Los protagonistas de la JMJ son, sin duda, El Señor, el Papa y los jóvenes. El pueblo español, en su gran mayoría, está descubriendo estos días  la importancia y envergadura de  estas Jornadas. Pero puede que  no sepa que desde hace tiempo un pequeño ejército de voluntarios han trabajado, y trabajan, para que todo este proyecto sea posible. Muchísimos jóvenes han invertido ilusiones y energías para ofrecer a la Iglesia, al mundo, un poco de esperanza.


                Pero yo quiero destacar en este post a mis hermanos sacerdotes. Es verdad que  nuestra vida es una entrega full time  a las tareas del Reino de Dios. Pero hay tareas que, a veces, sobrepasa nuestros programas ordinarios. Trabajar con la juventud  hoy no es nada fácil. Hay que luchar contra la apatía, la inconstancia, el ambiente, la indiferencia… El joven, cuando de verdad descubre un proyecto grandioso, lo da todo. Lo difícil es llegar al fondo de un alma que está en plena ebullición, y bucear en una mente afectada por las filosofías del momento, casi siempre relativistas y ateas.

                Aunque el joven cuando se da lo hace de corazón, para llegar a decir SI a Dios ha de recorrer un arduo camino. Por eso Juan Pablo II les entregó una cruz como emblema de las Jornadas. Y esa cruz no para de dar la vuelta al mundo.

                El sacerdote desempeña un papel insustituible en la labor de formación y ayuda espiritual. No es difícil vislumbrar  que tras esos miles de jóvenes que acuden a la cita del Papa, hay un buen grupo de sacerdotes que se han dejado, y se siguen dejando, el alma en atenderles con la mayor paciencia y cariño del mundo. Es verdad que es nuestra misión, pero quiero destacarla porque he visto como trabajan mis compañeros más jóvenes. Con su clerigman y  su mochila al hombro, desafiando al calor e incomodidades, marcha con los chicos y chicas en su peregrinación al encuentro de Dios. Lo mismo comparte un bocadillo que imparte la absolución de los pecados en el Sacramento de la Penitencia.

                Nos ofrecía la televisión las insólitas imágenes de cientos de confesionarios a lo largo del paseo del Retiro, con sacerdotes y penitentes al sol celebrando el Sacramento del perdón. Y esta es la auténtica JMJ: poner el alma en Gracia, y en disposición de recibir con hambre la Palabra de Dios y el Cuerpo de Cristo. Sin el alma preparada se corre el riesgo de que el Señor pase, llame a nuestra puerta y no nos enteremos. El sacerdote está ahí, haciendo de despertador de nuestra conciencia. Y él, al mismo tiempo, siente el gozo de disfrutar de su vocación con la alegría que Dios le regala.

                Los sacerdotes debemos ser profetas anunciadores de la Verdad. Hablando de la misión del profeta decía Benedicto XVI que no es alguien que predice el futuro, el profeta es aquel que dice la verdad porque está en contacto con Dios, y de lo que se trata es de la verdad válida para hoy, que naturalmente también ilumina el futuro. El profeta ayuda a vivir la fe como esperanza. El núcleo y raíz de la verdadera esencia profética en mirar a Dios “cara a cara” y ayudar a conversar con Él como con un amigo.

                Debemos pedir por los sacerdotes para que sepamos cumplir con nuestra sagrada misión. La JMJ no sería pensable sin la eficaz colaboración de miles de sacerdotes. Y un fruto espléndido de estas Jornadas sería que muchos jóvenes sintieran la vocación al sacerdocio. Hacen falta muchos sacerdotes para seguir ayudando a una juventud que siente hambre  espiritual, y necesitan la orientación y la Gracia de Dios para encontrar el camino y seguirlo.

Juan García Inza

Juan.garciainza@gmail.com