ¿Cómo vamos a comprender nosotros cómo es la vida propia de Dios, la vida de la gracia, si nos movemos en el clima de una vida puramente humana? Ni siquiera podemos pensar cómo puede ser esa vida a la que nacimos en el momento de nuestro bautismo y que la hemos tenido mientras hemos vivido en continuo desarrollo. Esa vida divina que recibimos un día, la hemos tenido como en germen, mientras que en el cielo la tendremos ya acabada y en plenitud.

Veremos el inmenso amor que Dios ha tenido hacia todos, los pobres, los pequeños que mueren de hambre, las víctimas de los terremotos y de las desgracias naturales, de los niños abandonados. Veremos cómo los ha amado, porque ahora no lo podemos comprender. Tengo ganas de ir el cielo para verlo. Pero también esto es una curiosidad y lo evangélico es que Dios los ha amado infinitamente a todos. Ni lo vemos ni lo comprendemos, pero Dios los ama infinitamente. Lo que no podemos hacer es comprender desde nuestras concepciones de la vida actual, lo que es la vida eterna a la que está ordenada esta vida.

La realidad del cielo está más allá de cuanto podamos imaginar. Es aquello de San Pablo: “Anunciamos: lo que ni el ojo vio, ni el oído oyó, ni al corazón del hombre llegó, lo que Dios preparó para los que le aman" (1Cor. 2, 9). Podríamos poner como ejemplo a un ciego que pretendiese conocer cómo son los colores, o a un sordo que intentase percibir la belleza de una sinfonía. De la misma manera, nos es imposible ni siquiera imaginar cómo es el cielo.

Cuando se habla de plenitud de vida, de gozo inmenso, de conocer y amar a Dios como Él se conoce y se ama, nos quedamos en algo puramente intelectual. Pero hemos de reconocer que con esquemas del camino no se acaba de comprender la meta; así también, con esquemas de vida natural nunca acabaremos de comprender la grandeza y hermosura de los bienes que nos esperan.

No obstante, por la fe, podemos adivinar algo de esto cuando vivimos intensamente el amor. Digo adivinar, nunca comprender. Algunos místicos ha saboreado algo de lo que es el cielo porque han saboreado más allá de lo humano, lo que es el amor de Dios, el sentirse amados por Él y el goce de su amor a Él. Y esto lo han saboreado no sólo los grandes místicos, sino personas cristianas serias.

Una de ellas, mi abuela materna. Recuerdo que cuando enferma de su última enfermedad, estando yo con ella, le hablé de que ya pronto vería al Señor tal como es, que se sentiría amada por Él, que percibiría la inmensidad del amor de Dios, que vería a la Virgen, a los santos... Casi sin dejarme acabar y mientras le estaba hablando, decía ¡Qué bonito, qué bonito! Hay muchas personas así que son como las violentas, exhalan un perfume extraordinario aunque no se dejan ver.

José Gea