Se acostumbra a decir que el oprobioso Papa Juan XII (955-964), originalmente llamado Octaviano hijo de Alberico, el cual ascendió al trono de Pedro a los dieciséis años de edad y fue uno de los más nefandos exponentes del que se conoce como seculum obscurum de la Iglesia, es el que inauguró la costumbre de elegir para gobernar la Iglesia un nombre diferente de su propio nombre de pila. Y aunque efectivamente fue uno de los primeros en hacerlo, no fue, sin embargo, “el primero”.
 
            Más allá del caso de todos conocidos del príncipe de los apóstoles, Simón, al que el propio Jesús le cambió el nombre a Pedro, nombre con el que fue conocido en la comunidad cristiana y con el que pasa a la historia del pontificado, y dentro de la falta de fuentes e información existente sobre los primeros siglos del papado, dicho honor había cabido antes que a Octaviano, por lo menos, al presbítero Mercurio, elegido Papa en el año 533, quien seguramente para no reinar con un nombre tan claramente vinculado a una deidad pagana, habría decidido hacerlo con nombre diferente, eligiendo el del apóstol Juan, y haciéndolo como Juan II (533-535).
 
            Ni siquiera, y contrariamente a lo que acostumbra a decirse también, la costumbre se consolida con Juan XII, pues después de él, reinan con su propio nombre por lo menos dos de los cinco pontífices que le siguen en el trono de Pedro, si no los cinco: así Benedicto V (964-966) es Benedicto Grammaticus antes de ser Papa, y Juan XIII (965-972) es Juan, obispo de Narni.
 
            En 983 sí consta que el elegido para el trono pontificio, Pedro de Pavía, cambia de nombre, haciéndolo, una vez más, para reinar con el de Juan, el decimocuarto en este caso (983-984).
 
            Pero la costumbre sigue sin implantarse, pues su sucesor, Juan hijo de León, vuelve a reinar con su propio nombre, Juan XV (985-996). A éste sucede en 996, Bruno, hijo del Duque de Carintia, quien de nuevo cambia su nombre, siendo por otro lado, el primero que no lo hace para tomar el de Juan, sino otro diferente, Gregorio en este caso, reinando como Gregorio V (996-999). Momento a partir del cual, sí puede establecerse que la costumbre se afirma: así, su sucesor Gerberto reina como Silvestre II (9991003); el de éste, Sicco, como Juan XVII (10031003); y el de éste, Fasano hijo de Leo, como Juan XVIII (10041009). Lo que no quita para que haya aún algunos papas que reinen con su propio nombre. El último en hacerlo será Marcelo II, que reina en unos meses del año 1555, Marcelo Servini en origen.
 
            La costumbre está hoy tan consolidada que ese documento fundamental en la elección papal que es la Constitución apostólica Romano Pontifici eligendo emitida por Pablo VI en 1975, dicta en su artículo 87.
 
            “Hecha la elección canónica, el último de los cardenales diáconos llama a la sala del Cónclave al Secretario del mismo, al Maestro de Ceremonias y a los encargados de las ceremonias. A continuación, el cardenal Decano o el primero de los cardenales por orden de ancianidad, en nombre de todo el Colegio de electores, pide el consentimiento del elegido con estas palabras: ¿Aceptas tu elección canónica de Sumo Pontífice? Y una vez recibido el consentimiento le pregunta: ¿Cómo quieres ser llamado? Entonces el Maestro de las Ceremonias Pontificias, en función de notario y teniendo por testigos dos encargados de las ceremonias, levanta acta de la aceptación del nuevo Pontífice y del nombre que ha tomado”.
            
            Si el papa en cuestión fuera elevado a los altares, lo haría con su nombre papal, no con el suyo natal, caso que es el de tantos papas como por ejemplo San Pío X, el papa más reciente que ha sido canonizado, Giuseppe Melchiorre Sarto en la pila bautismal, pero también el de tantos otros.
  
 
            ©L.A.
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