Hace poco alguien me hizo pensar acerca de mi probable ingenuidad y torpeza por no querer ver que hay cosas que están arriba y abajo, a derecha e izquierda. No me molesté en absoluto por ello, a pesar de referirse esa persona a una institución, mejor dicho a una vida, para mí tan querida. Se trataba, se trata, de la de mi Madre la Iglesia.

Y es que no por mucho estudiar o escribir muy bien, poco o mucho, acerca de una persona, o de una institución, se la conoce o ama más. No por el conocimiento viene siempre el afecto, sino por su proximidad, cercanía y contacto sin temores ni prejuicios, por la disponibilidad a la pronta reconciliación y olvido del mal o de los desencuentros. También, por qué no decirlo, por el fiarse, por seguir unas indicaciones, por obedecer a un camino ya trazado, a unos límites o normas establecidos.

Pasa algo parecido como en casa con el padre y la madre, la convivencia en familia. Cada uno y todos, se sujetan a unas normas y no por ello se sienten menos protagonistas o menos queridos. Son iguales en dignidad y derechos aunque unos tengan más responsabilidad. No por eso unos están arriba anquilosados en su poder arcaico mientras que otros, pobres y débiles se encuentran sometidos. Me gusta pensar, hablar, sentir y explicar la Iglesia como la gran y única familia de Dios, en la que no hay que hacer nada especial para caber todos, porque nos ama, de hecho, con todas sus limitaciones, a todos por igual.

Para mí ni es ni puede ser la Iglesia un ente, lo siento, porque antes que nada es una realidad viva, familiar y personal, llena de testigos por todas partes de una maravilla y excepcionalidad que se corresponde del todo con mi corazón y expectativas, porque lleva dentro el tesoro más precioso que te hace darlo todo: Jesucristo.

Pensar que sobre ciertos temas esa distinción dimensional, horizontal y vertical, o de otro modo espacial, evidente en objetos, para mí estuviera de más en este caso se me hizo evidente, pero no de golpe. Quizá de ahí mi ingenuidad y torpeza iniciales, sí. O como cuando te das, o te dan, un golpe fuerte y no reaccionas inmediatamente. Y es que no puedo tratar lo mismo, a no ser que haya una profunda desafección de fondo, reconocida o no, acerca de una cosa, persona o institución cualquiera. Más si se trata de la Iglesia. No puedo aplicar las dimensiones espaciales a cualquier ente, que aprendí hace tiempo, y no precisamente gracias al libro gordo de Petete, ni Barrio Sésamo, para darme cuenta, de tan gran diferencia. Porque no todo es medible ni entendible de la misma manera. Cada objeto de conocimiento y experiencia precisa de un método adecuado.

Y, ciertamente, no se correponde "estar arriba" con "llevar una carga de responsabilidad". Muchas veces, y no lo reconoceremos lo suficiente, hay determinadas personas que están sirviendo, con toda su inteligencia y bondad, y no "están arriba" realmente, es decir, de modo triunfalista desde sus cargos, por mucho que algunos disidentes o desobedientes nos quieran vender esa imagen. Pero, claro, ostentar cualquier tipo de poder, aunque se ejerza bien, aunque no se sepa desde fuera, desde los subordinados, es siempre algo muy criticable y hay que tratarlo con desdén. Quizá porque eso esté de moda y sea muy loable hoy en día. Estar indignado pero selectivamente, eso sí, no frente a todos los poderosos, sino frente a los que, por ejemplo, están en contra de la ideología marxista.

La Unidad a la que tendemos, si atiendo al destino último, es identificable personalmente, es objetiva y singular. Se llama Jesucristo, y es nuestra felicidad completa, no la mía ni la tuya, sino la de todos sin excepción. Ya la acepte o no, ya la acoja o no. Y por lo tanto no es una realidad diversa, múltiple, desencarnada y plural, sino una bien identificable en el tiempo, el espacio y la eternidad. Es el mismo ayer, hoy y siempre. Es uno como una creo que es Su Iglesia. En dicha Unidad no se disuelve nuestra singularidad, nuestra personalidad, nuestra creatividad, nuestro deseo de belleza, de bondad, de verdad y de bien,… sino que se afirman y plenifican, como cuando rezamos el Padrenuestro en vez de un “Padremío” sin sentido, dejando fuera a los hermanos que recen o no conmigo, que estén o no en comunión eclesial, que le amen o no, que le conozcan o no.

No veo, por tanto, yuxtaposición ni alternatividad ni oposición ninguna entre aquel proyecto de salvación primigenio que comienza con la Creación, con el que se anuncia en el protoevangelio, se confirma definitivamente con la Encarnación y Resurrección de Jesucristo y se establece en Pentecostés con la Iglesia, Rostro de y lugar de encuentro con Cristo para el mundo, sino una continuidad maravillosa y misteriosa que nos alcanza, que nos quiere alcanzar, a todos, de testigo en testigo, en una cadena de mediación humana y divina al mismo tiempo, como la misma genealogía de nuestro Salvador.

Por otro lado, es un hecho perfectamente contrastable, que ni Jesucristo ni la Iglesia ni han sido, ni son, ni serán, como yo o tú queremos que sean, ni dependen de la experiencia tuya ni mía. De la misma manera que ni hemos elegido cuándo venimos a este mundo ni cuándo nos iremos, por muchas ilusiones o sueños que tengamos.

No porque lo hayamos pasado estupendamente en tal o cual sitio, nos hayan tratado así o asá, nos haya pasado esto o lo otro con tal o cual personas concretas, incluso con datos muy objetivos la Iglesia en su conjunto o Jesucristo son así o no. Jesucristo es el Salvador de todos, y ama a todos sin excepción ninguna (desde el más autosuficiente al más débil, desde el más santo al más pecador), y el lugar donde se le encuentra, la Iglesia, es mucho más que todo lo que podamos tú y yo pensar, porque se escapa de nuestras limitadas categorías, porque es todo un proyecto y sacramento de salvación.

Junto a nuestra vivencia positiva, en su mayor parte, puede darse alguna (menos) negativa. De ti y de mí depende ver la botella medio vacía o medio llena, de ver solamente su realidad pecadora o su parte santa, o ver ambas, como es la realidad, en todo su misterio, dolor y gracia. Podemos tirar para adelante, buscar algo nuevo, distinto y mejor, porque tal vez lo tengamos más cerca de lo que pensamos, tanto desde dentro como desde fuera, y esto sólo depende de cada uno.

De nosotros depende ver una situación, respecto de una persona, institución o cosa, cuando nos ponemos las gafas de verlo todo negativamente separado en probable caos, conflictividad o confusión conmigo (no confundir con singular) o nos atrevemos a quitarlas para verlo todo como es, con toda su realidad misteriosa (no confundir con ambigüa) y de destino bueno, huyendo realmente de los aplausos de los que llevan puestas dichas gafas. El realismo esperanzado y abierto a la positividad de lo real no es un optimismo ingenuo, quiero remarcarlo.

Tampoco, si avanzo, me debe quedar lo anterior, si hubiera sido negativo, sin resolver. No puedo relacionarme bien si antes no tengo paz y reconciliación de verdad en mi corazón. No puedo escapar de mis miedos y frustraciones si no perdono y olvido al mismo tiempo. Y esto me pasará con todo el mundo y con cualquier institución, incluida la Iglesia. A mí me ha pasado que amando profundamente la Eucaristía, la Santa Misa, y sabiendo de su valor infinito, no he considerado en mi fuero interno lo mismo un tipo de celebración que otro, un tipo de sacerdote que otro, y no por ello he echado piedras sobre mi tejado, y en ese momento, si he podido, me he cambiado de templo, pero nunca he pretendido cambiarme de Iglesia ni cambiarla diciendo a nadie lo que veo de negativo, porque para mí lo que tiene de “repudiable” es minimísimo en comparación con todo lo su beneficio y maravilla. Sencillamente no lo puedo comparar.

La Iglesia es como es, con sus fallos y aciertos, con su santidad y pecado,… y que yo haya tenido una experiencia negativa, de forma parcial o fundamental, no me da derecho a mí (ni a nadie) a sentarme en mi cátedra para pontificar cómo ha de decir, hacer o manifestarse la Iglesia. No es mi idea ni la tuya, sino la realidad, de la Iglesia Una, Santa, Católica, Apostólica y… Perseguida. No veo ambigüa la realidad humana, sino que está hecha y afectada así por la naturaleza y por el pecado, con todas sus paradojas, misterios y maravillas. Es para amarla y no para detestarla, para sanarla y no para mortificarla. Para descubrir a través de ella a Cristo mismo y no para buscar contradiciones.

No son los mejores momentos los actuales para andar airados contra la Iglesia por una idea aislada que podamos tener de ella. Seguro que, si pensamos bien y nos atenemos a la realidad, bajo la superficie sucia de algunos de sus miembros, de escándalo y de antitestimonio, de… pecado, descubrimos o podemos descubrir su gran virtud: que, a través de su humanidad débil y pecadora, podemos encontrar el valor de su mediación que nos lleva ni más ni menos que a Jesucristo. Si no valieran más sus aspectos positivos de esa realidad débil y pecadora, tal vez muchos que se dicen estar, y no están de hecho, se habrían ido hace tiempo. Y si descubro dentro de ella esas limitaciones mi primera actitud no es aislar a los “supuestos culpables” sino estar a su lado para una sanación desde dentro. Nunca considerarme más puro o más evangélico, pues todos, absolutamente todos, tenemos parte en esa suciedad.

No se puede cambiar, por otro lado, un templo (con todos los muros y defensas que lo constituyen también)por un campo abierto sin límites, sin criterios, caótico del todo y decir o pensar que son lo mismo, o que optamos por lo segundo creyéndonos que estamos en el primero. No se puede cambiar una barca en la que vamos al lugar que nos indique (por orden Suya, puesto que suya es la barca y suya la travesía), por un mar embravecido que de sólo pensarlo nos provoca mil y una angustias, como a san Pedro, al que Jesús recuperó para su barca y no para arrojar otra vez al mar como a un Jonás maldito cualquiera. Nuestro lugar no es el del libertinaje ni el perpetuo riesgo angustioso.

No se puede cambiar el amor a la debilidad de quien sólo tiene su fortaleza en Dios por el afecto a la enfermedad y la limitación física y psíquica en sí mismas consideradas. No podemos confundir que Dios ame a los débiles, y a los que no son ni se consideran así (faltaba más que no amase a todos y no nos pidiera hacer lo mismo) con que Dios ame o le guste la debilidad, la limitación, la pobreza,... como realidades en sí mismas consideradas e indignas del cumplimiento de la vocación y plenitud humanas.

Creo que Jesucristo nos tiene en su corazón a todos, ama profundamente a los ricos y a los pobres, a los triunfalistas y a los humildes, a los ingenuos y a los avisados, a los sabios y a los necios, a los hábiles y a los torpes, a los que creen en Una Iglesia y a los que hacen distinciones entre jerarquía y pueblo llano, a los que están en Su templo y a los que no consienten límites ni censuras, a los que optan por la libertad y el respeto y a los que aprovechan cualquier excusa para boicotear o emponzoñar,…

Por eso, quizá sea muy ingenuo y torpe, lo reconozco, al considerar que la Iglesia (Una y Santa), la barca en la que estamos (como los apóstoles) y la fortaleza (Gracia, no triunfalismo barato) que Él nos da no se contraponen, ni nunca para mí se contrapondrán, con la libertad los hijos de Dios, el ser solidarios con los que naufragan y la conciencia de la debilidad y pobreza que podamos tener y sentir ante Él, en nosotros, como límite, dolor, enfermedad, tibieza, mentira, engaño, traición o pecado.