Al volver ahora a vuestra vida ordinaria, os animo a que guardéis en vuestro corazón esta gozosa experiencia y a que crezcáis cada día más en la entrega de vosotros mismos a Dios y a los hombres. Es posible que en muchos de vosotros se haya despertado tímida o poderosamente una pregunta muy sencilla: ¿Qué quiere Dios de mí? ¿Cuál es su designio sobre mi vida? ¿Me llama Cristo a seguirlo más de cerca? ¿No podría yo gastar mi vida entera en la misión de anunciar al mundo la grandeza de su amor a través del sacerdocio, la vida consagrada o el matrimonio? Si ha surgido esa inquietud, dejaos llevar por el Señor y ofreceos como voluntarios al servicio de Aquel que «no ha venido a ser servido sino a servir y a dar su vida como rescate por muchos» (Mc 10,45). Vuestra vida alcanzará una plenitud insospechada. Quizás alguno esté pensando: el Papa ha venido a darnos las gracias y se va pidiendo. Sí, así es. Ésta es la misión del Papa, Sucesor de Pedro.

 

Y no olvidéis que Pedro, en su primera carta, recuerda a los cristianos el precio con que han sido rescatados: el de la sangre de Cristo (cf. 1P 1, 1819). Quien valora su vida desde esta perspectiva sabe que al amor de Cristo solo se puede responder con amor, y eso es lo que os pide el Papa en esta despedida: que respondáis con amor a quien por amor se ha entregado por vosotros. Gracias de nuevo y que Dios vaya siempre con vosotros. (Benedicto XVI, discurso a los voluntarios de las JMJ 2011) 

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Ser voluntario conlleva una cantidad considerable de valentía. Se debe ser valiente porque quien acepta una responsabilidad, debe responder. Lo que en un principio puede tener una apariencia bonita, pronto se convierte en una dedicación con su cruz correspondiente. 

Cristo nos dijo que para seguirle cogiéramos nuestra cruz y nos negáramos a nosotros mismos. El voluntariado es precisamente eso y de ahí el valor que se necesita para dar el primer paso. 

Es importante ser consciente que de un proceso de voluntariado puede surgir la conciencia de una vocación. El voluntario reconoce en si mismo una capacidad que desconocía y una predisposición que ignoraba previamente. En ese momento se puede actuar de dos formas diferentes: sopesando el peso de la cruz o tomándola de nuevo sin pensar en su peso. La vocación no hará tender a la segunda de ellas. 

El Papa cita  a Marcos 10, 42-45: “Jesús, llamándoles, les dice: «Sabéis que los que son tenidos como jefes de las naciones, las dominan como señores absolutos y sus grandes las oprimen con su poder.     Pero no ha de ser así entre vosotros, sino que el que quiera llegar a ser grande entre vosotros, será vuestro servidor, y el que quiera ser el primero entre vosotros, será esclavo de todos,        que tampoco el Hijo del hombre ha venido a ser servido, sino a servir y a dar su vida como rescate por muchos.»“. Toda vocación tiene el servicio como manifestación primera y más importante y no existe servicio que se preste que no tenga importancia. 

Quizás nuestra vocación ha sucumbido al peso de la cruz y esto nos ha hecho quedarnos quietos en nuestro servicio. Tal vez una mala palabra o un mal gesto nos ha parado en seco. Quizás una mala racha nos detuvo. La pasividad solo puede ser el preludio de la actividad. Podemos tomar fuerzas del Espíritu y levantar de nuevo la cruz de nuestro servicio y tirar hacia delante. 

No hacen falta altas tribunas ni inmensos cometidos para difundir el mensaje. Desde el día a día podemos ir hablando de Cristo y conformándonos a imitación suya. Desde la misma red, podemos ir dando distribuyendo amor y cercanía a quien lo necesite. Pero a corto plazo tenemos que integrarnos en una comunidad. El cristianismo no es una vivencia solitaria, sino un festival de comunidad. 

El problema viene a la hora de encontrar la comunidad en la que podamos enraizar. No es fácil, pero no imposible. Pongamos la confianza en Cristo y andemos hacia Él. Tarde o temprano iremos encontrando comunidades en las que integrarnos y compartir activamente nuestra Fe. Recuerde que ser voluntario requiere valentía, pero el Señor nos recompensa con la Esperanza, que se hace confianza en Cristo y nuestros hermanos.