No hay medida para la belleza del hombre que es humilde. No hay pasión, cualquiera que sea, capaz de acercársele al hombre que es humilde, y no hay medida para su belleza. El hombre humilde es un sacrificio de Dios. El corazón de Dios y de sus ángeles, descansan en aquel que es humilde. Más aún, cuando los ángeles lo glorifiquen, hay una razón para él que le ha logrado todas las virtudes, pero para aquel que se ha revestido de la humildad no será necesaria ninguna razón, aparte de que se ha hecho humilde. (San Efrén de Siria. Epístola a un discípulo, fragmento)
 
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La humildad es una virtud poco apreciada en la sociedad actual, ya que sólo desde la soberbia y la avaricia podemos ser los estupendos consumidores que se desea que seamos.

 
Pero la humildad nos desidia o desafecto. Tenemos que tener cuidado de valorar la imagen de Dios que portamos en cada uno de nosotros. Valor que no tiene nada que ver con nosotros, sino que es don directo de Dios. Si la humildad desprecia esta imagen, se convierte en una soberbia camuflada.

 
Realmente no es fácil caminar por el sendero de la humildad. Requiere la justa y divina proporción entre la negación de si mismo y la exaltación del reflejo de Dios en nosotros. Por nosotros mismos no podemos conseguir esta proporción. Debe ser Dios quien nos lo conceda por medio de la Gracia que nos transforma.


Pero ¿Por qué es bello un hombre humilde? Porque refleja a Dios con más fidelidad.