El 30 de julio de 2011 publicábamos un amplio análisis acerca de las rebeldes manifestaciones que en tres diversas naciones se había suscitado contra las enseñanzas de la Iglesia (véase «»).
 
Austria es uno de los países donde la situación cobra dimensiones cada vez mayores. Todo comenzó el 19 de junio con la publicación de una declaración firmada por 300 sacerdotes y titulada, nada menos, «Invitación a la desobediencia». En definitiva, como se decía en el artículo arriba citado, se trata de exigencias tocantes a la ordenación de mujeres, a dar la comunión a personas divorciadas y vueltas a juntarse con otras, a que los laicos presidan celebraciones –incluso eucarísticas, al menos es lo que se insinúa– y, por último, el celibato opcional para los sacerdotes.
 
Recientemente se ha hecho pública una declaración del arzobispo de Viena, cardenal Christoph Schönborn, en la que pone de manifiesto su perplejidad ante la persistencia de los sacerdotes rebeldes que, cada vez más, van haciéndose con el apoyo de la opinión pública (en Austria, según informaciones de la agencia ZENIT, hay unos 2,000 sacerdotes). De su matizada, paciente y excelente contestación (se puede leer una traducción íntegra del alemán al castellano en este ) destaco estos tres párrafos-ideas:
 
«¿Qué sería de las familias en este país si la desobediencia se convirtiese en virtud?».
 
«En el momento de la ordenación, nosotros, los sacerdotes, hemos prometido, libremente y sin coacciones, en las manos del obispo, “respeto y obediencia”; en voz alta y clara hemos dicho frente a toda la comunidad de los fieles: “Sí, prometo”. ¿Pero este compromiso es observado? En mi calidad de obispo he prometido también al Papa fidelidad y obediencia. Yo quiero honrar esta palabra dada incluso si hay momentos en los que no es fácil».
 
«… si la desobediencia al Papa y al obispo se convierte en una cuestión de conciencia, esto significa que se ha subido otro peldaño, uno que obliga a tomar una decisión clara. Porque a la conciencia se la debe escuchar siempre, cuando se trata de una conciencia formada y autocrítica. El beato Franz Jägerstätter había decidido en completa soledad y respondiendo a la propia conciencia no servir en el ejército de Hitler, y aceptó pagar esta decisión con la vida. El beato John Henry Newman había llegado, después de años de un profundo tormento interior, a la certeza de que la iglesia anglicana se había alejado de la verdad y que la verdadera Iglesia de Jesucristo continuaba existiendo en la católica. Por esto abandonó la propia iglesia y se convirtió en católico. De esto se sigue que, quien en plena y probada conciencia y convicción, piensa que Roma ha tomado un camino equivocado, un camino que contradice gravemente la voluntad del Señor, debería tomar en el caso extremo las consecuencias extremas, es decir, no recorrer más el camino de la Iglesia romana. Espero y creo, sin embargo, que este caso extremo no se verifique».

La primera frase destaca por su misma elocuencia y pone al descubierto el mal cimiento sobre el que se apoya la reivindicación: una anti virtud. La segunda va en la línea de lo ya analizado en el artículo referido en el enlace inicial acerca de la obediencia asumida libremente y sin coacciones al momento de la ordenación diaconal y presbiteral (si alguien no está dispuesto a vivir la disciplina eclesiástica pues que lo diga y no se ordena). Sobre lo tercero quiero detenerme un poco más.

No hace mucho releí el libro «¿En qué creen los que no creen?», una conversación epistolar entre el cardenal Martini y Umberto Ecco, agnóstico. En una de las epístolas escribe el autor de «El nombre de la rosa»:

«Yo no tengo nada que objetar al hecho de que la religión musulmana prohíba el consumo de sustancias alcohólicas; si no estoy de acuerdo, no me hago musulmán. No veo por qué los laicos han de escandalizarse cuando la Iglesia condena el divorcio: si quieres ser católico, no te divorcies; si quieres divorciarte, hazte protestante […] Yo, cuando entre en una mezquita, me quito los zapatos, y en Jerusalén acepto que en algunos edificios, el sábado, los ascensores funcionen por sí mismo deteniéndose automáticamente en cada piso. Si quiero dejarme puestos los zapatos o manejar el ascensor a mi antojo, me voy a otra parte. Hay actos sociales (completamente laicos) para los que se exige el esmoquin, y soy yo quien debo decidir si quiero adecuarme a una costumbre que me irrita […] o si prefiero afirmar mi libertad quedándome en mi casa».

Y añade:

«Si un grupo de sacerdotes tomara la iniciativa de defender que, en materias no dogmáticas como el celibato eclesiástico, la decisión no debe corresponder al Papa, sino a la comunidad de fieles agrupada en torno a cada obispo, y alrededor de esta iniciativa surgiera la solidaridad de muchísimos creyentes practicantes, yo me negaría a firmar cualquier manifiesto a su favor […] porque no tengo el derecho de meter mis narices en cuestiones que son exquisitamente eclesiales».

Llama la atención que sea precisamente un agnóstico, un no creyente, quien tenga las cosas más claras que algunos sacerdotes contestatarios. Más encantadora es todavía la respuesta epistolar del cardenal Martini. La titula «La Iglesia no satisface expectativas, celebra misterios». Un muy buen punto a recordar para todo católico de hoy y de mañana, incluso si son sacerdotes y su conciencia les está «exigiendo» este tipo de apoyos y petitorias. Ya el cardenal Schönborn ha delineado el proceder que se sigue: «no recorrer más el camino de la Iglesia romana». Como él yo también espero que antes Dios ilumine la conciencia errónea y dé la humildad suficiente para aceptar lo que la Iglesia enseña y se pueda continuar caminando con ella en la hermosa misión de llevar a Dios, a Cristo, a las vidas de miles y millones de almas.
 
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