El sacerdote Francisco del Campo Real, Doctor en Geografía e Historia, es Canónigo Penitenciario de la Santa Iglesia Prioral Basílica Catedral de Ciudad Real; Director del Museo Diocesano. Para mí, es sobre todo un buen amigo. Nombrado el año 2001 Delegado Diocesano para las Causas de los Santos por Monseñor Torija de La Fuente, y confirmado en el cargo, en 2006, por el actual Obispo-Prior, Monseñor Algora; es además, Presidente de la Comisión Histórico-Teológica de la Provincia Eclesiástica de Toledo.
 
 
Hace unos años publicó “Martirio en el corazón de la Mancha. Siervo de Dios Antonio Martínez Jiménez y compañeros mártires de Ciudad Real”. Antes en el verano de 2007 apareció “Mártires de Ciudad Real”. Centrado en la figura del Beato Narciso de Estenaga, el Obispo mártir de Ciudad Real, tomamos de la cuarta parte de su libro (págs. 187194) las notas para este artículo de uno de los 7 seglares (del total de 498 mártires) beatificados el 28 de octubre de 2007. En la fotografía, (Francisco del Campo, José Luis Restán, Monseñor Monteiro y Jorge López) durante la presentación el 6 de junio de 2007.
 
Beato Santos Álvaro Cejudo Moreno
 
Nació en Daimiel (Ciudad Real), el 19 de febrero de 1880. Hijo de Francisco Cejudo y Lara y de María Moreno Chocano y García, lo llevaron a bautizar al día siguiente de su nacimiento, imponiéndole el nombre de Santos Álvaro. El ambiente familiar en el que transcurre su niñez contribuyó favorablemente a que germinara en su alma la vocación para la vida religiosa.
 
En efecto, el 17 de junio de 1893 ingresaba en el Noviciado Menor de los Hermanos de las Escuelas Cristianas en Bujedo (Burgos). Tenía entonces trece años. La virtud y piedad que vivió Santos Álvaro en la casa de sus padres le hizo grata su estancia en el convento y le facilitó la adquisición de las virtudes cristianas, principalmente la fe, la esperanza, la caridad y la fortaleza en el cumplimiento del deber. El 21 de julio de 1896 tomó el hábito de los Hermanos de las Escuelas Cristianas, dándole en aquel momento como nuevo patrono a San Álvaro de Córdoba.
 
El año 1901, después de pasar ocho años en la Congregación, de los cuales tres dando clase a los niños del barrio de las Ventas, en el colegio de Santa Susana, Álvaro Santos, por necesidades y asuntos de familia, tuvo que dejar la Congregación.
 
Padre de familia
 
Contrajo matrimonio con María Rubio Márquez, que muere cinco años antes que Álvaro. Fruto de esta unión tuvieron siete hijos. Tres de ellos murieron de poca edad. De los cuatro hijos dejados en el momento de su muerte llamados Teresa, Mariana, Victoria y Álvaro, dos de las hijas marcharon de religiosas trinitarias al convento de San Clemente (Cuenca).
 
Álvaro queda viudo allá por el año 1931. Es un momento difícil. Sólo le quedan dos hijas. Pero un día comunican al padre la decisión de hacerse religiosas trinitarias. Álvaro, un poco sorprendido, con los ojos arrasados en lágrimas, contestó: “-¿Pero me vais a dejar solo?”y, reponiéndose enseguida de su primera impresión, dijo: “-Sí, ofreceré a Dios este doble sacrificio; desde ahora mismo tenéis mi permiso”.
 
Pronto se desplazaron padre e hijas a San Clemente (Cuenca), pues quiso tratar él mismo con la Madre Superiora las condiciones del ingreso en el convento. “Sin tener capital-dirán las hijas- sino únicamente lo que ganaba de su trabajo, se comprometió con gran generosidad a darnos lo que nos hacía falta, considerándose muy dichoso de podernos consagrar al Señor”. Álvaro queda solo.
 
La vida ejemplar que va a llevar en el mundo en un ambiente hostil como hijo, esposo, padre y trabajador nos hace pensar que Dios le quería como apóstol y modelo de fidelidad hasta el martirio en medio del mundo y entre los obreros ferroviarios.

 
Todos los testigos dan fe de su conducta ejemplar como hijo (ayudando a su madre), esposo, padre, trabajador, católico practicante y apóstol.
 
De su comportamiento como hijo, dirán las hijas religiosas: “Aun casado, amaba a su madre y le tenía tan gran respeto y veneración, que a nosotras nos llamaba la atención el modo de hablarla y de escucharla. Su herencia se la cedió a ella. Durante toda la vida de casado le pasaba lo necesario para vivir. Le oímos decir que no fumaba para poder pasar a la abuela su importe. De este modo a nosotras no nos quitaba nada”.
 
Como fiel esposo: “Quiso siempre mucho a nuestra madre, quien alababa la conducta de nuestro padre. Este cuidó muy bien a nuestra madre durante la enfermedad que le acarreó la muerte, después de soportarla durante varios meses”. “Cuando Dios dispuso llevársela, a pesar de ser para él muy doloroso (siempre nos decía que quería morirse él primero, pues con madre, añadía, nos quedábamos más recogidas), se conformó en todo a la voluntad divina”.
 
Como padre: “Cuando nosotras dos, que vivimos y somos las mayores de sus hijas, íbamos haciéndonos mayorcitas, deseaba que fuésemos virtuosas; nos hablaba de Dios y de las mentirosas alegrías del mundo, y en vez de atribuirse a él el mérito del bienestar que teníamos, fruto de su trabajo, nos hacía volver los ojos a Dios para que le agradeciésemos los beneficios que nos dispensaba”.
 
Obrero, maquinista de ferrocarril
 
En las cartas y testimonios de sus dos hijas religiosas, en lo que respecta al amor y entrega de Santos Álvaro, dirán:
 
Su afán era trabajar mucho para ganar cuanto pudiese para que a nosotras no nos faltara nada, sufriendo con invencible paciencia los muchos fríos y calores que pasó en su vida. Tanto nuestra madre como nosotras mismas, teníamos que esforzarle para que tomase los días de descanso que anualmente le correspondían. Al decirles nosotras que cuándo iba a descansar, nos contestaba: en el cielo. Fiel cumplidor de sus deberes profesionales cuidaba la máquina del tren con profesionalidad, para tenerla siempre a punto y prestar el mejor servicio”.
 
Por temperamento, Álvaro era muy formal y callado; pero cuando se trataba de defender los derechos de Dios y de su Iglesia, no podía callar… Llevaba en la solapa de la chaqueta un distintivo con la cruz y la inscripción: “Con este signo vencerás”, sintiendo un santo orgullo en ostentarlo sobre su pecho. En muchas ocasiones le dijeron: “-Quítate eso, que te vamos a matar”; pero esas palabras no eran lo bastante para acobardarle. Seguía llevándolo, sin miedo de ninguna clase.
 
La naturalidad presidía sus prácticas religiosas siempre en conformidad con la religiosidad de su época. Asiduo receptor de los sacramentos de la Penitencia y Eucaristía, como adorador nocturno asistía a todas las vigilias que su servicio le permitía. Devociones como la del Sagrado Corazón de Jesús, entronizado en su hogar, el santo Rosario rezado en familia, o jaculatorias vividas con naturalidad eran sus preferidas.
 
En el ambiente ferroviario hostil en el que se hallaba, necesitó una fe y un amor de Dios inmenso para perseverar como cristiano. Desde 1931, con la proclamación de la República, fueron cinco años de lucha intensa. No podía ver con calma las ofensas que se hacían a Dios y a sus ministros, y siempre salía en su defensa, haciendo todo lo que podía para convencer a sus compañeros del error en que vivían, aprovechando todos sus conocimientos de religión y todo lo que su amor a Dios le dictaba para convencerlos de la existencia de Dios.
 
En la encíclica Quadragesimo anno publicada en 1931, Pío XI recomendaba a los socios de Acción Católica la “reconquista para Cristo del obrero por medio del obrero”. Eso precisamente es lo que hizo Álvaro, en el ejercicio de su vida ordinaria y profesional:
 
En los años de la República tuvo nuestro padre como fogonero a un señor que no era de ideas cristianas. En el momento que llegaba al destino, bien en el comedor, bien en el dormitorio del depósito, les distribuía prensa buena, diciendo a cuantos allí estaban que no sabían más que lo que leían en su prensa. Algunos de los más moderados aceptaban la que les ofrecía nuestro padre y le pedían explicaciones sobre los misterios de nuestra santa religión y le proponían, en su incredulidad, miles de dudosas preguntas, las cuales le hacían sufrir mucho, viéndolos tan ciegos para ver a Dios; otros, ni siquiera la tomaban, pero dirigían insultos a nuestro padre. Sabemos esto porque él, vuelto a casa, nos refería algo de lo que había trabajado entre sus compañeros para que Dios fuera servido”.
 
Álvaro vivió su conciencia misionera sintiendo con la Iglesia y colaborando generosamente en las campañas organizadas con este fin:
 
El año en que murió nuestra madre tuvimos gastos excesivos y nos encontrábamos muy escasos de dinero. Llegó el último domingo de octubre, día en que se hace la colecta para la Propagación de la Fe. Al irse a Misa, mi padre me dijo:
-Dame dinero para la colecta de hoy.
 
Le saqué lo que teníamos: un duro y 2,50 pesetas en calderilla. Cogió la moneda de cinco pesetas.
 
Al decirle yo:
-Padre, todavía faltan doce o trece días para cobrar.
Él me contestó:
-Hazte cuenta que no damos nada, que lo damos al que todo lo da, y Él hará que podamos pasar estos días con lo que tenemos en casa. Así sucedió”.
 
Detención, prisión y martirio
 
Santos Álvaro Cejudo fue detenido el 2 de agosto de 1936, en Santa Cruz de Mudela (Ciudad Real) por Julián, apodado “el loco”, el fogonero del “depósito” de Madrid que estaba de servicio ese día en el tren rápido, que llegó a las catorce horas a Santa Cruz de Mudela.
 
El motivo y razón de su detención y encarcelamiento fue la acusación que presentaron a Julián “que tenía dos hijas religiosas, porque era un beato y no hacía más que oír Misa”;y cuando el furibundo fogonero se presentó, pistola en mano, decidido a matar a Cejudo, le repitió las palabras de la acusación, como para justificar por ellas la muerte que intentaba darle.
 
No le mató en aquel instante, porque se interpuso otro maquinista, diciéndole: “-Así no se mata, sin motivo, a los hombre”. Dijo entonces el fogonero: “-Pues a la cárcel con él, bajo mi responsabilidad”. Y Cejudo fue a la cárcel.
 
Para Santos Álvaro fue un consuelo encontrarse con los que fueron sus compañeros de clase y de estudios en los años de infancia, los hermanos de las Escuelas Cristianas que regentaban la Escuela de San José de Santa Cruz de Mudela, y que se hallaban presos por delitos semejantes a los suyos: “Por ser religiosos, por enseñar a los niños la doctrina cristiana, llevarlos a participar de la Santa Misa y conducirlos al cielo por el camino de los Mandamientos de Dios”.
 
Santos Álvaro sólo pudo estar con ellos desde el 2 hasta el 18 de agosto, pues en la noche de dicho día, sacaron de la prisión de Santa Cruz de Mudela a los Hermanos de las Escuelas Cristianas y sacerdotes de la localidad, para sufrir el martirio en el cementerio de Valdepeñas (Ciudad Real), aunque les habían comunicado que eran trasladados a Alcalá de Henares (Madrid). Era la noche del 18 a 19 de agosto de 1936.

Al mes de sacar a los Hermanos de las Escuelas Cristianas y a los sacerdotes para la muerte, sacaron a Cejudo de la cárcel de Santa Cruz de Mudela y fue trasladado, no a Valdepeñas, sino a la cárcel de Alcázar de San Juan.
 
Del tiempo transcurrido en la cárcel de Santa Cruz de Mudela, los testigos dan fe de su resignación y disponibilidad para hacer la voluntad de Dios. Se le veía orar con sus compañeros de prisión. Algunos de los prisioneros testificaron después que habían quedado muy impresionados del testimonio de Álvaro Santos en la cárcel. Antes de que se lo llevaran para matarlo, había dicho:
 
Cuando derramemos la sangre por Cristo, como la derramaré yo, se nos perdonan los pecados de toda la vida.... No seremos nunca probados más allá de nuestras fuerzas. Dios es muy bueno. Mis enemigos no podrán hacer más daño del que Dios les permita”.
 
El 17 de septiembre por la noche, lo sacaron de aquella cárcel y lo mataron en el cementerio de la localidad donde quedaron sus restos, hasta que el 11 de septiembre de 1939 fueron exhumados de la fosa en que quedó enterrado y dieron sepultura en un nicho del cementerio de Alcázar de San Juan. Cerrando el nicho, una placa de mármol en la que podía leerse: “Álvaro Cejudo Moreno. Adorador Nocturno, Mártir por Dios y por la Patria. 1936. R.I.P”. Posteriormente los restos mortales han sido trasladados a la iglesia del convento de los PP. Trinitarios de Alcázar de San Juan (bajo estas líneas).